Trato de dejarlo pasar. Es una sensación terriblemente aplastante y al mismo tiempo familiar. Con el paso del tiempo he logrado que su recorrido por mi alma sea completamente imperceptible para quien pudiera estar a mi lado. Ya no enrojezco, ya no tartamudeo, ya no digo incoherencias. Ya no estrujo mis manos como queriendo gotear toda la vergüenza que siento. Solo aclaro mi garganta para facilitar el habla. Saliva espesa y envenenada es tragada, y con ella se da paso a un aparente estado de calma e imperturbabilidad.
–Ummm… No sé qué decirte.
–¿No crees que han crecido?
–Creo que toda tú has crecido. No sería extraño que tus senos también hayan crecido.
–Yo los siento más grandes, más pesados.
–Ok.
–La semana pasada tuve que comprar un uniforme nuevo, el del verano pasado ya no me quedaba.
–Tal vez se encogió.
–¿Tú crees?
–Es una probabilidad.
–Pero mi mamá es muy cuidadosa.
–Nadie es perfecto.
–Cuando le dije que necesitaba ropa nueva ella me miró y sonrió.
–¿Y tu papá?
–Cuando le dije a él empezó a llamar a mi mamá a gritos y le dio dinero para que nos fuéramos de compras.
–¿No te dijo nada?
–Le dijo a mi mamá que preguntáramos por modelos nuevos de lavadoras.
–Mi tío es Dios…
–¿Qué?
–Nada, es solo que a veces pienso que te intercambiaron en el hospital.
–¿Ah?
–Nada, nada.
No puede ser. Es imposible que alguien que comparte sangre conmigo pueda ser tan idiota. La malicia es una de las muestras de inteligencia que más admiro y a la cual me he avocado más en investigar; hasta las personas de mente más limitada tienen momentos de verdadera genialidad; generalmente este tipo de inteligencia superior es el resultado de la malicia o de una situación que la promueva o facilite. Por eso es que me encanta aquel dicho popular de ‹‹piensa mal…››. He llegado a presenciar momentos en los que el ser más insospechado ha logrado obtener capacidades que rozan la adivinación gracias al efecto de la malicia. Pero ella parece carecer de eso. Mi naturaleza me impide creer en la ingenuidad, mis constantes observaciones me han demostrado que a temprana edad la ingenuidad desaparece, dándole paso a algo mucho más humano, vulgar y comprensible: la estupidez. Definitivamente ella es estúpida.
–Tengo miedo.
–¿De qué?
–¿Y si siguen creciendo?
–En el caso de que hayan crecido en el último verano, cosa que no estoy afirmando ni negando, es muy seguro que seguirán creciendo durante los próximos años, hasta que tu desarrollo se detenga, como a todos los seres humanos.
–Pero, ¿y si siguen creciendo?
–¡Seguirán creciendo!
–No quiero.
–Pues la verdad es que no tienes opción.
–No es justo.
–Es parte de la vida.
–¡¿Por qué a los hombres no les pasa eso?!
–Dios es hombre, por ende es idiota, comete equivocaciones.
–Me dan vergüenza.
–Pues procura que nadie los vea.
–Mi mamá me compró ropa ancha.
–¿Mi tío le dijo?
–La llamó por teléfono y le dijo que la ropa volvería a achicarse y se acerca el invierno.
–En febrero…
–Ajam…
–… es Dios.
–¿Qué?
–¿Qué si no quieres que se noten sigue vistiéndote con esos polos, así nadie se dará cuenta.
–¿Tú crees? Porque igual se asoman un poco… Mira.
Definitivamente tiene que ser idiota y adoptada. Mi tío debe sufrir mucho, pobre de él, no quisiera estar en sus zapatos; apenas va a terminar la secundaria y ya tiene cuerpo de modelo de lencería; en Japón ella ya sería una marca registrada, sus fotos y gigantografías estarían por todas partes, sus calendarios y revistas colmarían las repisas y estantes de todo pervertido con complejo lolita. Gracias a Dios vivo en un país católico como norma de hipocresía.
–¿Puedes dejar de acercar tu pecho a mi cara? La gente ya empieza a mirarnos raro.
–Pero si no hay nadie.
