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Le huelo como si fuera ayer. Sí, los orificios de mi nariz, bien abiertos, me traen a la memoria a Juan. Le inhalo de menos, y le exhalo de más. Intento mantener la respiración con sus aires de grandeza dentro de mis pulmones, aquellos que le otorgué de manera vitalicia desde que adquirí uso de razón. Pero, fruto de la inercia, y antes de caer en el más ridículo de los suicidios, le tengo que dejar marchar. Tan rápido como llega, se marcha y desaparece, como las moscas en el gélido invierno. Sé que la comparación no le corresponde, pero cada año me hago la misma estúpida pregunta: ¿A dónde irán? Recuerdo con intensidad el olor de aquel sillón en el que me recibía como rey en su trono, casi a ras del suelo y una tela tan áspera como el tacto de su ausencia. Con su bata, sus zapatillas de andar por casa, su Kruger, su tos, me daba audiencia a cualquier hora del día, y me recibía con las más bella y desdentada sonrisa que he contemplado jamás.

Ha pasado mucho tiempo. Quizá, pocas son las hojas que han caído del calendario, pero en el otoño de mi nostalgia se acumulan demasiadas. Algo tengo que hacer con ellas, porque cubren el pasado con un manto que detesto: el olvido. Aunque no te lo creas, Juan -me permito tutearle-, si bajo la guardia, van desapareciendo mis recuerdos contigo. Intento mantenerme despierto. Intento recordar de memoria cada párrafo que escribimos a dos plumas, como un duelo de esgrima, luchando con verdadero denuedo entre nos para ver quién tocaba el corazón del otro primero. Lo más gracioso es que ambos nos sentíamos perdedores y, sin embargo, siempre quedábamos en tablas. Mi madre siempre me decía: “algún día te arrepentirás de no ir a verle cada semana”. ¡Cuánta razón tenía, Juan! Aunque, si cogiera un bolígrafo y le diera vueltas a un casette para rebobinar mi vida, seguramente habría cantado la misma estúpida canción de la adolescencia, unfortunately. Sólo el tiempo marca la honestidad de los sentimientos.

Muchas son las calles por las que aún te veo pasear. Coloco las diapositivas en orden, y enciendo el proyector. Con la sala a oscuras, enfilas la calle Obispo Rabadán, recto como un mástil -noventa grados exactos-, con la boina tapando la delicada orografía de tu calvicie; tu camisa de cuadros custodiada por una chaqueta; tus pantalones de lino; los zapatos y los calcetines a juego, bajo decisión salomónica. Con un andar aplatanado y decidido, seguro de ti mismo, imponías respeto. Recorrías las calles como un veterano sheriff que ya ha visto de todo, y nada le sorprende. También te ubico en Triana, donde vivían aquellos amores de juventud que me solías contar, con sus nombres y apellidos. “Y su madre ahí, vigilando. Ni un beso en la mejilla!”. Nos veo cruzarnos en la calle Canalejas. Tú regresando a casa, y yo yendo a saber quién sabe dónde. Pero, antes de dejarme marchar, te asegurabas de que estaba estudiando con una sonrisa la cual albergaba un regaño en caso de que te contestara lo contrario. La ciudad de Las Palmas perdió a un icono del paseo, sin duda.

Sé que no nos vamos a volver a encontrar. Lo sé. No albergo la esperanza de vernos en el cielo cuando me llegue la hora, y fundirnos en un abrazo encima de una nube. Aparte, ¿cómo carajo te encontraría allá arriba, con la cantidad de gente que tiene que haber? Eso no va a pasar. Quizá lo merezca, por no haberme despedido de ti como Dios manda -frase dicha por un ateo-, por haber creído que la cobardía era el gesto más valiente, error en el que caen los cobardes, justificándose de esa manera ante el miedo de afrontar las cosas que se escapan a su control. La cobardía es lo que es, y punto. Sin embargo, tú acudes a mi encuentro todos los días, Juan. Te escucho como si fuera ayer decirme que me quite el pendiente de la oreja; que me coma todo el plato, que hay niños en África pasando hambre; que hay tabletas de chocolate Tirma en la despensa. Sí, definitivamente, nos encontraremos en los recuerdos que sobrevivan, en las divagaciones emocionales, hasta el final de mis días, ¿vale, abuelo? “Isi pitisi de isi isi”, te escucho responder.

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joseggh

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