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Mi crisis era muy profunda y no veía el momento de salir de ese pozo. Angustiado, todo lo había intentado sin éxito hasta que ella apareció. Aquella chica que me volvió loco era deliciosamente ingenua, provocativa y sagaz. Tenía tanto una sonrisa abierta y espontánea como un abundante y firme pecho a los que cualquiera se entregaría sin otra consideración. Además, su mirada chispeante, un cabello ensortijado lleno de rizos rubios y unos labios que invitaban al pecado, suponían una fijación para mí. Algo que lo no conseguía desprenderme desde que la conocí. Fue en una mañana con el invierno en retirada y la primavera corriendo desbocada a llenarnos de vida, ofreciéndonos temperaturas y sensaciones que no conocíamos desde hacía meses.
Cuando ella llegó, subió los escalones a la carrera. Entre gritos y carcajadas ( ¡Ay, aquellas risas suyas! ) llamó a la puerta y se presentó. Ante mi repentina mudez, me zarandeó hasta arrancarme alguna palabra inconexa, apenas un intento baldío por expresar una educada bienvenida. Fui respondido con dos sonoros besos, tras alzarse de puntillas con el fin de llegar a mis mejillas y rozarme intencionadamente los labios. La dejé pasar y, sin más preámbulos, se dirigió hasta el dormitorio al que la seguí como si estuviera imantado a esa figura. Tumbada sobre el lecho, me llamó a su lado. Entregado por completo, a ella acudí.

Ahí sigo, tan enamorado de mi musa, de Meletea, que ni tiempo tengo de escribir ni de recordar la sequía creativa que me hizo invocarla. Tan perdidamente atrapado en su cuerpo y exigencias, que la literatura ya solo es un vacío recuerdo al que jamás quisiera regresar.

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