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Desde que empecé a pensar por mi cuenta, cuestionando todo lo que me rodeaba, me he venido preguntando en qué momento de la Historia convirtieron los cristianos la mítica, cruel y trágica leyenda de “la matanza de los inocentes”, supuestamente ordenada por el rey Herodes, en una fiesta lúdica llena de la aparente alegría y pretendidas carcajadas, que se persiguen popularmente en las ya tradicionales “inocentadas” del 28 de diciembre de cada año.

Aunque lo más interesante no es cuándo sucedió esa perversión de valores, sino los curiosos y, para mí, desconocidos motivos que lo impulsaron.

Sospecho que la clave está en lo oscuro que subyace en lo más profundo del espíritu humano. Porque, es evidente y parece indudable que la hermosa cualidad de la inocencia ha sido transformada en una suerte de pretendida estupidez del prójimo, digna de ser embromada, con “gracias”, de muy dudoso gusto con frecuencia, que convierten la supuesta “broma” en burla, muchas veces jocosamente humillante para el que la recibe. Porque no se trata de “divertirse con”, sino de “reírse de”.

Sospecho que estamos ante una proyección incruenta del malvado y egoísta “Herodes” que anida en nuestro interior y libera su insegura crueldad inevitable por esa vía, en una epifanía menos sanguinaria que la bíblica, aunque igual de aberrante en mi humilde opinión.

¿Festividad conmemorativa o inconsciente catarsis purificadora?

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