–Me refiero a la gente en mi cabeza.
–¿Hay gente en tu cabeza?
–No solo eso, hay todo un ecosistema, y tus pechos los asustan y ponen en peligro.
–¡Cállate!
Se sienta mi lado y apoya su cabeza en mi hombro, cansada de una larga meditación, una reflexión muy profunda, un encuentro con ciertas verdades que parecen preguntas al principio. La presión en mi hombro me hace tragar una tanda de veneno que facilita mi respiración, El calor de su rostro, el olor a manzanas de su champú, la forma en que una de sus manos interactúa con la otra, como un gato jugueteando con una presa inerte. La extraña y ligera sensación de que podría estar llorando.
–No quiero que sigan creciendo.
–Yo tampoco.
–¿Ah? ¿Y a ti que te importa si crecen o no?
–Si siguen creciendo me lo seguirás contando, ¿no?
–Sí.
–Eso quiere decir que con el tiempo me contarás sobre otros cambios en tu vida.
–¿Y qué?
–No quiero ser tu paño de lágrimas cuando termines con tu primer novio. Y mucho menos enterarme de otras cosas que simplemente me traumarían.
–¿Y cómo sabes lo que te contaría si ni yo misma lo sé?
–La vida no es muy amable conmigo, dudo mucho que llegaras a contarme algo que me haga feliz.
–Hablas raro… Da igual, a mí ni me gustan los chicos. Me dan asco.
–Eso dices ahora, cuando los chicos empiecen a invitarte a salir no pensarás igual.
–Hace dos días me invitaron al cine y la semana pasada el hermano de una amiga me pidió mi número para ir a la playa hoy.
–Eso no…
–Y el chico de la tienda de ropa le hizo muchos descuentos a mi mamá y me dio una tarjeta de la tienda con su número escrito atrás.
–Pero…
–Mi instructor de natación me dijo que deberíamos ir al club donde él trabaja. Y hay unos chicos mayores que siempre están frente a la puerta del colegio, cuando pasó por allí quieren acompañarme a mi casa. Y…
–¡Ya, ya, ya!… ¿Qué les has dicho a toda esa gentuza?
–Pues que no. Me dan asquito.
–Solo dale tiempo.
–No creo, los chicos son idiotas.
–Claro, son hombres, eso es muy natural.
–No sé, me aburre verlos.
–¿Qué edad tiene tu instructor de natación?
–No sé, ¿como 22?
–No tienes ni idea, ¿verdad?
–Se ve más viejo que tú.
Y el gato pasa por debajo de mi brazo, avanzando sin preocupación y sin ningún reparo, exactamente como ese gato que pisa mi teclado mientras escribo un cuento, completamente inconsciente, completamente natural, amo a ese gato. Trago veneno y respiro discretamente mientras ella toma mi antebrazo y empieza a juguetear con mis músculos, como le enseñé hace mucho tiempo.
–Mi papá está preguntando mucho por ti.
–Quiere que vuelva a la casa.
–¿Y por qué no vuelves?
–Porque sé para qué quiere que vuelva.
–¿Para qué?
–Tú papá piensa demasiado a futuro, eso a veces me molesta un poco. Pero lo visitaré pronto. Mientras tanto, podemos seguir viéndonos aquí, no creo que eso le moleste.
–No le molesta.
–Bien.
–Él te quiere mucho.
–Eso lo sé, pero no puedo evitar hacer lo que hago. Soy humano, ‹‹un chico››, también deberías sentir un poco de asco de mí.
–Ja, ja, ja…
–No te rías, es verdad.
–Sabes, mi papá es raro, no he encontrado a otra persona tan sorprendente como él, ni siquiera mis profesores son tan impresionantes. Cuando veo en la tele gente que se le parece resultan ser solo ficción. Mi mamá dice que él es así y que no sería bueno para nadie compararlo con otras personas.
–Tu mamá está enamorada.
–Ja, ja, ja… ¡Qué raro!
–Es un poco raro, ¿no? Pero deberías estar feliz.
–Sí…
–Aun así, tu papá también es humano, también es un hombre, y también es un chico. Es un poco más difícil verlo, pero el también hace estupideces.
–Es tan triste que la gente sea tan aburrida. A veces prefiero quedarme en la casa y dormir temprano.
