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La silueta que se perfiló en la ventana parecía masculina, no podía tratarse de doña Angelita. Viudo desde hacía varios años, probablemente era don Luis quien la había estado observando a escondidas. Sonia no concedió importancia a aquel detalle y se limitó a descansar.

Tres semanas después procuraba ansiosamente el mismo rincón para suplir lo que ya era una necesidad.

Con una improvisada excusa consiguió permiso de doña Angelita y se fue al pueblo. Permaneció todo el día en su antigua casa, saboreando el silencio, mirando con nostalgia cada objeto. Estaba llena de recuerdos que removieron sus recientes heridas y levantaron inquietudes por su futuro. Envuelta en estos pensamientos unos toquecitos en la puerta la sobresaltaron. Era don Segismundo.

-Pasaba por aquí y vi las ventanas abiertas. ¿Cómo estás, muchacha?

-Pues… ahora esta precisamente pensando en usted.

-¿Qué hay?

-No me siento muy bien. Estoy muy cansada. Solo quiero dormir.

El médico soltó unas sonoras carcajadas.

-¡Pues claro, muchacha! Ahora sí sabes lo que es trabajo de verdad, ¿eh?

Sonia sabía que estaba enferma.

-No, no. Sé que me pasa algo. Además… están estas pintitas que me salen cada día. Al principio solo aparecían en los brazos. Ahora, se curan en un lado y salen en otro.

Don Segismundo se atusó el bigote, dejando de reír.

-Déjame ver.

Sonia extendió su brazo derecho. Tenía también moratones.

-Antes mi sueño era ligero, ahora duermo como una piedra.

-Hija, no te preocupes, eso es del calor tan intenso que estamos padeciendo. Te salen sarpullidos, estás cansada y cuando duermes, es un sueño profundo. De todos modos pasaré a verte la semana que viene a casa de los Hidalgo, porque ahora tengo que visitar a un pariente enfermo de Sevilla. Quiero verle antes que… ya sabes, que fallezca.

Sonia volvió a cubrirse el brazo. Podía esperar a que el doctor volviera.

-En el cortijo de los Hidalgo estaré. Por favor, no se olvide de mí.

Esa misma noche tras la cena empezó a sentir náuseas. Algo que había comido, con toda seguridad, fue a la cocina a preparase una infusión de manzanilla que no resultó efectiva. Vomitó todo lo que había cenado. Después de eso se sintió mejor y fue a su cuarto. Sin sueño, el tiempo transcurría oyendo la monótona canción de los grillos y oliendo el jazmín del patio interior. Bien pasadas las dos, se oyeron pisadas en el pasillo y dos voces que conversaban. No pudo distinguir las palabras, pero reconoció la voz de don Luis y don Segismundo. Quizá alguien se había puesto enfermo en medio de la noche y habían llamado al doctor.

Los pasos fueron acercando lentos, callados. Se hizo el silencio. El pomo de la puerta empezó a girar con suavidad. Sonia se estremeció en la cama.

-¿Quién es, quién es? -dijo, temblorosa.

El movimiento del pomo se paralizó. Las pisadas y las voces también, siguió un largo silencio de un minuto.

-Soy yo, don Luis -finalmente dijo la voz más grave-. Sólo veníamos a comprobar que todo va bien porque hemos escuchado un ruido. ¿Está bien, Sonia?

La muchacha recobró el aliento y el color.

-Sí, bien, todo bien. ¿Les puedo servir en algo?

Un don Luis inseguro contestó:

-No necesitamos nada, que descanse. Buenas noches.

Sonia dejó encendida una vela sobre el suelo toda la noche. Era lo suficientemente tenue para poder dormir… y ver. El sonido de los pasos se fue haciendo cada vez más leve y la conversación entre los dos hombres se retomó. Uno de ellos sollozó.

Aquella noche resultó extraña y larga, y finalmente el sueño rindió a Sonia. El día siguiente sería otro de trabajo.

Doña Angelita tomó la costumbre de requerirla para que la peinara todos los días, a la misma hora, en aquel oscuro y asfixiante cuarto donde dormía. Al principio la peinaba en silencio mientras miraba por el resquicio abierto de la ventana. Después la anciana se aficionó a preguntarle cosas personales e insignificantes: el color que le gustaba, si tenía novio, qué comidas sabía cocinar, si bailaba, preguntas cuyas respuestas iban perfilando el retrato de su personalidad.

De vez en cuando Sonia lanzaba fugaces miradas hacia la densa oscuridad que reinaba en el resto del cuarto, sin poder ver realmente nada, porque la anciana era una celosa guardiana de su intimidad. Aun su gran cama con dosel siempre tenía los velos corridos.

Un día la muchacha llegó al cuarto antes que de costumbre y se dispuso a mullir los cojines del sillón donde la Sra. Hidalgo se sentaba, a sacudir la superficie del escabel granate, a colocar los cepillos repujados en plata sobre la mesita redonda que había a los pies de la cama… y su mirada se tropezó con un trozo de papel escrito en tinta roja.

