Clica para calificar esta entrada!
[Total: 1 Promedio: 4]

Cuando llegué a la vieja casa, las sensaciones se agudizaron de una manera brutal.
Dando paso a emociones dormidas hasta ese momento.
Fue como entrar en éxtasis!.
En una ruleta que giraba y giraba, dando paso a unos recuerdos que podía experimentar en cada uno de los sentidos; en la piel, el tacto, el oído, la visión ,el olfato. Absolutamente todos pasaban por el filtro de todos y cada uno de ellos.
Podía verme jugando con mis dos hermanos pequeños, e imponiéndome ante ellos con mi mal genio. ¡Para algo era la mayor! Oír las apuradas voces de aquella mujer de baja estatura, riñéndome como buena madre. “Hija, cuida de ellos y no les chinches” me decía, mientras cocinaba en la vieja cocina de leña, en un pote de barro donde todo sabía a gloria!
¡Cuánto luchó por nosotros! ¡Que santa mujer fue!
La casa por fuera y por dentro, ha envejecido igual que lo hacemos las personas, pero a pesar de su sencillez, resulta tan hermosa.
Subo arriba por las carcomidas escaleras de madera, donde el crujido a pesar de los años, se conservaba intacto.
Cada puerta que abro de los tres dormitorios con los que cuenta, trae a mi mente historias vividas intensamente. Puedo escuchar las risas que soltaban mis hermanos, cuando papá llegaba y les tiraba sobre las camas , provocando los chillidos de ambos al hacerles un montón de cosquillas, después de muchos meses trabajando de jornalero de sol a sol, para traer el sustento de la familia.
sentir su beso en la frente y las manos subiéndome hasta su pecho, para abrazarme.
Era la casa, ¡nuestra casa!
El hogar feliz que amparó mi niñez y adolescencia. Que a pesar del tiempo pasado, siempre estuvo ahí, en mi recuerdo.
Hoy he vuelto a un dulce pasado y he revivido una felicidad que creí imposible volver a sentir.
Me llevo una gran lección, ” los momentos felices son perennes en el tiempo”

Carmen Escribano.