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Se levantó temprano en la mañana, era un precioso domingo, luminoso y radiante. Asomó su cabecita despeinada por la ventana para dejarse acariciar por los primeros rayos del sol. Le dio los buenos días al mundo y aspiró la expectativa  del nuevo día. Su primer pensamiento fue para él, como en cada amanecer.  Recorrió el pasillo que la separaba de la cocina, descalza, para disfrutar de la libertad opresora del calzado. Puso música para despertar sus emociones dormidas, y mientras movía su cuerpo al compás, cargaba la cafetera. Entre tanto encendió unas cuantas velas y las colocó alrededor de la bañera. Abrió el grifo y conforme se llenaba  la cubrió de perlas de baño. Sus manos actuaban libremente mientras sus pensamientos se encontraban presos, encadenados a él. Dejó caer su ropa deslizándose por su cuerpo para reposar sobre el piso. Se sumergió en el agua perfumada que inundó sus sentidos llevándola de nuevo al deseo de querer rebosar de él. Cerró sus ojos pero lo seguía viendo, no lo podía borrar de su mente. Lo veía en los rincones de sus sueños y en los márgenes de sus digresiones. Lo oía en la música y en el murmullo del viento, en el vuelo de las mariposas y en el rugido del mar.

Cuando el café le devolvió a la realidad con su fragancia, arrancó su cuerpo de las aguas que la abrazaban. Envuelta en la toalla salió del baño, su cabello aparecía como las rosas cubiertas de rocío, la música seguía sonando suave y se deslizaba por la casa a su ritmo, dejando que la melodía la envolviera y la emocionara. Tomó una taza de amargo café, solo e intenso. Así le gustaba a él, recordó, sin azúcar, negro como la noche, fuerte como la muerte. Rebuscó en su ropero intentando localizar su mejor vestido, y ahí estaba el que le gustaba tanto a él. Ese fue el elegido. Se maquilló con esmero, la ocasión merecía la pena, quería llenar de color sus mejillas, sus labios, su vida. Se peinó cuidadosamente y adornó su cabello con aquella cinta que le regaló él. Roció sus sienes y sus muñecas con el perfume que le volvía loco a él. Quería estar deslumbrante, maravillosa…

Una vez lista, y antes de salir de casa, miró su imagen reflejada en el espejo y se quiso ver a través de la mirada de él. Se guiñó un ojo de aprobación y se dirigió al coche que la llevaría a su encuentro. Condujo la media hora que los separaba en el tiempo. Dejó el auto en el aparcamiento y a pie comenzó a caminar por los pasillos que se le antojaban un laberinto conspirador. Allí, tras el último recodo,  vislumbró la figura conocida que le atraía a él. Se acercó y en la lápida leyó el nombre de su amor, que ni la muerte consiguió matar.

Miró la foto encerrada en su marco que le sonreía a través del cristal polvoriento. Ella le devolvió la sonrisa y con una lágrima furtiva le dijo:

—Te amaré siempre.