Mi niño, sométeme como solo tú sabes hacerlo, despacio, sin prisa, saboreando el momento, desprendiendo de mi piel las caricias que en ella viertes, déjate llevar, bebe los vientos, recorre cada pliegue en los que oso esconder mi ser.
No cejes en tu empeño, sin ser presa del tiempo, descubre el momento en el que en un desenlace mis entrañas y las tuyas sean uno y cubras mis vergüenzas.
Contraluz, abeto, tú, piel y reflejo, ser; son las palabras en que se baña mi mente cuando el alba llega y en tu regazo dormito.
El contraluz de nuestra silueta en el ventanal de nuestra habitación.
Abeto, el del jardín que en nuestra casa hay, junto a la piscina, donde los pequeños murciélagos se alojan a vivir para cada anochecer descender a calmar su sed con el agua de la piscina.
Quizás aquel bajo cuya sombra descansarán nuestros cuerpos, algún día, creo que ya cercano.
Será deseo expreso de nuestros hijos, que posiblemente nunca visitarán nuestra tumba. Nuestro deseo es ser ceniza al viento, tal vez abono que ayude a la madre tierra a germinar nueva vida
Tú, yo sin más.
Piel y reflejo, las caricias de tus dedos en mi piel, el reflejo de mi pupila en ese océano que son tus ojos.
Ser, la luz que prende en tus ojos cuando me miras, la vida que haces que sea presencia continua.
Cada mañana sin descontar ninguno, aunque sea festivo, nuestros pies pasean despacio por ese lugar sereno, hermoso paraíso donde la ciudad desaparece, las prisas y el ruido son espejismos.
Coincidimos casi siempre con las mismas personas que de sus labios desprenden un buenos días, hola e incluso ¿Cómo marcha la vida? No son palabras huecas que vuelen cuando el viento mece un poco sus caricias; esperan con calma nuestras respuestas. Humanidad se llama si no recuerdo mal. Comunicación y educación, tal vez, cuelgan todas de la misma rama.
Son los más tempraneros, los perros que disfrutan plenamente del lugar, siempre ambos, dueño y perro educados y pendientes por si a algún otro paseante no le atrae este amigo del hombre que desprende cariño y compañía siempre, sin pedir nada a cambio.
Hace unos años, pensamos coger un cachorrito del que un vecino no podía ocuparse, pero tomamos, creo, una decisión acertada ¿y si no podíamos en unos años cuidar de él?
Ahora sobre nuestro (es curioso, hay cuatro bancos más en la plazoleta, pero siempre nos sentamos en el mismo, no, si ya lo decía algún refrán creo, el hombre animal de costumbres es) banco de madera que ambos ocupamos, jugábamos a una partida de cartas, con cuidado no decidan juguetear ellas con nosotros al escondite, resbalándose por los pequeños huecos que entre las maderas quedan.
Dices en voz alta, con algarabía, pintan los reyes, se ilumina mi pupila con tu presencia.
Dos manos cuya piel arrugada por el paso de los años se entrecruzan, acompasan esos pasos cuyas huellas caminan juntas desde hace tanto tiempo que su mente no recuerda su momento.
Solo sabe que es su paz y su deleite, su bastión y compañía.
Apenas fluyen las palabras, ya se dijeron todo, la mirada, la fuerza del agarre de manos dicen más que el movimiento de sus labios, allí no hay mentiras que esconder, la verdadera esencia fluye sin más.
Barajaron sus cartas, guardaron las mejores, cambiando las tornas, a ratos, pues se duermen los brazos e incluso a veces las piernas; curiosean los cuervos y las urracas, esperan la ocasión para robar tus ojos, no saben ellos que el causante de ese brillo jamás lo permitiría.
Te acaricio cada día, vierto mi ser en ti, deslizo mis dedos suavemente a cada instante.
Te miro con delicadeza, con enfado y con orgullo, depende de cada momento del día, a nuestra edad, el carácter se hace cambiante y se agria un poquito, pero mi rostro siempre se dibuja en tu mirada
Aliviamos el deseo en cada uno de los pliegues de nuestro cuerpo. Paladeamos nuestro néctar, sabiéndote-me a tu vera, en nuestro caminar cada tropiezo nos obliga a desandar camino, no importa, la prisa no es dueña de nuestro tiempo y podemos decidir en que cruce desviarnos.
El viento mimetiza a la alondra mientras a tu oído susurra “ven”, es solo un pensamiento mío que a estas alturas soy capaz de canalizar con esa naturaleza que nos rodea.
