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Gustavo Adolfo Bécquer dedicó una de sus poesías a sus personajes no nacidos, aquellos que pululaban por su mente.

A veces los personajes forcejean por salir, pero otras forcejean por entrar. Ellos son personajes reales que han ocupado algún lugar en nuestras vidas, de ellos todos tenemos un puñado. Yo quiero mencionar a algunos de los míos porque les debo la sonrisa que hoy me provocan y se merecen que el mundo les conozca.

¡Que entren los auténticos!

De mi infancia rescato a Daniel, el hermano menor de mi amiga Tamara. Aparecía de la nada cuando nuestro juego era más entusiasmante, rojo por la carrera, jadeando como un San Bernardo en agosto. Se empeñaba en ser parte del juego cualquiera que éste fuese y antes de que nos diésemos cuenta ya lo había desbaratado todo y se había colocado en medio de las dos.
Recuerdo la velocidad a la que hablaba, el número increíble de palabrotas que comprimía en sus frases y cómo al pronunciarlas despedía una especie de lluvia de la que querías -pero no podías- escapar.
Darle esquinazo era difícil, muy difícil y retomar el juego, imposible.
La visión de su figura a la carrera, desde el otro extremo de la calle, estremecía a la niña más entera y no dejaba pasar oportunidad sin pedirte que fueras su novia. Si no tenía la oportunidad, la creaba o le hacía el hueco con calzador. Mi madre se reía y mi padre se preocupaba por la clase de trabajo que tendría el chaval cuando creciese. En su momento fue una penitencia, hoy es el recuerdo divertido de todo un personaje.

En la escuela también conocí personajes auténticos. De ellos, nuestro maestro de matemáticas: don Anselmo. Hoy se tutea a los profesores, en ese tiempo sus nombres venían precedidos por “don” o “doña” y esa minúscula palabra les otorgaba derecho a disciplinar.
A don Anselmo le encantaba disciplinar. La verdad es que en cuanto a decidir quién y por qué alguien debía ser disciplinado casi nunca se equivocaba. Aplicar esas verdades era otra cosa. Pasado el tiempo de la palmeta y las orejas de burro, don Anselmo tomaba con cada mano un mechoncito de pelo de las cortas patillas de los niños y, asido de ellas, alzaba sus manos como medio metro. Los pequeños delincuentes se levantaban de la silla para hacer el tirón menos doloroso mientras recitaban un rosario de ayes.
Don Anselmo vestía traje de chaqueta de color gris. No es que mi memoria sea muy buena, es que siempre, siempre, siempre -y digo siempre- llegaba a clase con el mismo traje gris. Como para el mes de abril el traje seguía sin una sola mancha y don Anselmo olía bien, la clase dedujo que debía tener varios y entonces la gracia se acabó.

Del mundo animal también atesoro personajes, por ejemplo el loro que era dejado en su jaula en el balcón de su casa, mientras sus dueños trabajaban. A ellos nunca les conocí, pero sí sus intimidades porque el discreto animalito repetía frases completas que había escuchado y algún que otro insulto muy revelador.
Otro caso fue el de la voz chillona que me traspasaba el tímpano justo antes del amanecer y que reverberaba en el patio interior del bloque. Laborables y festivos.
“¡Papá, mamá!” clamaba desgarradoramente, encogiéndote el corazón.
“Pobre chiquillo -pensaba yo- hay que tener paciencia”
Y la tuve hasta que descubrí a un anciano consolando al “niño”. Desde entonces sueño con paella de loro.

Algunas veces me pregunto por qué ando intentando crear personajes, si sólo se trata de copiar y pegar…