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El barco, un punto blanco apenas, atravesaba serenamente una inmensa nada de color azul. El sol, sin embargo, no podía evitar palidecer tras la calima cada vez más espesa. En secreto, se iban formando nubes eléctricas y oscuras que se apelotonaban, empujadas por el viento frío, fundiéndose en otras mayores hasta que se apoderaron del cielo.
Sobre la superficie del agua, se levantaron ráfagas de aire que entrechocaban en encrucijadas invisibles y arrastraban el agua consigo para inventar olas nuevas, formadas unas contra otras, enormes.
Bufidos salpicados de espuma acompañaban el subir y bajar del casco contra las olas. Al tensarse la vela en todas direcciones, el mástil crujía voceando la tormenta. Las olas fueron creciendo, arrancando bramidos que jalonaron el avance del barco temeroso de ser engullido. Aferradas al casco con todas sus fuerzas, las algas y las lapas soportaban la alternancia violenta de los golpes de mar y de viento y las sogas vibraban musicalmente al tensar la integridad de la estructura, perdiendo algunos hilos en el intento.
En la popa, el ancla recogida y colgada se movía como un badajo, marcando con golpes secos y desacompasados contra el casco el paso atrabiliario del tiempo, invocando una salida; el mascarón de proa, una sirena de madera agrietada, descolorida por el sol y la sal, se sumergía en busca de una corriente favorable y asomaba luego para respirar. Las velas se quejaban sin parar, incapaces de decidir hacia qué lado inflarse.
Una red de espuma y gotas de mil tamaños caía una y otra vez sobre la cubierta intentando atraparla, pero se le escurría siempre entre los dedos; la seguían los brazos del océano que robaban en venganza todo lo que no estaba sujeto a ella. El barco entero rugía para defenderse del mar revolviéndose, plantándole cara sin poder evitar que lo zarandease como a un cascarón.
Por fin el cielo abigarrado se rasgó en el horizonte dejando que un rayo de sol se zambullese en el agua tras iluminar el aire. El mar recibió su calidez como un bálsamo capaz de calmar los vientos y atemperar las olas.
Despacio, la inmensidad recuperó el equilibrio y la nave, la serenidad.

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marialina

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