En el atardecer de nuestra vida ya fuimos coherentes y lastramos todo aquel equipaje innecesario para nuestro último viaje, el más largo de todos, tal vez, el más hermoso, donde nada de lo ya vivido tendrá ningún sentido, solo lo que nuestro ser haya aprendido, creciendo en su entidad.
La ruptura con todo aquello que nos rodea fortaleciendo nuestra esencia.
En mis pensamientos quedan retazos de aquellos paisajes que compartimos, entre verdes, lilas, rojos y amarillos, en altas cumbres donde el rugido del oso producía en nuestro cuerpo risas desbocadas, ilusión de verle más que miedo, ansiando el encuentro con tan hermoso ser de la tierra.
Entre las dunas evitando escorpiones y esas culebras que bajo la ardiente arena esconden sus vidas a nuestros ojos.
Difuminarse los colores cuando la noche domeña al día y al caminar rumbo al horizonte, el cielo y el mar parecen fundirse.
Ahora solo este mini bosque es nuestro templo de silencio, vida y universo que nos llena de armonía.
La ciudad, bosque de cemento, refugiados en colmenas donde apenas la luz se refleja a través de esos pequeños ventanales.
El mirón o la vecina curiosa que entre los barrotes de la ventana observa las huellas de tus pasos. El parquet flotante de tu casa que resuena en la casa vecina cuando marchas de una habitación a otra.
Fantasmas, pasos rápidos que dejan vacío en la calle, sin reflejos en los cristales de los escaparates de las tiendas.
No ven siquiera a los niños que a su vera pasan. Solo ruidos es lo que queda, incluso en las noches, ruidos fantasmas los llaman, esos que nos acompañan siempre, una respiración, un gemido, las tuberías, el parquet que cruje, la nevera que se desconecta al alcanzar la temperatura perfecta.
El tic tac del reloj que en la estantería se encuentra, bajo los pergaminos que trajimos de aquel viaje increíble a ese país divino, donde las maravillas de aquellos tiempos te embrujan, un sueño embriagador
El ir y venir del péndulo; a veces me levanto y lo quito, dejándolo allí junto a la pequeña estatua de Anubis, rey egipcio de la muerte que lleva ahí ya tantos años.
Menos mal que nos tenemos el uno al otro, que vivimos plenamente sin interferencias.
Hoy pareces otro, andas molesto, malhumorado, se que no es por mi, pero enmudeces.
El silencio tuyo me duele, por que queda tu dolor en la garganta y el murmullo en tus adentros.
Supuran mis entrañas en muselinas servidas. Se que nuestros momentos se acortan, después de lo vivido, ella te reclama.
Bajo la luz tenue de las farolas, en las noches, la veo envuelta entre las sombras, esperando.
Esas sombras, es cierto, no son figuraciones mías, esas cosas de viejos, charlotean.
Negros retazos que desencadenan murmullos, suspiros que vuelan con el aire en movimiento, latidos que envuelven las huellas de todo aquel que a su vera pasa, sobre los adoquines de esa ciudad que viste caricias de antemano, antes de acercar sus garras.
No tengo miedo a este ahora, si a la próxima baza que debo jugar con mis cartas, la soledad sellará mi vida con sus cadenas, encorsetando los sentidos.
Sombras vacías de emociones que difuminan la esencia, a veces, consiguen que prenda la desconfianza, dejando la mente a la deriva, sembrando miedo.
Siempre fui mujer valiente y es la fortaleza que hoy me acompaña, la única forma en que yo puedo afrontar este amargo momento.
Te acompaño y te sonrío, entrelazo nuestras manos, limpio los restos de sudor en tu frente, mis labios en los tuyos.
Un largo invierno, tal vez se cierne sobre nosotros, ya no desvirga el silencio nuestras caricias
Todos nuestros recuerdos nos acompañan en este momento, toda una larga y placentera vida, con sus momentos grises, claro, como las de todo el mundo.
Magia plasmada que recitaba el aire en nuestros encuentros.
Palabras, personas, lugares, de todos ellos aprendimos algo nuevo cada día, todos o cada uno de ellos dejo huella en nuestro ser.
En la cama permanecimos aquella mañana, el día estaba gris, las nubes cubrían el cielo, ocultando a nuestro querido amigo el sol.
Estabas helado, a ratos, caliente, no sabía si encender la calefacción, pero no deseaba moverme de tu lado. El calor de mi cuerpo seguro sería la mejor medicina.