No recuerdo haber visto ningún papel aquí antes -pensó-. Quizás no debería leerlo, porque es de doña Angelita, pero…”

Con sonrisa de niña traviesa y un disimulo innecesario abrió la pequeña nota para ver qué decía. ¿Algún secreto de familia? La nota estaba escrita con trazo irregular, letras apretadas y líneas ondulantes. Leyó “Niña, escapa por tu vida”.

Sonia sonrió. La llaman niña. Para cuando terminó la línea -le costaba leer- el color de sus mejillas había cambiado. Su corazón empezó a latir rápidamente. Era evidente que la nota era para ella, no había nadie más en la casa cuya edad encajase con el apelativo de “niña”. Se trataba de un aviso o de una amenaza. Aún tenía el papel en su mano cuando la puerta se abrió de par en par. El rostro pálido y arrugado de la señora asomó al otro lado, con su habitual sonrisa.

-Sonia, muchacha, ¿ya lo has preparado todo? ¡Qué eficiente!

La muchacha metió rápidamente la nota en el bolsillo de su delantal y dejó caer un peine al suelo para intentar recomponerse. Esperó a que la anciana se sentara en su sillón, dándole la espalda, para fingir que ya lo había encontrado. Esa tarde apenas pudo contestar con monosílabos a las preguntas de doña Angelita. No podía apartar sus pensamientos del mensaje de aquella nota. ¿Y si era una broma? ¿Una treta de Paqui para que se fuera de allí?

No pudo comer nada en todo el día. La comida se convertía en un nudo antes de llegar al estómago y una vez allí, dolía. Tampoco bebió el vaso de leche que Paqui le daba cada noche, a instancias de doña Angelita.

Volvió a su mente el incidente de noches atrás. Y meditó seriamente en ello por primera vez. ¿Qué hacía allí don Segismundo, si le había dicho aquella tarde que salía para Sevilla? ¿Por qué había visitado a la familia Hidalgo, sabiendo que nadie estaba enfermo a aquellas horas de la noche? ¿Qué significaban aquellos sollozos ahogados que oyó de don Luis?

Sus sarpullidos continuaban apareciendo y desapareciendo por distintos lugares de su cuerpo. Algunas veces, había moratones. Y ese cansancio infinito… ¿por qué?

Los acontecimientos que siguieron parecieron ser el eco de aquella noche extraña que ya había olvidado: los pasos, las voces, don Luis y don Segismundo, el pomo de la puerta girando sobre sí mismo.

Esta vez Sonia decidió averiguar qué estaba pasando. Consciente de ser solo una adolescente sin amparo ni medios, la única vía que se le ocurrió fue la de fingir un profundo sueño y aguzar el oído. Lo que quiera que pasara, lo sabría esa misma noche.

-Entre con confianza, don Luis, está dormida -dijo la voz del doctor en voz alta.

El dueño de la casa entró con paso vacilante. Miró a la muchacha tumbada sobre su cama con lástima.

-Segismundo, esto para mí es muy desagradable. Si tuviera otra opción la tomaría, pero no tengo otra. Usted me entiende, ¿verdad?

El doctor no se inmutó. Mientras sacaba de un manido maletín de piel negra una goma elástica y una jeringuilla, le tranquilizó.

-Un poco menos de sangre no ha matado nunca a nadie. Además, esta muchacha es como un toro joven: llena de fuerza, de salud y de vida. No hay nada de malo en tomar un poco de lo que le sobra a uno para repartirlo mejor.

Don Luis empezó a pasear impacientemente de un lado a otro del cuarto mientras el médico hincaba la aguja y llenaba la jeringuilla. De vez en cuando se paraba y acercaba el oído al pecho de Sonia para asegurarse de que seguía viva.

El doctor le miró y en medio de una irónica sonrisa dijo:

-Cálmese, cálmese. Esto no es nada. Apenas la picadura de un mosquito, ¿verdad? ¿No es eso lo que le dijo doña Angelita? Pero ella está empleando su vida en algo útil, aunque no lo sepa.

Sonia hizo verdaderos esfuerzos para no moverse, para dejar caer su cuerpo como un peso muerto, para no hacer ninguna mueca. El miedo empezó a subirle por las piernas. Deseaba correr, gritar, llorar. Sobre todo deseaba golpear, defenderse, pero temía la reacción de los hombres al saberse descubiertos.

Pocos minutos después todo había terminado. Los hombres se habían ido con su carga de sangre y ella quedaba sola, desconcertada, asustada.

No sabía quién había escrito la nota y a esas alturas no le importaba, pero sin duda le estaba haciendo un favor.

Antes que amaneciera ya estaba lejos del cortijo, tanto que para las nueve de la mañana, cuando mandaron a Paqui a buscarla a su cuarto, ya estaba viajando en el autobús del pueblo con un destino tan lejano como su dinero pudo pagarle.