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Atardecer en otoño, casi primaveral.

Allí, mientras observábamos la vida animal retornar al lago calmo, a su calma habitual reflejando el elocuente final de las vacaciones conversamos de la vida, sobre nuestros proyectos.

La imagen no pudo captarlo pero en ese hábitat acuático conviven peces, patos, chimangos, teros y una discreta nutria que hoy hizo su aparición exclusiva gracias a la tranquilidad de la escasez humana.

Algunos gansos asomaron el pico a nuestro pic-nic improvisado. Oficiando de acompañantes entrometidos pero imperturbables.

Conversamos de nuestro hogar, de cómo evolucionamos desde que lo mudamos a esta aldea en el interior, de cómo cuesta avanzar en la vida sin ayuda y de lo valientes que fuimos al hacerlo solos, sin nadie alrededor que nos facilite el camino (o sin nadie que nos muestre cómo es).

Repasar los logros conquistados ayuda a apartar a un segundo plano lo que más cuesta. Hacerlo en este esenario más porque despeja los pensamientos y aclara los ojos para no perder de vista los pequeños, sencillos y perfectos momentos que hacen a la felicidad.