De fondo el ruido de aquella antigua radio que como si fuera su trono, durante toda nuestra vida juntos, estaba en la estantería de la salita de estar, donde hacíamos la mayor parte de nuestra vida
Aquella cajita mágica que provocaba deleite y compañía vistiendo nuestros momentos de café y tertulia.
Construimos nuevos mundos, pero siempre solo nuestros, como si fuera una película de esas antiguas, una cinta que cuenta historias.
Allí quedaron grabados nuestros secretos, si también aquellos en los que desvestíamos nuestros cuerpos, a veces, mientras escuchábamos a través de las ondas, esas otras historias, aquellas que eran deleite para los sentidos.
A nuestro libre albedrio, sin ser juzgados por nadie, plasmamos compañía y deseo.
Paseos que se llenaban de risas y carcajadas en esa complicidad conseguida.
Ese arroyo junto al molino, entre el trigo y los carrizales donde hacen su nido los ánades, esa garza imperial nos miraba con su orgullo para después dedicarse a sus quehaceres, conseguir alguna trucha de esas frías aguas.
Caminando y charlando nos acercábamos a su vera, en mi mano unas espigas de trigo, en la tuya unas hojas del rosal que trepaba junto al sauce llorón.
Nos quitamos los zapatos y caminamos sobre las piedras en esa pequeña hoya que el rio había horadado en su camino. Junto a ella otras más grandes, una cascada preciosa bajo la cual el deseo se hizo vida.
Te quitaste tu camisa blanca con las iniciales bordadas en el bolsillo, cosa de tu abuela seguro. Nos besamos como nunca antes lo hiciéramos, mi cremallera se enganchó en un lateral del vestido.
La gasa color azul como mis ojos acarician nuestros rostros, nos tiramos bajo la cascada y cartografiando nuestros cuerpos, nos deleitamos del néctar de nuestra pasión, la humedad que en nuestras entrañas se aunaba a la fría hoya donde por primera vez fuimos latido y vida, sincronizando nuestra respiración, dejando fluir alcanzamos el clímax.
Desde aquel momento fuimos sombra de luz donde nuestros besos se escondían entre los soportales de las casas
Solo una cosa, no se si hicimos bien, venir a vivir a Madrid, esta ciudad…
Y en el transcurrir del tiempo nos acomodamos, dejando que las obligaciones volaran para disponer del nuestro más temprano.
Entre esos adoquines, en los que los tacones se enganchan y las semillas prenden. Rosas y flor de almendros hemos visto crecer en los aledaños de las paredes de las casas, en los de los arboles cortados para evitar molestias en las terrazas de los vecinos, cuando es olor y sombra lo que proporcionan y un poco menos de contaminación.
No me puedo quejar, nunca nos falto el trabajo ni tampoco los dineros, aquellos viajes en que deleitábamos nuestros sentidos.
No nos movíamos en el verano cuando todos cogen sus días de asueto, nos gustaba el principio de invierno y la primavera y por supuesto el otoño.
Nunca fueron viajes triviales, ni donde el cumulo de personas arrasara el lugar.
Nos gustaba descubrir sus mundos y costumbres, la historia y sus vidas, aquellos lugares ocultos a la mirada de otros, nuestra mente inquieta, absorbiéndolo todo, sin criticas, solo observando y aprendiendo, caminando con el corazón en la mano y los sentidos dispuestos para el deleite.
El fiordo de los sueños en Noruega, Egipto, Perú, Samarcanda, Andorra, Himalaya y por supuesto esa España nuestra donde habitábamos.
En todas encontramos y disfrutamos de especiales momentos, sembraron caricia en nuestra alma personas que aún hoy día a pesar del tiempo transcurrido y la distancia acompañan nuestros sueños.
Nuestra pupila captaba efímeros momentos que con nuestra cámara se convertían en vida eterna.
Por suerte agradezco al supremo creador que nos permitió vivir recordando cada segundo de nuestra gozosa vida.
Y en este ahora disfrutamos de la mutua compañía, siendo nosotros, sin olvidar la humildad, dejando la necedad a un lado, invitando a todo aquel que lo desea a nuestra vera camine, despacio pero sin pausa.
Y en este trascurrir de la vida, ese hoy que vivimos, el rocío de la mañana en las rosas prenden la vida mientras tu y yo somos uno, en cada paseo tempranero, disfrutando del silente caminar del ciudadano que aún anda preparándose para esa jornada de trabajo, llevando consigo el ruido, claro ellos no entienden otra forma de vida.
Cada día comíamos menos, así que podíamos a diario nosotros mismos realizar la compra. Nos manejábamos activos así que cada día preparaba uno la comida.
