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El duende su botija egoísta dejó de llenar, del oro codicioso que solía robar, al ver aquella hada de alas traviesas, bañarse desnuda en aguas sensuales, a la luz de una erótica menguante luna, detrás de un libidinoso follaje, que proyectaba lujuriosas sombras e hizo su virilidad rugir en un ahogado gemido, para evitar en su voyerismo ser descubierto.

Desde ese día el duende se dedicó a tapizar el bosque de enamorados arreglos florales. El hada se enteró por la burla aviesa de que era objeto el duende por las demás criaturas del bosque. Y comenzó a fijarse en las declaraciones artísticas que llevaron el fuego a sus alas, y sus mejillas enrojecieron de tono seducción.

Buscó al duende para agradecerle tal gesto, y el pobre duende huyó de su lado avergonzado por la ansiedad líquida que de su entrepiernas se había fugado. El hada comprendió el precoz incidente y siguió tras él por considerarlo un amatorio presente, que avivó el fuego de sus alas traviesas, y el tono seducción de sus mejillas se extendió como lava por toda su esencia.

Bajo la luz erótica de aquella noche de luna llena, encima de un follaje libidinoso, iluminado de lujuria, el duende se adentró en la botija de aquella hada y se fundió en orgásmico oro.