Aquella mañana de enero en la playa, algunos días después de haber llegado, Ciro jugaba a arrojar una pelota de plástico inflable al cielo y pestañear para fijarla en un instante en el espacio con inmovilidad de planeta. Más sensible a las leyes de la inercia y la gravedad, la pelota caía y no rebotaba, se deslizaba apenas con un siseo en la arena. Él la recuperaba y vuelta a empezar hasta que por fin se quedase quieta en el aire.

Un golpe de viento arrojó la pelota hacia la orilla, donde el reflujo de la marea la alejó de la playa. El planeta imaginado por Ciro escapó a su control y comenzó a navegar desamparado en el agua, con trayectoria incierta. Pero todavía a su alcance, si se animaba a ir por él. Por un instante dudó; su madre había sido bien clara en su prevención: nunca entres al mar”. Aun así, no podía dejar que la pelota se perdiera. Estaba dispuesto a desobedecer.

Sus pies se hundieron apenas en la arena mojada. A medida que avanzaba, se daba vuelta para ver cómo las huellas se cubrían de agua y en segundos esa parte de la playa recobraba su textura de piel de monstruo marino. Imaginó que caminar sobre el lomo de una ballena se sentiría muy parecido.

Llegaron hasta él las primeras lenguas de agua. Estaba fría, pero no tanto como decía su madre. ¿De qué estaba hecha esa espuma que permanecía en la arena cuando la ola se retiraba? Imprimía un dibujo irregular, una línea con muchas curvas tan larga como la playa, donde se quedaban restos de madera, celofán de cigarrillos, algas. La ola siguiente trazaba una nueva línea que borraba a la anterior y así todo el tiempo. Los que caminaban también desdibujaban esa marca de espuma con sus huellas, que se rellenaban inmediatamente con agua, como las suyas.

También había agujeros redondos muy pequeños a través de los cuales algo respiraba. Según su padre, en las playas más solitarias montones de lenguas de almejas surgían de esos agujeros cada vez que el agua las cubría. Al retirarse, se apresuraban a entrar, pero si uno se apuraba podía recogerlas a tiempo y ponerlas en un balde, hasta juntar infinitas.

Ciro siguió avanzando hasta que el agua cubrió sus tobillos. Era una sensación muy placentera. Se dio media vuelta, revisó la posición de la sombrilla para ubicarse y se internó más aun. La pelota se acercaba y se retiraba con cada movimiento de las olas, pero cada retroceso la alejaba un poco más. De pronto pareció detenerse en una franja de mar más allá de la rompiente, donde él ya no haría pie. Allí estaba, expectante, pero inalcanzable. Había en su calma una suerte de invitación.

De pronto la arena se volvió hostil. En una franja se habían concentrado los restos de conchillas que el mar pacientemente destrozaba y acumulaba ola tras ola. El niño reaccionó ante el dolor punzante en la planta de los pies y saltó hacia adelante. Pisó nuevamente arena, pero tibia y desagradable. No lo lastimaba, pero apenas podía soportar estar de pie sin saber sobre qué. El agua estaba revuelta, turbia. Le acariciaban las piernas dedos de arena y tal vez peces. Ciro daba pequeños saltos, asqueado por esas sensaciones.

La profundidad en ese punto ya era excesiva para su altura. No podía precisar si se mantenía sobre sus piernas o flotaba. Probablemente ambas cosas, alternativamente. Miró hacia la playa, buscando la sombrilla de su madre. No pudo encontrarla. Se dio cuenta de que ya no dominaba la situación, que no podría volver cuando quisiera.

Una corriente rasante al fondo lo hizo caer de espaldas y una ola lo cubrió con violencia. Por un instante perdió el sentido de la orientación porque en todas las direcciones había agua. Cuando se calmó el torbellino aún estaba sumergido. Empezó a ahogarse de puro terror.

El vértigo se detuvo en un instante de absoluta calma y duración imprecisa. Frente a él flotaba un manojo de algas delgadas, que se agitaba apenas, danzando. Percibió algo por detrás de esa vegetación: un cuerpo difuso que se perdía en la oscuridad, en la arena revuelta por la corriente.

Dos manos lo sujetaron por la cintura con una presión firme pero delicada. Lo acercaron lentamente a las algas hasta que pudo sentir su roce desagradable en la cara. Fue entonces cuando entre las sombras se abrieron dos ojos, de una tonalidad verdosa, cruzados por una pupila no humana, rasgada como los ojos de un reptil. Observaron largamente a Ciro, con una atención no amenazante.

Sólo el ahogo, imperioso, lo distrajo de la fascinante experiencia. Cuando sus pequeños pulmones estuvieron a punto de estallar, las manos lo alzaron hasta la superficie. Entre la confusión de bañistas pudo ver a su padre, apurado por rescatarlo. Recién cuando Jürgen lo tuvo en sus brazos, las manos del mar lo soltaron. Tenía agua salada en la boca y en el estómago. Lo invadió la náusea.

Cuando vio a su madre entre los curiosos corrió hacia ella. Lloró aferrado a sus rodillas. Y no contó nada. Ciro nunca contó a nadie lo que había sucedido entonces.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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