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Después de quince días ingresado por una afección renal, mi padre tuvo que ser operado…
Siempre confiando en los médicos dejamos todo en sus manos, que mejor que los profesionales…
Tendré que presentarme, soy Francisco y os voy a contar una historia que pudiese resultar de la invención o imaginación, de un escritor pero, no es así, es un relato con nombre propio, el de mi padre Francisco.
La intervención quirúrgica resulto con éxito por lo que la recuperación y el alta medica para regresar a casa, con un poco de suerte sería inminente. Aquello era lo que creíamos mi hermana y yo, aunque unos días después aquella situación se complicaría, la edad y algunos otros factores que no nombraremos harían torcerse lo que hubiese sido el resultado que esperábamos.
Era un día como otro cualquiera, los médicos hicieron su ronda por todas las habitaciones y a cada uno de los enfermos de aquella planta del hospital. Yo esperaba en el pasillo viendo como poco a poco se acercaban. Salían y entraban en las estancias mirándome como queriéndome decir algo. Al fin llegaban, avisé desde fuera de que iban a entrar y visitaron a mi padre, sus rostros no delataban al terminar ninguna esperanza, con una de esas señales tan indiscretas nos retiramos acompañando a los doctores, mientras la enfermera ordenaba a una auxiliar a que colocase un separador entre mi padre y su vecino de cama. Nada que hacer nos dijeron, fue un jarro de agua fría lo que nos echaron por encima, fui más vulnerable que mi hermana y me eché a llorar. El pronostico de que nuestro padre no pasaría de aquella noche era difícil de superar, nadie esta preparado para esa clase de noticia pero, nos superamos como pudimos y regresamos junto a él, Sus ojos estaban entreabiertos, eran las diez de la mañana y la sedición le permitía descansar sin sentir el dolor. Un trasiego de enfermeras durante aquellas horas de la mañana, siguiendo las pautas que los médicos dejaron dichas, se cumplían, cada dos horas cambiaban el gotero, administraban la morfina necesaria para cuando llegase su hora no sufriese. En aquellos momentos mi padre necesitaba atenciones pero, eramos nosotros los que de haber habido un especialista para atendernos lo hubiésemos agradecido con toda el alma.
Y así llego la hora del cambio de turno, las enfermeras entraron a despedirse de mi padre y de nosotros habían sido muchos los cambios de personal que habíamos vivido y ahora esté sería el último, por eso Rosa nos dio un beso a cada uno y otro a él, mientras nos miraba acompañándonos en el sentimiento de la perdida de mi padre, sentenciada horas antes.
Estábamos destrozados serían las tres de la tarde cuando, una joven ataviada con una bata blanca y una carpeta pegada al cuerpo, nos interrumpió la cabezada que dimos vencidos por el cansancio. Alterados despertamos temiendo que nos iba a informar de lo peor. No fue así la enfermera de la que nunca supimos su nombre, nos decía que siguiésemos durmiendo, que ella se encargaría de atender a mi padre aquella tarde y toda la noche. Vimos que en lugar del intervalo de dos horas la chica regresaba a la habitación cada cuarto de hora, revisando cada uno de las prescripciones medicas, las que personalmente ella adelantaba estando pendiente de mi padre como si no tuviese a nadie más que atender en aquella jornada de trabajo. Extrañados le comentamos lo que los médicos nos habían pronosticado, que mi padre no pasaría de aquella noche. En aquel momento ella cerraba el gotero cambiándolo por otro, y mirando a mi hermana sentada al lado de mi padre tomándole la mano y a mi a su lado pendiente de lo que estaba haciendo, nos decía…
No será esta noche, por lo menos mientras yo este aquí y mi turno termina mañana a las ocho de la mañana.

Aquella enfermera hablaba poco, su ir y venir nos tranquilizaba al ver lo atendido que mi padre estaba aquella noche. Una de las veces y ya de madrugada algo me llamó la atención, de reojo vi como hablaba con él como si lo conociese de toda la vida, le tuteaba llamándolo por su nombre con la misma confianza como si fuese de la familia y hasta me pareció ver como mi padre le contestaba, mientras ella le pasaba la mano por la frente con una tierna caricia.
Después de unos minutos de aquello entró y me dijo que la fiebre había bajado y que la presión arterial estaba estabilizada que descansásemos que ella estaría pendiente…

Aquella fue la última vez que la vimos, mi padre pasaría aquella noche y muchos días más seguidos de sus noches, con una salud precaria pero nos lo llevaríamos a casa a los dos meses después…
No parece nada extraño, porque no es la primera vez que los médicos se confunden con un pronostico y que el paciente mejore de su enfermedad, seguramente por el tratamiento administrado pero, lo que sí que nos pareció raro fue que en todo aquel tiempo en que mi padre estuvo ingresado desde que aquella noche iba a ser la última en su vida, hasta que le dieron el alta, el turno de enfermeras fue asiduo como siempre pero en ninguno de ellos aquella joven enfermera, rubia y con una ternura sin igual no volvió a ocupar aquel puesto de trabajo. Nadie supo decirnos quien era, queríamos agradecerle su buena profesionalidad, nos razonaban que podía ser alguien eventual y con ese razonamiento nos quedamos. Olvidamos aquella noche pero, nunca a la enfermera que nos dijo que estando ella allí, no sería aquella noche en la que mi padre moriría y así fue…

Nuestra conclusión y la de muchos es que todos tenemos un ángel de la guarda y que aquella noche mi padre estuvo atendido por el suyo.

Adelina

Para ti Fran espero no haber faltado mucho a la verdad

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