El planchar era otra historia, pero ya nadie se fija en unos ancianos que a su vera pasan y la ropa que usábamos normalmente ligera en verano que el abrigo tapaba en invierno, solucionaba el problema, si es que a alguien le diera por charlotear de nosotros, algo que por supuesto, a estas alturas nos era indiferente.
Para limpiar el baño, lo imprescindible, tirábamos una moneda al aire, yo sé que casi siempre hacías trampa, pues era mucha casualidad que el día que yo me levantaba más cansado, siempre te tocará a ti, amor mío.
Nos duchábamos juntos, si nos pasaba algo, sería a los dos, así lo deseábamos, compramos en una de esas tiendas que tienen de todo para los ancianos e impedidos, dos bancos que se quedaban fijos uno frente a otro, antes claro debimos ya hace unos años dejar la bañera aparte y poner una enorme ducha que ambos podíamos compartir sin problemas.
Nuestros hijos, como algo usual en estos tiempos, hace años que dejaron de venir, la vida ocupada en que la sociedad te envuelve y en donde solo somos un estorbo.
Hablaron, claro, de vender la casa e internarnos en una residencia donde viviríamos de lujo y estaríamos atendidos en todo momento, sin faltarnos nada.
Ilusos ellos, perder tu intimidad es poco, convivir con personas desconocidas, con las que por imposición debes charlar, jugar a las cartas, hacer gimnasia.
Nosotros teníamos un dulce y acogedor hogar, íbamos a la enfermera cada semana para revisar esas pequeños achaques que cuando la edad avanza la vida prende en el cuerpo de uno.
Y una muchacha que nosotros pagábamos con nuestra pensión venía a limpiar la casa una vez a la semana.
Estábamos bien, jugábamos nuestras partidas, escondíamos ciertas cosas en cualquier rincón de la casa y uno de nosotros debía encontrarlo, sin tiempo, si bueno, el día entero, ahora creo que lo llaman jymkana.
Recordábamos adivinanzas o las hacíamos con cosas que teníamos a nuestra vera. Recitábamos los nombres de nuestros hijos y de esos supuestos nietos a los que solo vimos en alguna remota ocasión.
Nos reíamos de la vida, si tal cual, realmente de la sociedad que impulsa al consumismo, al estrés, a la vida prendida de un reloj que a pasos agigantados el minutero gira para que tu tiempo ajustes realizando el mayor numero de actividades.
De etiquetar todo y a todos.
Nosotros vivíamos a nuestro paso y antojo, caprichoso destino a veces te coarta, pero juntos remontamos algunos malos momentos y juntos continuamos caminando.
Somos el anverso y reverso de una moneda, tan necesario, cierto como la vida misma, aunque resulte chocante, cada día cambiante.
Y mi mente no dejaba de enredar y recordar cada momento, insistiendo en los más tristes, me entristecía pensando en que me quedaría aquí mientras tú marchabas, doloroso pensamiento.
Decidí no hacerla caso y permanecer callada en silencio junto a ti, mi vida, escuchando nuestra respiración acompasada con el latido, esperando el momento de la marcha, que desde el alba era sentencia firme de aquel o aquello que decida y gobierne nuestra vida, nuestro ser.
Nuestros cuerpos, dejando la mente acallada, hicieron aquello que deseaban como último momento de existencia.
Cuando tus brazos mi cuerpo acercan al tuyo y el deseo de ambos se apaga, despacio, efímero momento en que se ralentiza el tiempo, mi cabeza se recoge en tu regazo, cerrando al unísono los ojos.
Ya son nuestras almas a las que una luz llama, un paseo tranquilo durante el cual aquella cinta reproduce en sepia todo aquello que juntos vivimos, imágenes dispersas, todas ellas prendidas en aquella música que tanto nos gustaba escuchar.
Son susurros los murmullos al viento cuando nuestros pasos suaves, ligeros, casi bailando, nos encaminan hacia ese Ítaca esperado, con una sonrisa prendida en el rostro
¡Que tramposo fuiste ayer, querido! Pintaban caballos no reyes.
Me besas con tu picarona sonrisa y retomamos el camino, donde ya no prenden nuestras huellas.
Ahí quedan nuestros cuerpos, somos luz, como queríamos, solo una.
Mañana nos espera otro hoy, tal vez en otro cuerpo, quizás en el cielo, tal vez sea un caminar eterno donde perfeccionar nuestra alma. Lo único cierto es que una hermosa luz nos guía.
Las sombras por fin se fueron y en el silencio se deslizan nuestras almas.

@Marijose Luque Fernández.

marijose

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