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Sonia no volvió a saber nada de la familia Hidalgo hasta varios meses después, cuando regresó furtivamente al pueblo para ultimar la venta de la casa familiar. Una visita ineludible, y la única que estaba dispuesta a hacer.

El autobús la dejó en la plaza del pueblo, donde estaba la antigua iglesia. A pesar de ser lunes por la mañana sus puertas estaban llena de gente. Un ataúd salía por las puertas, llevado a hombros por rostros conocidos, trabajadores del cortijo Hidalgo. Les seguían don Luis y doña Angelita, cogidos del brazo. El carruaje acogió el féretro, sus pomposas plumas se agitaron a izquierda y derecha. Inmediatamente la comitiva inició un lento camino hacia el cementerio. Sonia tuvo el impulso de ir hacia ellos y preguntarles, consolarles si era posible, pero el miedo la detuvo.

Mientras observaba, acongojada, una mano palmeó su espalda con brusquedad. Era Paqui, tenía los ojos rojos. La interpeló como solía, con ira.

-¿Qué haces aquí, sinvergüenza? ¿ Vienes a contemplar la cara de tus señores en su desgracia?
-No sé de qué me estás hablando -contestó la muchacha.

Paqui colocó sus manos sobre la cintura.

-El día que te fuiste, los señores lloraban y gritaban. Estaban desesperados. Te buscaron por todas partes. No hubo pueblo en toda la sierra que no movieran. Verdaderamente no sé qué vieron en ti, pero especialmente el médico, don Segismundo, estaba preocupado. Y ahora estás aquí, precisamente hoy.

La muchacha seguía desconcertada.

-Pero, ¿qué sucede con la familia Hidalgo? ¿Qué es ese féretro? No entiendo nada

Uno de los trabajadores se acercó a ella y al verle Paqui se marchó, furibunda.
Era muy joven. Tras saludarla, extendió su mano y le ofreció un pequeño sobre.

Al ver su expresión de desconcierto, el muchacho explicó:

-Me lo dio Fernando. Es para ti, me dijo que te lo diera después de que… muriera.

Sonia se le quedó mirando, sin tomarlo.

-No sé quién es Fernando, no conozco a nadie que se llame así, y no quiero el sobre de un muerto. ¿Qué les pasa a todos?

El muchacho replicó, con voz lenta y apaciguadora:

-Solo léelo –y lo puso entre sus manos. Miró hacia el suelo y volvió a levantar su mirada, con los ojos empañados en lágrimas -Fernando vivió sus últimos dos años en el cuarto que daba a las cuadras. Nunca salía de allí, porque estaba muy enfermo.

Al observar que Sonia seguía sin entender nada, dijo.

-Fernando era el hijo de don Luis. Nos criamos juntos. Estuvo tan bien de pequeño… pero luego se enfermó y por un par de meses parecía haberse recuperado. Y luego… fue todo muy rápido. Solo tenía veinte años. No se merecía esto.

El cerebro de Sonia trabajaba rápidamente. Dos meses vivió en el cortijo. Dos meses fue lo que duró su cansancio, el tiempo que presumiblemente duraron las extracciones de sangre. Dos meses fue el tiempo que ¡aquel muchacho mejoró!

Con renuencia tomó el sobre y corrió hacia su casa. Con la misma resolución que dejó el cortijo, abrió el sobre y comenzó a leer aquellas palabras, escritas de una forma que le resultaba familiar. Definitivamente, la persona que había escrito la carta y aquella nota de advertencia, eran la misma. Con esfuerzo comenzó a leer.

“Querida Sonia,

Te voy a tutear, porque ya sé mucho de ti. Tus respuestas a las preguntas de mi abuela han dibujado tu personalidad y parece que te conociera de toda la vida. Gracias por haber subido cada tarde a mi cuarto. Sí, es mi cuarto. Mi abuela te hacía subir allí porque yo se lo había pedido. Contigo entró la vida en mi vida…. Y en mis venas.

Los días empezaron a tomar color. Cuando despertaba, cada minuto que pasaba tenía sentido porque me acercaba a aquella hora que estabas allí, charlando, mirando por la ventana, haciendo esos gestos raros cuando enredabas el pelo en el cepillo. Me he reído muchas veces por las noches recordando lo que hacías.

También dabas vida a mi cuerpo. Yo era quien recibía la sangre que tú sin saber me dabas. Don Segismundo haría cualquier cosa por dinero y mi padre haría cualquier cosa por mí, pero no era justo. Te vi marchitar al tiempo que yo revivía. Tú eras la única y bella flor de mi jardín y yo te estaba marchitando.

No podía permitir que eso continuara. Y si yo no sanaba, ¿hasta dónde podría haber llegado el amor enfermizo de mi familia?

Querida Sonia, gracias por el tiempo que has estado con nosotros. Solo quería hacerte llegar mi agradecimiento y pedirte que sigas dando tu perfume, aunque yo ya no lo pueda disfrutar. Con todo el amor que he podido sentir,

Gracias”.

De todas las cosas que le habían acontecido en los últimos cuatro meses ésta era –tras la muerte de su madre- la que más la había conmocionado y conmovido. El hilo que la unía a este joven desafortunado era esa sola y breve carta. Ahora todo lo que le había sucedido tenía lógica. Ahora podía perdonar a don Luis y doña Angelita. Y solo a ellos.

Acarició la carta varias veces al tiempo que imaginaba la silueta escondida tras los velos del dosel corrido. Las preguntas de doña Angelita eran sus preguntas. La figura de la ventana era la suya. Y su nota la había liberado como a un pajarillo cuando se le abre la puerta de su jaula. Por eso, años después, cuando con su bebé en brazos alguien le preguntó cómo se llamaba, ella dijo con convicción:

¡Fernando!

Photo by Gabriel N Moreno