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El cuerpo, debido sin duda al doble impulso provocado por la huida y el impacto del proyectil, había trazado una larga elipse desde el escalón alfombrado del vestíbulo hasta el límite de la vidriera destinada a los modelos cocktail, ahora rota.

Vistas desde el estacionamiento, a la distancia, por ejemplo, del policía de civil que había hecho el disparo, las dos siluetas femeninas relevan la memoria de un par de muchachas besándose, reposando una sobre la otra, bajo la luz irreal del neón, pero basta avanzar hasta la altura de la marquesina, donde aún el aviso de la boutique despide haces de luz entre el polvo y el humo de los gases, como ahora lo hace un camarógrafo extranjero, para corregir la imagen: desde abajo, es un maniquí desmembrado, con falda de lino negro y blusa gris, quien sonríe a una boa de plástico que se ovilla en el piso. Sobre él, los negros ojos ahora inmóviles, la muchacha desnuda a medias, a medias cubierta por el traje de encaje blanco, parece mirar de lado el objetivo de la cámara que se aproxima.

Detrás de la línea móvil que los hombres armados tienden hacia la entrada del Centro Comercial, el camino quebrado de cemento y barro trepa hacia el tanque de agua que remata el cerro: televisores, latas de leche, paquetes de harina precocida, radio cassettes, envoltorios de atún, teclados y disquetes abandonados en la estampida, amurallan los bordes y cortan el ascenso.

La multitud ha dejado de correr y ahora apedrea desde arriba.

La cámara abandona el cuerpo exánime de la chica, el seno descubierto por el vestido de encaje blanco a medio poner, y va hacia la batalla que prosigue. La secuencia, sin embargo, está tomada.

Es verdad que, por la censura, ni Perucho, ni Griselda ni ninguna de las muchachas del barrio la verán jamás modelando en televisión, como ella misma les había jurado que un día ocurriría; pero, en compensación, los satélites la promoverán en Manhattan, en Kings Road, en Vía Venetto, donde nadie le negaría la calidad de la audiencia… Lástima que con la carrera y los disparos no le hubiera alcanzado el tiempo para terminar de meter el brazo en la manga derecha.

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Hugo Hernán Viteri Pazmiño

Nací en el medio de la cordillera de los Andes, en las faldas del volcán Pichincha un primero de Abril de 1965. Mi niñez la pasé entre música, libros y periódicos; entre primos, hermanos y abuelos. A los 9 años me mudé a Venezuela. Llegué a Caracas un veintetanto de Diciembre de 1974 y aún me encuentro caraqueando, como diría mi abuelo. Graduado en ingeniería pero siempre con la vena artística en mi camino. ¿Quién soy yo? Un simple escribidor que trata de pintar un cuadro de lo que pasa por la vida que me rodea desde todos los rincones.
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