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Mi abuela paterna murió a los 84 años, en septiembre de 1.959; yo aún no tenía 9 años y no consigo recordar sus facciones. Tampoco existe una fotografía de ella, por lo tanto, me es imposible describirla en el físico. Sí tengo una imagen fijada en mi mente: la de su rostro, transfigurado, en el último estertor de su muerte. Porque yo estuve presente en ese trance, a pesar de que ella moría en Jaén y yo vivía en ese momento a más de 200 kilómetros casa de unos tíos, en Málaga. Pero no es de esta extraña experiencia de lo que hoy os voy a hablar, pienso hacerlo en otra ocasión. Para ir recuperando ciertos recuerdos, prefiero comenzar por orden de antigüedad de los mismos. Mi abuela era una adorable anciana que vivía en nuestra casa. Por entonces éramos seis hermanos, tres varones y tres hembras, yo soy el tercero. Mi padre era albañil y mi madre necesitaba trabajar como sirvienta, ya que había nueve bocas que alimentar y nueve cuerpos que mal vestir… eran otros tiempos, muy duros. Mi padre era muy trabajador y un profesional excelente, era un todo terreno en su profesión, todos los secretos constructivos los dominaba como nadie, pero su salario era por entonces tan raquítico, que si mi madre se hubiese dedicado a criar a sus hijos habríamos pasado, probablemente, hambre. Si, además, le añadimos a su bajo salario las largas temporadas parado porque hizo la guerra con “los rojos” y, por entonces, la mayoría de los empleadores eran fascistas, podéis imaginar lo precario de nuestra economía, pues por entonces no había subsidio de paro. Pero este tema, también es para contarlo en otro momento. Os estaba hablando de mi abuela. La mayor parte del día, era ella la que se ocupaba de la casa y de los seis nietos, los dos más pequeños casi bebés. Sí recuerdo su figura encorvada, su luto eterno en el vestir, sus cabellos blancos, su ternura y… sus historias. Muchas tardes se sentaba en una silla baja, con asiento de anea, con la más pequeña en sus brazos y el resto nos sentábamos en el suelo, a su alrededor, y escuchábamos con embeleso los cuentos e historias que, inacabables, nos contaba. Una de esas historias es el motivo del presente escrito: “Hace mucho tiempo, cuando yo era tan pequeña como Carmencita, —nos decía mientras acariciaba con ternura la cara de mi hermana Carmen, de cinco o seis años —vivía yo en los bajos de la torre del homenaje, en el castillo de Santa Catalina. Por aquél entonces, sería el año 1.880, el castillo era propiedad de un marqués… o un conde, no sabría precisarlo; pero era un hombre muy principal, que vivía en Madrid. Creo que era un personaje de la corte. Bueno, el caso es que mi padre era el encargado de custodiar y mantener las pocas pertenencias que ese señor guardaba allí y hacía de capataz cuando se contrataba al personal de servicio, cuando los señores decidían, muy de tarde en tarde, venir a Jaén con algunas familias acomodadas, para así poder presumir de la posesión del castillo”. Podéis imaginaros con qué admiración escuchábamos aquel relato. La imaginación de nuestras jóvenes mentes se disparaba, y nos imaginábamos un mundo de cuento de hadas, en el incomparable marco del majestuoso castillo. “Pero eso sólo ocurría alguna vez al año y no en todos. Mientras, todo el tiempo vivíamos allí mi padre, mi madre y yo. Yo no tenía amigas para jugar, pero recuerdo que me divertía muchísimo jugando con una cabrita que mi padre pudo agenciarse al poco de yo nacer, para disponer de leche, tan necesaria para mi crecimiento. En realidad, allí vivíamos bien y no nos faltaba de nada: el marqués… o lo que fuese, era muy generoso, pagaba bien, y todas las semanas, creo que en viernes, mi padre le ponía la enjalma a un borriquito que teníamos y a lomos de él mi madre y yo, y mi padre andando, recorríamos el camino hasta el mercado y compraba todo lo necesario…” —Madre —le interrumpió mi hermano mayor— ¿Qué es una enjalma? —Es el aparejo para las bestias. —¿Qué es un aparejo? —Es el arreo que se les pone a