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-Sonia, déjalo ya y descansa un rato, hija. La casa reluce -dijo una voz suave, impregnada de ternura.

La muchacha asomó debajo de la mesa del comedor cuyas patas estaba puliendo para encontrarse con la figura enjuta y digna de la anciana señora Hidalgo. Sus pequeños y vivarachos ojos le recordaron por un momento a los de su recién fallecida madre. Sonrió, enrojeciendo levemente.

-Señora Hidalgo, yo estoy aquí para trabajar.

Tres veces a lo largo de la mañana la anciana había entrado y salido del comedor intentado en vano que Sonia dejase a un lado sus tareas para tomar un café con ella. “ No puedo acceder -pensó Sonia- me pagan bien y casi no hago nada. Esta señora apenas me conoce y me trata como a una hija”.

Ignorándola, la señora Hidalgo dio media vuelta y, apoyándose en su bastón, dejó la sala a paso lento. Transformó su petición en orden y en medio del golpeteo irregular de sus zapatos de charol negro, dijo:

-En diez minutos te quiero en mi dormitorio para que me peines.

La anciana asistía a la peluquería con fervor religioso dos veces por semana. Sonia dedujo que lo que realmente demandaba era compañía y conversación; probablemente se sentía sola. Salió no sin esfuerzo de debajo de la mesa y, una vez erguida, se alisó la falda, retocó su rodete con los dedos y de dispuso a subir a la primera planta del caserío, donde estaban los dormitorios.

Sólo una semana antes la joven criada era una adolescente angustiada. La única persona que la había amado y cuidado acababa de fallecer, dejándola perdida en el dolor, la incertidumbre y la soledad. El doctor del pueblo, don Segismundo, que la conocía desde niña, le había conseguido trabajo en el cortijo Hidalgo. Aquella familia de terratenientes, a pesar de la fama de gente egoísta e insensible que tenía en el pueblo, la trataba con benevolencia. El único requisito que exigieron para tomarla a su servicio fue pasar con éxito un exhaustivo chequeo médico, “porque –dijeron- necesitamos gente sana que pueda trabajar sin generar más problemas de los que conlleva el trabajo”.
Presto y solícito, don Segismundo se encargó de todo, pagado por la familia Hidalgo. Análisis de sangre y un sinfín de revisiones que a Sonia le parecieron un desperdicio de dinero. Más que nadie, el doctor del pueblo sabía de su salud de hierro. Desde muy niña había ayudado a su madre a lavar y planchar la ropa para ganarse la vida sin un simple resfriado, soportando jornadas agotadoras para cualquier niño. ¡Qué se le iba a hacer! Extravagancias de ricos.

En cinco minutos la muchacha tocaba la puerta del dormitorio de la anciana Sra. Hidalgo. Sin esperar respuesta, entró con cautela en el cuarto, que en medio de la penumbra se adivinaba amplio. La señora Hidalgo se había sentado frente a su tocador y estaba sacando de uno de sus cajones algunas cosas que no pudo identificar. La única luz de la estancia provenía de una enorme ventana entreabierta que tenía corridas las cortinas. El aire en el interior estaba viciado y la temperatura era asfixiante.

-Doña Angelita –dijo Sonia- ¿no tiene usted calor? Voy a abrir la ventana.

Se apresuró a tomar una de las pesadas cortinas con intención de descorrerla y permitir el paso de la brisa que soplaba esa mañana desde la montaña.
La anciana reaccionó rápida y bruscamente, dando un respingo.

-¡No!

Sonia soltó la cortina como si le quemase, sobresaltada. La Sra. Hidalgo se sosegó y moderó su tono.

-No, hija, yo ya soy mayor y necesito más calor. ¿Por qué no tomas ese cepillo y me peinas?

A Sonia le pareció una pena deshacer el elaborado peinado que lucía. La anciana pareció leerle el pensamiento.

