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—Si lo miras por el lado bueno, esto atraerá gente al pueblo, ya sabes lo que pasa cuando algo o alguien sale en la tele.

—Por eso lo digo, porque los conozco, no traen nada bueno, te lo aseguro.

—¿Has tenido algún problema con la prensa? —preguntó curioso el compañero.

—No necesariamente —intentó zanjar el tema. No le era agradable recordar aquellos sucesos, ya tuvo bastante con que las “feminazis” de turno lo satanizaran una vez.

Cuando murió su vecina, las feministas le echaron la culpa de todo, empezaron a decir que había sido un imprudente, que lo había hecho por despecho, que tenían una aventura. Dijeron una cosa y la contraria hasta que la noticia no dio más de sí y se buscaron otro mono para su circo, aunque mientras tanto se lo hicieron pasar muy mal, de ahí la depresión y el cambio de vida. Alex quiso presentarse como acusación particular, ya que ella estaba sola, no tenía familia que defendiese su causa. Aquello fue otro escándalo. Acabaron acusándolo a él de haber provocado al marido. El juez lo citó a declarar. La prensa local lo había acusado, sin saber realmente lo que pasaba, condenándolo sin esperar prueba alguna. Para ellas era culpable, no sabían bien de qué, pero lo era. Le impusieron la llamada pena del telediario, sin juicio previo ni pruebas, puesto que el juez nunca vio indicios de un comportamiento negligente. Así que no, no le tenía ninguna simpatía a la prensa.

Los agentes al final del día lograron despejar la zona, sabían que no era Ramiro porque era el cadáver de una mujer. No presentaba señales de violencia y de momento nadie sabía quién podía ser. El cuerpo estaba en bastante buen estado debido a la humedad de la tierra que lo había conservado gracias al proceso de saponificación, nadie de los presentes recordaba aquella cara. Motivo por el cual en un primer momento el forense pensó que hubieran podido llevarla allí después de haberla matado, pero la autopsia negaba la mayor. La mujer había muerto de muerte natural, entonces ¿por qué estaba enterrada allí?, se preguntaban. La zona era un área bastante inestable. Unos cuantos años atrás había habido corrimientos de tierra, pero hacía tiempo que eso no pasaba. Esta vez no había temblado la tierra, el deslizamiento había sido causa de las lluvias torrenciales de aquella primavera, una primavera mucho más lluviosa de lo normal.

La zona acordonada apareció, la mañana siguiente, con unos cuantos ramos de flores alrededor de la cinta que había puesto la policía. El cordón rodeaba el perímetro de seguridad del lugar donde se encontró el cadáver. Aquello salió por televisión, y fue como la yesca que enciende un carbón, se propagó rápidamente. El pueblo en masa acudió a dejar su presente; ramos, cartas de despedida, velas, cualquier cosa que representase duelo era esparcido metódicamente por algún abuelo que se erigió en adalid de la causa.

 

—Si no es Ramiro ¿Quién puede ser? —preguntaba curiosa Natalia.

—Intentaré enterarme, pero es raro, no ha desaparecido nadie en los últimos años… bueno, tu madre desapareció, ¿verdad Aina? —hirió Rebeka a la hija de David a propósito haciendo que se le saltaran las lágrimas.

—A lo mejor es tu madre jajaja —coreaban las demás jóvenes cruelmente.

Aina era la más pequeña del grupo, Rebeka al ser la hija de su amante se creía con derecho a ofenderla. Sabía lo mucho que sufría por la falta de noticias de su madre. Se sentía abandonada, y aunque tenía al padre más maravilloso del mundo, según ella, echaba de menos a su madre. Su abuela había intentado sustituirla, pero era una pobre sustituta. Siempre le echaba en cara que su madre no le enviase ni siquiera una postal en navidad. La hacía sentir culpable, aún sabiendo lo que ella estaba sufriendo por esa causa. Que Rebeka le hiciera aquello, que se comportara igual que su abuela le dolía mucho más. Ella no era tonta, sabía que Rebeka y su padre se veían de vez en cuando. En un primer momento no lo entendía, qué buscaba su padre en aquellos encuentros, se preguntó la primera vez que la vio subir al coche con su padre. Pensó que le quería hablar de ella. Pensó, ilusa, que su padre quería que la vigilase, que la cuidase por ser la más joven del grupo. La segunda vez ya no tuvo dudas, aquel día salió de clase antes de hora, porque no se encontraba bien. Su abuela no estaba en casa y decidió irse a la suya, al entrar escuchó unos gemidos, la curiosidad fue grande, pensó que su padre a falta de su madre habría llevado alguna amiga a casa, lo que no esperaba era que la amiga fuese la suya. Lo último que esperaba era que la persona que estaba en la cama con su padre fuera Rebeka. Le costó creerlo, la mochila de ella estaba sobre una silla en el comedor, no había duda era la de Rebeka, era inconfundible, le gustaban tétricas como ella. Era una mochila negra con una ilustración de una muñeca de tipo gótica con lágrimas de sangre cayendo por sus mejillas.

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Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.