las caballerías para poder cargarlas o montarlas. Pero no me interrumpáis más… ¿queréis que os siga contando la historia? —¡Sííííí! —respondimos todos al unísono. “Esos días —prosiguió mi abuela —además de hacer la compra de las provisiones, yo tenía la ocasión de jugar con niñas de mi edad, en casa de los parientes, mientras mi padre se iba a la taberna a tomar unos chatos de vino y empaparse de los acontecimientos de la semana. Eran días de continuas tragedias. Allí le informaban de las partidas de bandoleros, de las luchas campesinas, de las noticias políticas y de guerras que existían por otros lugares. La violencia política, el crimen y las asonadas estaban a la orden del día, no sólo en nuestro país, sino en las demás posesiones de España. En fin, como os he dicho, en el castillo vivíamos bien y no nos faltaba de nada excepto… el agua. Creo recordar que había dos aljibes, pero estaban secos. Todo el mundo decía que en algún lugar de aquel recinto debería haber agua ¿cómo, si no, podía vivir allí la gente en tiempos pasados? Además, el castillo había sido sitiado varias veces, y los defensores quedaban encerrados en él durante meses. Pero la realidad es que no había ni una gota de agua. Todos los días mi padre iba con una reata de mulas antes de que amaneciera y caminaba una legua…” —Madre, ¿qué es una legua? —le interrumpí yo. —Una legua es algo más de cinco kilómetros. “Bueno, pues, vuestro bisabuelo- continuó su relato mi abuela- caminaba todos los días esa distancia hasta llegar a un manantial que hay en el Neveral, en la montaña que hay más allá del cerro de Santa Catalina, en la que ahora hay un hospital para los enfermos del pulmón. Antes el camino era mucho peor que ahora, era estrecho y pedregoso y más de una vez volvía con heridas causadas por las espinas de las zarzas y algunas caídas en la oscuridad. En una ocasión se tuvo que defender de unos asaltantes y les consiguió espantar con riesgo de su propia vida. Esa era la mayor preocupación que tenían mis padres: la falta de agua. Yo les oía hablar de esta necesidad y de los peligros que tenía que afrontar a diario mi padre, por esa causa. El deseo de encontrar agua en el castillo se convirtió en mi obsesión. Durante mucho tiempo estuve husmeando entre las ruinas de la antigua alcazaba árabe, las que hay (hoy ya casi desaparecidas) fuera del castillo, pero sin éxito alguno. Creo yo que esta obsesión fue la que me hizo soñar una noche. El sueño fue muy raro y me dio mucho miedo, pero a través de él pudimos solucionar el problema de la escasez de agua.” —¿Queréis que os lo cuente? —preguntó mi abuela, con una sonrisa, al ver la expectación con la que le escuchábamos. —¡Sííííí! —gritamos todos. “Pues veréis: en mi sueño me vi en el patio del castillo. Enseguida me di cuenta que no era exactamente igual a como está hoy. Había dos torres y, entre ellas, colgaba un pasadizo en forma de arco, que las comunicaba a unos cinco metros más arriba del suelo. En el centro de aquel arco, había una ventana y una mujer extraña se apoyaba en el alféizar, me miraba fijamente y sonriendo, me hacía señales con la mano para que me acercase. Aquella mujer era muy hermosa. Tenía la piel morena y una nariz recta y proporcionada. Sus dientes eran blancos como la nieve, que destacaban entre sus labios gruesos y rojos. Sus ojos almendrados y negros, brillaban con destellos de luz de luna. Tenía la cabeza rapada, con sólo una gran cola de caballo que le nacía de la parte trasera y caía ondulante y larga sobre su hombro izquierdo. De sus orejas pendían unos aretes muy grandes que parecían de oro y a cada movimiento que hacía me llegaba el sonido del entrechocar de varios collares, profusamente dotados de colgantes tintineantes. Sus manos estaban ricamente ensortijadas y en sus muñecas lucía diversas pulseras. Yo estaba sobrecogida por la sorpresa y porque, sin saber por qué, a la par que me atraían sus encantos, me aterraba la sola idea de ser alcanzada por ella. Sentía deseos de acercarme a ella y a la vez deseaba alejarme, ya que