-No me importa el peinado. Cepillarse fortalece las raíces, y yo ya tengo pocas, así que necesito conservarlas ¿no te parece? -dijo, sonriendo.

La muchacha jamás imaginó en sus diecisiete años que compartiría risas con los mandamases, y menos con doña Angelita, a quien los lugareños rehuían cuando ésta visitaba el pueblo. “La gente- pensó- habla por hablar”.

Tomó un cepillo de nácar que palpó sobre el tocador y comenzó a cepillarle los cabellos de la raíz a la punta, una y otra vez, admirándose de su suavidad. Tras unos minutos se detuvo bruscamente para rascarse el antebrazo. Doña Angelita se percató y solícita, inquirió:

-¿Estás bien?¿Por qué has parado?
-Muy bien, doña Angelita. Solamente me pica…

La anciana la tomó del brazo y observó.

-Ah, esto. Es una picadura de mosquito. No te molesta mucho, ¿ verdad? Aquí hay muchos en verano. Hace dos años fue una auténtica plaga. Tienes suerte de que te haya picado uno sólo. Continúa, por favor.

Sonia obedeció. En un momento dado, la puerta se abrió y apareció un hombre serio y pálido. Era alto y muy delgado, con gafas redondas. Al ver a Sonia pareció incomodarse.

-Perdón, no quería interrumpir. Mamá sabes que este no es lugar.

La Sra. Hidalgo volvió su rostro y miró a su hijo a los ojos, con autoridad.

-Luis, por favor. Sé lo que hago. No voy a tener problemas, por eso mantengo la ventana cerrada. No me voy a enfermar más, te lo prometo.

Sus palabras no tranquilizaron al hombre que, visiblemente inquieto, pidió a Sonia:

-Por favor, Sonia, ve a la cocina. Te necesitan allí.

Bajó con gusto, la cocina era su lugar preferido de la casa. Las cosas habían sido difíciles en su infancia y aún recordaba las noches en las que tenía que esperar a que el cansancio sobrepasara su hambre para poder dormir, pero en la casona Hidalgo la cocina siempre estaba repleta.
Allí estaba la cocinera, de espaldas, pelando judías verdes y tarareando “Los ojos verdes” . No escuchó entrar a Sonia.

-Ya estoy aquí –dijo la muchacha mientras echaba una mirada de reojo al jamón que descansaba sobre la mesa, en la esquina opuesta.

Paqui la cocinera le contestó, sin mirarla siquiera.

-Ah, vale. Pues haz algo o te vas.

El breve tiempo que llevaba viviendo interna en la casona la única persona que la detestaba abiertamente era Paqui. Había trabajado para la familia por más de veinte años y durante ese tiempo jamás había recibido un trato cordial, al contrario que Sonia.

-Don Luis me dijo que me necesitabas.

Paqui la miró con desprecio.

-En veinte años que llevo aquí jamás he necesitado a ninguna criadilla que me ayudara. Yo –dijo, golpeándose sonoramente el pecho- me sobro y me basto. Anda y vete a las cuadras y limpia allí, ce-ni-ci-en-ta.

En su interior Sonia agradeció la orden: las cuadras del cortijo serían un buen lugar para descansar. Llevaba varios días viviendo en un extraño agotamiento y allí podría dormir sin que nadie la acusara de pereza. Encontró una esquina razonablemente limpia. Se soltó el pelo y se tumbó. Los trabajadores estaban en el campo, nadie la descubriría; sólo el cuarto de doña Angelita daba a aquel rincón del exterior de las cuadras y ella sólo entornaba la ventana. Además, era la hora en que la anciana solía echarse la siesta. Con todo, miró la ventana para asegurarse. Por primera vez en el tiempo que llevaba allí la encontró abierta de par en par. La mirada de una furtiva y desconocida figura se cruzó fugazmente con la suya. Antes de que pudiera definirla, ésta cerró bruscamente la ventana y se retiró rápidamente hacia el interior. Ya averiguaría después, estaba tan cansada…