–Si duermes mucho tus senos crecerán más.
–¡Cállate!
–Dormir favorece el crecimiento…
–No quiero que se me acerquen por mis senos.
–¿Prefieres que un chico se acerque a ti por tus sentimientos y lo bello de tu alma?
–¡Qué me dan asco!
–A pesar de todo, yo soy un chico, y no parece darte asco.
–Tú eres diferente.
–¿Sí?
–Eres más como…
–¿Un hermano?
–Ja, ja, ja… ¡No! ¡Dios!, eso sí sería asqueroso.
–¿Ah?
–Eres raro, como mi papá, por eso siempre es bueno estar contigo. No puedo ver a nadie sin compararlo inmediatamente contigo o con mi papá.
–Eso no es bueno.
–¿Tú crees?
–Te afirmo convencido de que eso es una receta para el desastre.
–¡Ves! Eres raro, hablas como en la televisión.
Uno en un millón, lo leí en alguna parte en algún momento de mi vida. Las simetrías y las causalidades; los hechos cósmicos y la voluntad divina que también puede traducirse como justicia poética; la clarividencia, la apofenía, la planificación. Todo y un poco más, como ácido en mi cabeza, taladrando, consumiendo. La terrible sensación del destino manifiesto y el ser solo una pieza que se mueve a causa de una mano insensible, mecánica, absoluta. Pero en realidad es solo su mano la que juega conmigo en este momento; moviendo mis dedos contra mi voluntad cada vez que incrusta su pulgar en alguna parte de mi antebrazo. Es física pura, ella me mueve, yo me muevo; aunque haga todo lo posible por no hacerlo, aunque ella no se percate de su particular fuerza.
–Desde mañana usaré overol después de clases.
–¿De quién fue la idea?
–Mía.
–¿Quién te dio el overol?
–Mi papá se ganó varios en un concurso hace años. Los tenía guardados y me los dio hace poco.
–Concurso de qué.
–No sé, no me dijo.
–¿Hace cuantos años?
–Dos o tres.
–Ummm… Esa fue mi idea.
–¿Cómo?
–Nada, no uses overoles, parecerás de siete años.
–Pero ya le dije a mi papá.
–Les haces hoyos y dices que se los comieron las polillas.
–Ummm… ¿No te gustan los overoles?
–Me encantan, cuando las mujeres los usan no tienen necesidad de usar bra…
–¿Usar qué?
–Solo… lo que estás usando ahora te queda muy bien.
–Pero es que se asoman un poco.
–¡Tienes que aprender a vivir con eso!
–¿Y si esos chicos siguen insistiendo en acompañarme?
–Desde mañana te recojo de la escuela.
–¡¿De verdad?!
–Me queda de camino.
–Te presentaré a mis amigas.
–No me interesa conocer a nadie.
–Igual tengo que salir con ellas, no lo puedo evitar.
–Un momento… Esos chicos…
–¿Qué?
–¿Acaso son los novios de tus amigas?
–Algunos sí.
–¿No pensabas decirme eso?
–Es que me daba un poco de vergüenza, ja, ja. Bueno, ¡adiós!
–Soy un idiota…
–Te espero mañana. ¡No faltes, por favor!
–¡No! ¡Espera! Tienes que explicarme más la situación.
–¡Bye! ¡Te espero mañana!
La malicia es una de esas delicias difíciles de disfrutar, muy diferentes de la seducción, del deseo adolescente, del hambre de conocimiento, de la sensación de libertad, del ligero enamoramiento… En algún momento, fuera del campo de la lógica y la pormenorización, fuera del dolor de la soledad y el insomnio heredado de generación en generación, fuera del instinto de supervivencia y la constante sensación de estar bajo de una enorme sombra; en algún momento y lugar determinado, puedes disfrutar de ese tipo de placeres culpables, Saberte débil, tonto, presa, común, domado, fácil… El saber que ella, a pesar de su inocencia, su estupidez, su falta de atención, su ternura… Pensar que ella ha sido inclusive más capaz y astuta que su propio padre, pensar que me ha manipulado tan bien… pensar que solo lo hizo con sus senos y mis sentimientos…
–… un idiota.

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