intuía que aquella presencia no era nada natural. Mientras forcejeaba con aquellos dos deseos tan contrapuestos, me fijé que debajo de aquel arco había el brocal de un pozo. Miré hacia atrás para volverme y salir corriendo y, tras de mí, frente a aquella visión estaba la torre albarrana, en la que hoy está la pequeña ermita de Santa Catalina. De repente sentí un miedo tan intenso, que me desperté llorando desconsoladamente.” —¿Quién era aquella mujer? —preguntó mi hermana Mari. —No lo sé; —dijo mi abuela —pero siempre he creído que era alguna mora que hace tiempo vivió allí. —¿Era, entonces, un fantasma? —pregunté yo con los ojos como platos. —No lo sé, Pedrín; —me dijo —pero escuchad el final de esta historia. Todos asentimos, casi sin resuello, intuyendo alguna revelación trascendente. “Como no dejaba de llorar, mis padres me llevaron con ellos a su cama y trataron de tranquilizarme, pero sin demasiado éxito. Les conté la pesadilla y mi padre, al oír que había visto un pozo, muy temprano me hizo ir con él al sitio en el que me vi en el sueño. Hizo que le señalase el sitio en el que vi el pozo, y sin pensárselo dos veces se puso a cavar. Pasado un rato, cuando había hecho un hoyo de una cuarta de profundo, el pico dio sobre una losa de piedra de la que, a consecuencia del golpe, saltaron chispas. Mi padre excavó alrededor de la losa y con la ayuda de un mulo y unas sogas, logró, no sin esfuerzo, levantarla. Bajo la losa había una cavidad hecha de ladrillos y en ella, un esqueleto enjoyado. Allí encontró un auténtico tesoro: unos aretes de oro enormes, pulseras finamente labradas, sortijas, collares como los que vi en el sueño y tres orzas de barro, llenas de un polvo metálico y dorado, que parecían ser limaduras de oro. Asustado por el hallazgo, mandó que nos encerrásemos mi madre y yo en nuestra habitación y partió a Jaén, en busca de las autoridades. Aquel tesoro fue confiscado y enviaron la noticia del hallazgo al señor del castillo. El marqués, o conde, o lo que fuese, apareció a la semana siguiente y ya nunca, nadie, supo de aquel descubrimiento. Cuando todo volvió a la normalidad, mi padre siguió cavando en el agujero y al poco topó con otra piedra, esta vez resultó ser una rueda de molino, que al apartarla dio paso a un agujero negro y sin fondo, que resultó ser el gran aljibe de agua que hay frente a la torre albarrana, en la que está la talla de Santa Catalina”. Foto: by Getty

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Pedro Lamart

Me llamo Pedro Labella Martínez (Pedro Lamart) Soy andaluz y español. Nací en Jaén el 27 de diciembre de 1950. En 1968 toda la familia nos fuimos a vivir a orillas del Mediterráneo, en la bella ciudad de Málaga, donde me he consolidado como un malagueño más; aunque no renuncio a mis raíces. Soy sensible a la belleza, apasionado en mis sentimientos y rebelde ante la injusticia. Además de la escritura, suelo realizar dibujos, pintura, talla en madera y modelar con arcilla. Mi familia era muy humilde y recuerdo mi infancia como una época maravillosa, pero también con estrechuras y carencias. Dejé de estudiar a los trece años, para comenzar a trabajar y ayudar al sustento de la familia. Consciente de mi precaria formación, comencé a leer todo libro al alcance de mis manos y, de manera autodidacta, fui adquiriendo conocimientos. Gracias a mi gusto por la lectura siempre he tenido una gran imaginación y, poco a poco, sentí la necesidad de expresar ese mundo interior lleno de fantasía. Sentí el deseo de comunicar y sacar a la luz mis pensamientos en forma de cuentos y relatos breves. Nunca había pensado en publicar y mis textos no eran más que una manera de comunicarme conmigo mismo, unas veces, y otras un archivo de las cosas que me han acontecido y he querido preservar del olvido. Mis textos son mensajes desde mi interior, que quiere comunicarse y compartir, aunque sólo sea para el entretenimiento, con otras personas. Personas como vosotros, que me honráis con su lectura.
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