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Parafraseo el título de la obra de Arthur Miller porque días pasados he releído mis artículos de escritor-puta (traduzco: los que escribí por (poco) dinero, que ni siquiera fui puta cara, y para un plazo fijo), y veo que algunos no eran, después de todo, tan malos. Esas palabras salieron de mi pluma y mi brazo, y no las escribió nadie más que yo, salvo ciertas “mejoras” que mis pagadores introdujeron, por fortuna muy fácilmente detectables.
También eran esos productos hijos míos; hijos de puta, es verdad, pero hijos míos. Nada tiene que ver (o mucho) lo que sufrí al escribirlos, porque nunca antes yo había sido escritor-puta. Nada tiene que ver que el semanario de destino haya caído en un olvido que harto merecía.
Quién sabe si alguno de ellos haya impulsado a alguien a interesarse por la obra de Borges, a comprarse un libro cualquiera, a ser un poco menos desdichado. Me arrepiento de haberlos repudiado y de que sólo se salvaran del cubo de la basura porque mi mujer se empeñó en guardarlos. Tenía razón, como siempre.