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El escritor salió a escribir. Y dejó caer sus letras sobre el camino, pero las gentes las pisaron sin piedad, sin reparar en su poesía,  despreciando  sus relatos y mofándose de sus historias.

También dejó caer sus palabras sobre pedregales y crecieron sus parábolas por un tiempo. Al principio se leyeron con entusiasmo y fascinación, pero cuando llegaron otras fábulas más inverosímiles las primeras fueron abandonadas sin compasión.

Algunas de sus frases cayeron sobre espinos y estos apenas les dieron oportunidad de germinar. Sus matas trepadoras las ahogaron hasta confinarlas al no existir. Estas nunca fueron leídas, ni escuchadas, ni amadas.

Pero su mejor historia de amor jamás escrita alcanzó a unos cuantos que, ávidos y necesitados de cariño, la leyeron con pasión, y enamorados y llenos de vida, esparcieron su mensaje por todo lugar contagiando felicidad.

 

El que tenga oídos para oír, oiga.