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Aquel día me di cuenta. Tardé demasiado, pero lo vi claro. Eran las seis y trece minutos de la tarde. Señalar esta precisión es importante: ese momento quedará escrito en el testamento que sólo heredarán mis cenizas. Nadie más. Carmen me advirtió hace ya mucho tiempo, pero fingí escucharla. Ella se percató. Resignada, encendió un cigarro. Mi falta de atención la perjudicaba más que el tabaco, protestaba. Observé que se había alisado el pelo. La miraba hablar, pero no podía escucharla. Su boca era una pieza teatral: la abría de forma histriónica con cada vocal abierta; escondía los labios aguardando mi respuesta; aspiraba hacia dentro con los dientes apretados cuando expresaba detalles delicados. Yo quise aplaudir, pero no me arriesgué. “Lo dicho, chulo, tú sabrás”. Y se alejó con sus botas altas, sus medias oscuras y su gabardina color burdeos. La vi irse mientras fumaba la pequeña colilla encendida que me había dejado, marcada por el carmín de sus labios. En aquel momento, cada calada era una aproximación a aquel beso que nunca llegó.

Apartando con mis pies descalzos la fina capa de nieve que cubría el pasillo, caí de nuevo en una retórica supina personal. De tanto caerme, tengo un esguince de vida grado dos. Este pronóstico médico me ha tenido de baja mucho tiempo. ¡Ni siquiera he podido llenar de esperanzas el vacío! Pero eso ya viene de lejos… Como utópico remedio, paseo por las calles buscando un flechazo. Lanzo una mirada de galán descreído a todas las mujeres, esperando que alguna de ellas me devuelva una hermosa sonrisa. La imagino recogiéndose el pelo detrás de la oreja, mientras gira la cabeza levemente, clavando su mirada en mí y, sin saber por qué, confirmaría que soy el hombre con el que tanto ha soñado; también he deseado que una catástrofe asole esta ciudad: una pandemia, un meteorito de grandes dimensiones, una invasión zombie. Cualquiera me valía. De alguna de estas tragedias nacería un ser heroico, dejando marchar para siempre a este hombre cobarde y sumido en la tristeza. Al menos hasta que todo se nublara de nuevo. Los anticiclones emocionales duraban poco.

Estando en la cocina, me sorprendió una ligera llovizna. Recostado en la silla, me dejé llevar por la atmósfera delicuescente que inundaba el espacio. Cada pequeña gota que caía sobre mí, apagaba un conato de ansiedad. El olor a humedad me hacía pisar de nuevo la tierra mojada por la que caminaba  con mi padre cuando lo acompañaba a plantar. La felicidad era aquel momento. Escampó, y sólo se escuchaba el silencio.            .           . “¡Coge el móvil, estúpido!”. Sí, era Carmen, y aquellas eran las palabras que estaría mascullando, Ad litteram, al otro lado de la línea. Hacerla esperar más de cinco tonos la ponía realmente nerviosa. “¡Se está acercando, chulo! Ten cuidado.” Antes de colgar, la oscuridad de la casa se vio diluida por una potente luz blanquecina. “Luego te llamo”. 1. 2. 3. 4 segundos más tarde,  las placas tectónicas del sonido se superpusieron para dar lugar al mayor terremoto sonoro que haya hecho temblar  mis oídos. Tal ruido duró la eternidad de una tortura ínfima. Parecía proceder del salón. Luchando contra una gélida ráfaga de viento huracanado, conseguí llegar hasta él. Atónito, contemplé como en apenas diez metros cuadrados, una fuerte tormenta, acompañada de intensas lluvias, destrozaba lo que ella solía llamar, el cuarto de “estar muy perro”.

Horas más tarde, un rayo de luz comenzó a curiosear por la ventana. La tormenta se había disipado, y la claridad quedó invitada a contemplar conmigo aquel desastre. El salón estaba totalmente inundado. Aquel temporal había entrado con fuerza. No tenía ni idea de cómo anticiparme a la borrasca, ni cuando tendría lugar la próxima. Me mostraba impotente ante aquello. Un recorte de periódico, arrastrado por una corriente errante, encalló a mi lado. Lo recogí con cuidado debido al frágil estado en el que se encontraba. Preso de la duda acerca de su contenido, me lo llevé a mi habitación, intentando arrastrar mis piernas en aquella piscina doméstica. La nieve del pasillo ya se había derretido.  Tras esperar unos minutos a que se secara, lo tomé entre mis manos. El retrato frontal de Carmen daba pie a la noticia: “C.M.O., de veintisiete años, fue hallada muerta en un pequeño descampado de difícil acceso. Se dan por finalizadas las labores de búsqueda y se procederá a su autopsia. El caso se encuentra bajo secreto de sumario.” La fecha del titular databa del 12 de noviembre de 2003. Volví a llorar su muerte tras muchos años sin hacerlo. Mi recuerdo seguía fumando aquella pequeña colilla mientras la veía marchar por última vez. Miré el reloj. Eran las seis y cuarto de la tarde, y el viento empezó a sonar con fuerza. Otra vez. “¡Coge el móvil, chulo!”.

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joseggh

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