No hace mucho me di cuenta de que cuando alguien se muere el tiempo se ralentiza. Pero no con cualquier alguien, sino con quien es realmente importante para ti. De aquellas personas por las que no te importaría dar la vida. Desde el momento en que fallece hasta que termina toda la parafernalia que se debe arreglar para que el muerto “descanse en paz” te parece una eternidad. O por lo menos así lo viví yo.

Una hora, una maldita hora me tuvo mi tía Gloria en la floristería. Y ya porque el pobre chico cerraba a la una porque si no probablemente nos hubiese dado la noche ahí dentro. Al parecer, no sabía si era más adecuado comprar un centro floral o una corona. Aunque claro, ambas eran bastante caras, así que tal vez, debería comprar un simple ramo, de las mejores flores eso sí. Pero aquello a su vez era “cutre” poco apropiado según ella. Así que, desde las doce que entramos a por las flores hasta la una que el pobre chico tuvo que cerrar estuvimos ahí de pie mirando todas y cada una de las composiciones que había en la tienda.

—Me llevaré la corona, total la pagaremos entre todos. —dijo por fin. Mi tía era muy tacaña con el dinero.
Siempre pensé que era lo único que la movía. Un poco triste ¿no?

Por si fuera poco, la cosa no terminaba ahí. Cuando llegamos a casa tuve que aguantar otra hora de discusión. Mi madre y mi tía no se ponían de acuerdo del vestido que deberían pedir que le pusieran en el tanatorio. Mi madre quería ponerle uno azul que tenía muy bonito, su favorito. Siempre se lo ponía en las ocasiones especiales. Que mejor que dedicarle el último adiós con aquel vestido. Pero mi tía ya le había comprado uno negro, muy elegante, que según ella era perfecto para el momento. Al final, como prácticamente siempre, la tía se salió con la suya. Al fin y al cabo, ella era su hija y mi madre estaba cansada de discutir, no era el momento. Sabía cuál era su lugar, era toda una señora.

Ya estábamos todos listos así que nos fuimos hacia el tanatorio. Llegamos una hora antes de lo previsto. Todavía faltaba elegir la urna en la que guardaríamos las cenizas. La gran duda del momento era, ¿Urna negra, azul oscuro, marrón, con foto o sin foto?

—¡Sin foto por Dios! —se me escapó sin querer.

Todo aquello era tan triste. ¿Cómo podían estar discutiendo sobre aquellas cosas? Era todo tan…superficial. ¿Cómo tenían la sangre fría de pensar en eso teniendo todavía el cuerpo helado de la abuela en una mesa de metal esperando su destino final? ¿Realmente eran cosas importantes? ¿A todo eso quedaba reducida la muerte?

Pero el día no terminaba ahí. Todavía quedaba lo peor. Cuatro largas y eternas horas recibiendo y saludando a un sinfín de conocidos y desconocidos que iban al velatorio para asegurarse de que realmente aquella persona estaba muerta. Mi madre siempre me decía que venían a despedirse y a mostrar sus respetos a la familia, pero yo nunca la creí. Para mí siempre fueron meros cotillas que querían ver qué clase de flores habíamos elegido, que vestido le habíamos puesto y que tan demacrada se había quedado la Abuela. Tal vez fuera porque estaba enfadada. La vida no tendría por qué haberse llevado a la abuela de mi lado. Todavía la necesitaba.

Ese, sin duda alguna, estaba siendo el peor día de mi vida. Siempre pensé que mi abuela era un ser súper poderoso que nunca moriría. Pero ya veis, estaba tremendamente equivocada y la verdad cayó sobre mi como un jarro de agua fría o congelada más bien. Mi abuela, como el resto de abuelas del mundo, se fue y se llevó consigo prácticamente todo el amor del mundo. No supe hacerme a la idea. De hecho, hoy por hoy todavía me cuesta. En ese momento no existía palabra alguna que pudiera definir lo que estaba sintiendo al ver a aquella mujer, que lo había significado casi todo en mi vida, de aquella manera. Esa súper mujer que me acunaba por las noches, que velaba mis sueños, que me acurrucaba junto a ella cuando lloraba desconsolada, que me malcriaba orgullosa frente a la estampa resignada de mi madre…yacía dentro de una caja de cristal, hinchada como si fuera un globo y azul o morada, ya ni recuerdo el color de su piel. Solo sé que era color muerto. Alguien vivo no podía tener un color tan espeluznante. Pero, lo peor de todo, era que no podía llorar. No me salían las lágrimas. La rabia las contenía y el pensamiento de que ella no querría vernos tristes. Aunque, que sabría toda aquella gente de lo que realmente quería mi abuela. Muchos, hacía años que no la veían ni sabían de ella y otros, tenía la sensación de que lloraban porque era como una norma no escrita de los velatorios. Pocos sabían cómo era la abuela en realidad. Incluso a mí, que crecí con ella, se me escapaban detalles sobre su persona. Todo estaba siendo burdamente convencional, algunos entraban y otros se iban, pero a todos les unía el mismo sentimiento de responsabilidad y unas lágrimas hipócritas, debidamente estudiadas.

Cuatro horas tuve que estar ahí, de pie, aguantando el tipo. Saludando a todos los que entraban y despidiendo a los que se habían cansado de observar el cadáver de una abuela. Yo no entré. Me negué en rotundo. No quería que la última imagen de mi abuela que se grabara en mi cerebro fuera aquella. Y sabía, porque me conocía, que si entraba no sería capaz de borrar aquello de mi disco duro.

Tal vez, lo más curioso de aquel momento sea que, estando ahí metida, me dio por pensar en el tiempo y en lo fascinante que era nuestra percepción de este. El tiempo es el mismo para todos, el día tiene veinticuatro horas, ni más ni menos. Pero la manera en la que pasa, o como lo percibimos cada uno de nosotros es relativo. Depende del momento y de nuestro estado de ánimo. Por ejemplo, a mí, en aquella situación, esas seis horas desde que fuimos a la floristería hasta que salí del tanatorio, me parecieron un día entero. Sin embargo, no ocuparon ni un cuarto de la mitad del día. Y sí, parecerá una tontería o una falta de sentimiento que estuviera pensando en aquello mientras mis tíos y mi madre decidían si quemar a mi abuela con todas las flores que le habían regalado o sola, pero la verdad es que a mí se me hizo más adecuado aquel pensamiento que no la importancia de las flores, la urna o el maldito vestido. ¿Qué más daba todo aquello si total la abuela ya no estaba?

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Comments

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