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Él sólo sabía que no sabía nada, su cuerpo reflejaba los síntomas de su país, su piel se encontraba tostada por el inclemente sol, sol que se unía a los males de la isla e irradiaba incandescente para atormentar aún más a un pueblo atormentado, a pesar de ser una bendición para los bananeros, actividad que no podía ya ejercer porque su cuerpo no se lo permitía. Sus manos temblaban por el párkinson, en su nada saber pensaba que eso se le había contagiado de los temblores de la tierra, esos que en combinación con los huracanes, mantenían en la ruina a la isla. Él se decía <> pero no se lamentaba de la enfermedad que le imposibilitaba realizar la mayoría de las tareas, aunque para lavar y fregar era la idónea, sentía que le daba el dinamismo y ritmo de un artefacto eléctrico, así como efectividad. Igual reflexionaba que si no fuese por su condición, no generaría confianza en sus contrincantes y quienes seguros de que la ganarían, lo invitaron a jugar en ese círculo privado y secreto, eso y porque astutamente consiguió que un soldado de la ONU le consiguiera canicas, de las reales, las codiciadas por los niños. Cuando el soldado le preguntó para qué un adulto de 70 años quería canicas, él sólo mostró su patentada sonrisa, esa que descubre sus encías sin dentadura y su lengua fisurada como fisurada se mantenían las calles y mayoría de las construcciones de su amada Haití, sabría Dios cual enfermedad de las tantas que han aquejado a su cuerpo le habrá puesto la lengua así. Con esa sonrisa retrato de su tiempo, evadía toda pregunta y preservaba el secreto.

Practicó con ahínco cómo lanzar las canicas, en medio de su temblequeo supo determinar con precisión cómo ubicar su mano y en qué momento su dedo pulgar se soltaría como gatillo para impulsar la bolita de vidrio y asestar la bolita rival. Se aferraba esperanzado a su nuevo sueño, uno que no provenía de promesas electorales, las cuales creía se frustraban por los reiterados golpes de estado que marcaban la agenda política de la isla, tampoco las de miembros de defensa civil, cruz roja, militares extranjeros quienes decían venir a poner orden y ayudar a los desvalidos por las arremetidas de la naturaleza y los grupos que se disputaban el poder. Todos solo explotaban a su pueblo, prostituían sus juventudes y traían enfermedades de otros continentes. <> era el decir frecuente de la mayoría de las personas que conocía, pero él había encontrado un sueño que lo sacaría de ese infierno.

El último huracán que azotó la isla obligó a suspender la competencia, dejó en mal estado el terreno y este debía ser plano, plano y en un sitio donde nadie les interrumpiera ni descubriera. Tras haber limpiado parte del desastre, el sitio había quedado impecable para el evento. En la noche se dedicó a pulir sus canicas, recordaba que en conversaciones con el soldado que se las consiguió, éste le ilustró que se les suele llamar también bellugas, boliches, bolichas, bolitas, boles y caniques (Asturiano), cayucos, balitas, bochas, bolindres, pingos, pelotitas, polcas, bolas, piquis, polquitas, caniques, chivas, cincos, chibolas, bolillas, maras, metras, balas, garbinches, bolondronas, corote, salva, bolinchas, tiros, pero a él no le interesaba cómo se les llamaba, representaba su interés lo que lograría con ellas, el cambio de su futuro, poder viajar con su nieta a República Dominicana, sabía que ella vivía muy bien allá, era dueña de un pesquero heredado de su padre, su hijo, a quien no quiso acompañar, porque él no quería ser una carga, pero después del evento tendría mucho dinero, no sólo para viajar sino para comprarse una casa justo al lado de su nieta y recordar juntos a su amado hijo, quien murió en una tormenta una tarde de pesca. Soltó una lágrima con ese recuerdo, era como si a los habitantes de Haití las desgracias naturales les perseguían, pero secó su lágrima con la fuerza que le caracteriza, esa que también es propia de los habitantes de Haití y les permite afrontar las dificultades y los castigos que pareciera que el destino les tiene cruelmente reservado.

Durmió lo suficiente, se levantó, aseó, tomó su saco de canicas y emprendió la caminata con su cuerpo tembleque hasta el lugar secretamente determinado. Avanzaba confiado de que les ganaría a todos esos chicos sus esferas, esas que su inocencia les impide establecer su valor comercial y por las cuales se sumergen a grandes profundidades en lugares que no revelarían nunca y extraen de las ostras, esas que codician los adultos y en su nuevo sueño le dará para abandonar la isla y residenciarse al lado de su nieta.

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Escritor pretensor que tiene la vaga ilusión de ser un Johann Wolfgang von Goethe por lo que ensaya poesía, novela, dramaturgia, ciencia . Tropezando, cayendo y levantándose. Constituyendo sus raspones, heridas y cicatrices los únicos méritos conquistados en el bello arte de escribir.
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