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Hay un placer inesperado en las mañanas, a eso de las nueve, cuando ella derriba mi soledad con su artillería  de cuatro o cinco palabras.

Camina complaciente, dispuesta a servirme el café. Posee ese tipo de ojos gatunos, ligeramente achinados. Se esmera en ocultarlos tras las ondas de su cabello, en una maniobra no exenta de coquetería. Balancea su melena sin reparo sobre mi desayuno, justo al inclinarse para servirme el café. No es agradable, es repugnante imaginar mi desayuno contaminado con sus extensiones de pelo indio. Pero luego reparo en sus facciones agridulces, terriblemente atractivas, como la miel de sus ojos. Sueño con pasarle la lengua por los párpados. Me pregunto ¿qué sabor tendrán?

—Buenos días licenciado Ramírez, hoy ha venido algo más tarde de lo habitual, pero no se preocupe, guardé para usted algunos de esos bollos de leche que tanto le gustan. En seguida se los traigo.

—Gracias Eva, quiero que sepas que tus atenciones no pasan inadvertidas. Algún día te recompensaré por ello.

—No es necesario doctor, solo cumplo con mi trabajo. Además, los clientes como usted merecen las mejores atenciones.

Agradezco cuando se calla, justo al darse la vuelta. La visión de su trasero en movimiento me alimenta más que cualquiera de esos ridículos bollos de leche que tanto detesto. Tan solo los pido para oírla pronunciar… –Licenciado Ramírez, ¿tomará hoy sus bollos de leche?

Cuando dice “bollo” en voz alta, sus labios articulan la presión justa hasta dibujar un corazón. La mueca sonora de un chupón que sabe a beso. Tiene la boca grande, enmarcada por dos morros generosos, sueño con pasar mi lengua por el borde de sus labios… Me pregunto a qué sabrán esos dichosos labios de camarera.

No tarda en volver con los bollos sobre la bandeja, es entonces cuando admiro su cuello en equilibrio con su escote. El cáliz que se dibuja en su huesuda clavícula, ese es el centro de gravedad de esta perversión que camina hacía mi con el desayuno en volandas. Me gustaría lanzar por los aires la bandeja de un buen manotazo, y dejar a la vista el balanceo de sus pechos rotundos.

—Aquí tiene doctor, sus bollos calientes, recién horneados.

Me provoca, lo sé. Sabe usar los términos correctos para encenderme. Es un juego de palabras tórridas, en orden perverso.

—Gracias, los comeré pensando en ti, -le contesto al mirarla con un ligero guiño.

—Hay confianza Licenciado, he visto como me mira y he pensado que tal vez podría llevarle esta noche a su casa una cena caliente, porque no solo de desayunos vive el hombre, ¿no le parece, doctor?

—Querida Eva, algo en mi ha crujido al oírte morir. Te diré algo, los amores platónicos nunca deben cruzar el umbral de la puerta. Eres el oscuro objeto del deseo, eres mi placer inesperado de las mañanas. Pero no te confundas, no quiero salir contigo, ni siquiera tocarte. Hasta hoy has sido una fantasía, una ilusión donde mojar el desayuno. Tu invitación te ha mandado directamente a la casilla de salida, al pasado. Y mañana, mañana ya solo serás un recuerdo. Qué tengas un buen día, y una vida larga,  querida.

 

 

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Eva Malasaña

En medio del invierno, me pareció que había dentro de mí un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque dice que no importa lo duro que el mundo empuje en contra mía, dentro de mí, hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta.
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