Miró al público a su alrededor; todos manifestaban la misma expresión de paz, dejándose arrastrar por el lento y cadencioso compás de 3/4. Los observó durante un pequeño instante porque sintió la necesidad, que se manifestó de forma refleja con esa mirada de ciento ochenta grados, de asegurar que no sólo él estaba experimentando algo especial con la audición del cuarteto. Volvió a cerrar los ojos sintiéndose vagando por un enorme espacio deshabitado, como una disolución en la que no podía con exactitud hablar de placer; incluso esa cualidad puede desaparecer cuando se disipa toda vinculación, ya sea con uno mismo o proyectada hacia afuera; y en eso parecía consistir su transcurso por ese suave médano desierto donde podía propagarse en calma arrullado por los vientos de la música.
Estaba escuchando la música de un modo inverso al habitual. Descubrió que en eso consistía esa extraña paz que le inducía. Se introducía en los silencios que había entre cada nota, en el lento desvanecerse de los acordes del piano, hasta hacerse inaudibles y ser atacado por una nueva armonía; en esos espacios en los que no había más que silencio; era como si el silencio estuviese siendo adornado por música y no, como suele ser habitual, el caso contrario, la música adornando al silencio o haciéndolo desaparecer. Y en ese silencio estaba encontrando una paz que era capaz incluso de trascender el placer. Las vibraciones de las graves notas del contrabajo, lentas y espaciadas, reverberaban en su interior, propagándose desde la profundidad de su barriga de forma expansiva hasta callar, ya muy debilitadas, en el vello de su cuerpo y los poros de su piel; y entonces el silencio dejaba su cuerpo relajado, a la espera de que un nuevo geiser brotase con la siguiente nota para que continuase meciéndole entre cada sonido y el siguiente, penetrando en los cada vez más profundos -así lo percibía él- y largos espacios entre ellas.
Eso era justo lo que necesitaba una noche como aquella, en la que lo mejor que podía hacer era acallar su voz interior hasta que se hubiesen enfriado sus emociones y sentir que hay vida más allá de cualquier desengaño y regalos que recibir más allá de cualquier frustración. Se estaba desprendiendo de todo eso, hasta parecerle -el hecho de haber sido abandonado- una nimiedad de la que podía reírse, balanceándose en ese dulce silencio adornado de manera exquisita, como si hubiese comprendido que en esa debilidad, en esos regalos que se presentan desde la mayor humildad y sin constituir ningún tipo de algarabía para obsequiarte, residía la mayor de las fortalezas.
Cuando el contrabajista comenzó su improvisación sintió un profundo lamento en su interior. Desgranaba frases con largas notas que ligaba arrastrando los dedos sobre las cuerdas con precisión, jugando con el tiempo hasta dilatarlo y contraerlo a su antojo, y, de nuevo, el silencio entre frase y frase, haciendo que se introdujera en él y percibiese un profundo dolor que no le correspondía. Era como si, habiéndose borrado toda su sensibilidad hasta quedar sumido en una paz inefable, comenzase a impregnarse ésta de una profunda pena la cual, lejos de aliviarse, comenzaba a representarle imágenes preñadas de clarividencia o como si se tratase de sus propios recuerdos, desvaneciéndose las delicadas dunas por las que antes se había disuelto y encontrándose paseando entre la niebla con el dolor en el corazón desgarrándole todas sus fibras como jamás había sentido, llenándose el silencio, ese silencio, antes exquisito, que era adornado por la música, de sollozos y suspiros, como si los trajese un ligero viento que se había levantado repentinamente azotándole. Sintió frío, un suspiro glacial que brotaba desde dentro de él hacia afuera con cada frase que emitía, cada vez más cargada de un inmenso desconsuelo, el instrumento, como si fuese un apéndice más de aquel que lo acariciaba con profundo respeto, apareciendo de entre la niebla -y no había nada más que niebla- un séquito que se acercaba hasta rodearle entregándole una pequeña urna de cristal donde estaban depositadas unas cenizas. Y entonces a sus pies comenzaron a prodigarse más de estos recipientes, hasta perderse en la lejanía y en la niebla que colmaba y rellenaba todo el silencio.
Abrió los ojos y miró al contrabajista, necesitaba saber que ese dolor no era de su propiedad y un conato de alegría impregnó su humor dolorido al constatar que todo su desengaño amoroso no era más que una pequeña carcajada que le había prodigado la vida ante sus narices. El músico seguía improvisando con absoluta calma, haciendo a su contrabajo decir lo que él no podía decir con ninguna palabra. Su rostro, con los ojos cerrados, apuntaba a las alturas y se contraía ligeramente entre nota y nota, como si estuviese en un lugar que no deseaba pero del que no quería salir, tomándose su tiempo entre cada línea melódica que iba desarrollando como si algún extraño ser omnipotente manejase sus manos y sus brazos. El sudor mantenía húmedo su cuello y perlaba su rostro, pero resbalando por sus mejillas se adivinaba camuflada alguna lágrima. Sólo entonces pudo comprender la visión que, podría ser, ambos hubiesen compartido, supo todo acerca de dónde podía venir esa niebla; supo que todas esas notas, toda esa música que veneraba con profundo respeto al silencio, estaba dirigida a llamar a las puertas del cielo.