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Se despertó a la mañana siguiente muy tarde, confuso y con un fuerte dolor de cabeza debido a los excesos de las últimas jornadas. Comenzó a llamarla en voz alta.

―¡Alicia! ¡Alicia!

De repente, le vino todo a la memoria y se derrumbó. Se sentía muy abrumado. «Si pudieras verme ahora ―se dijo en un susurro apenas inteligible―, volverías conmigo. Sabrías que te quiero con locura».

Al instante, el timbre del teléfono interrumpió el hilo de sus pensamientos. Agarró el auricular y se aclaró la voz parta contestar. Estaba contrariado, no le apetecía, en absoluto, que nadie lo molestase en esos momentos tan delicados.

―¿Dígame?

―¡Hum…! Me gustaría hablar con Alicia Lamata ―le replicó una voz femenina y joven, con cierto aire de sensualidad, al otro lado del teléfono.

―¡Ahora mismo no está! ¿Quién la llama? ―su tono no pudo sonar más seco y áspero. Incluso el ladrido de un pastor alemán habría resultado más agradable.

―Soy de la compañía de seguros San Onofre. ―La mujer, muy profesional, no pareció inmutarse lo más mínimo por el tono cortante de su voz―. Es por el siniestro que nos comunicó ayer noche. Hemos telefoneado al número desde el que llamó, pero no contesta. ¿Sabe cómo podemos localizarla?

Varios pensamientos se cruzaron casi al mismo tiempo por su cabeza. En primer lugar, la palabra siniestro le produjo un terrible sobresalto. «¿Habría sido algo grave? ¿Estaría herida?». Luego pensó que si había avisado ella misma al seguro no podía ser tan importante, y, por otra parte, quien se hubiera puesto en contacto con él habría sido, como poco, la guardia civil, de modo que se tranquilizó. Por eso contestó ya más calmado y con un atisbo de esperanza, deseando con sinceridad que su tono de voz sonara más cordial.

―No, pero si me dice desde dónde llamó, tal vez pueda ayudarla…

Al menos, de la breve conversación sacó en claro el lugar exacto dónde Alicia había sufrido el percance y qué había sido exactamente lo sucedido.

Se imaginaba que no tendría el móvil conectado y por eso no daban con ella. Él también lo había intentado el día anterior con idéntico resultado. Tan solo había  podido dejarle algunos mensajes de voz que ella aún no se había dignado a contestar. Ahora que se encontraba sobrio por completo, casi prefería que no los hubiera oído, por si acaso sus palabras no habían sido todo lo cabales que sería de desear.

Lo cierto es que una vez que supo que Alicia estaba en apuros, se abrió ante él un nuevo panorama que le hizo dejar a un lado sus propias tribulaciones y tratar por todos los medios de acudir en su ayuda.

Pese a sus buenas intenciones, se encontraba con varios problemas logísticos. Por un lado, no tenía ni idea de donde estaba situado ese fatídico punto kilométrico que la oficinista había mencionado. Por otro, carecía de método de locomoción. Alicia se había llevado el único vehículo de la pareja. «¡No he adelantado mucho después de todo!», pensó agobiado.

Se duchó pora ver si se espabilaba y luego salió a la calle antes de que se le apoderara el desánimo, porque la casa, sin Alicia, se le caía encima. Fuera de aquellas cuatro paredes se encontraría más capacitado para tomar decisiones.

Anduvo un buen rato sin rumbo, hasta que pasó por delante de un kiosco y compró sobre la marcha el mapa de carreteras que necesitaba. Como le llevaría cierto tiempo localizar el maldito lugar del accidente, decidió refugiarse del calor insoportable en una cafetería con aire acondicionado.

Había poca clientela a esa hora. Aun así se instaló en la mesa más alejada que pudo encontrar. Tan pronto como el camarero le hubo servido sacó la nota en la que había apuntado los datos y la dejó sobre la mesa junto al mapa. ¡Era como buscar una aguja en un pajar!

Tardó un buen rato en dar con la carretera. Una vez emplazada esta, el punto kilométrico fue relativamente fácil de situar;  así y todo, comprobó con desesperación que aquello se hallaba en medio de la nada. Dio un sorbo a su jarra de cerveza, que estaba bien fría, como a él le gustaba, y que le ayudó a reconciliarse un poco con la cruda realidad y, acto seguido, se propuso determinar la localidad más cercana al lugar del accidente, donde suponía que habría ido Alicia. Al final encontró una referencia, Se Valdetoro. Fontina era una localidad tan pequeña reparó que ni siquiera aparecía en aquel mapa.

Decidió llamar a la central de autobuses y a RENFE con el fin de procurarse transporte. Tan solo había un tren diario y hacía bastantes horas que había partido y ningún autobús de línea hacía esa ruta. No le quedaba más remedio que esperar hasta el día siguiente. «Paciencia, Ignacio, paciencia. No pierdas la calma», dijo para sí, y ya en voz un poco más alta, y para darse ánimos: «¡Adelante, campeón, que de peores hemos salido!».