DAMA DE NOCHE

Atardecía en el valle, y el sol se rendía a la noche. En su despedida lo tornaba todo de ese color naranja intenso que convertía el lugar en un mar de ensueño. Juan estaba emocionado, pues sabía que pronto llegaría la noche y podría verla de nuevo. Tenía la certeza de que ella estaría allí, como todas esas noches anteriores. Se apresuró pues tenía que terminar unos artículos pendientes que escribió con premura y envió por mail al periódico donde trabajaba. Tanta prisa estaba justificada, no quería llegar tarde a la cita con su amada. Tomó una botella de vino y unas copas, una manta y bajo por las viejas escaleras de madera que conducían a aquella cala que tanto le gustaba. Se tumbó en la arena, allí la esperó pacientemente ella no tardaría mucho en llegar. Poco a poco el sol cedió perdiéndose con el toda una paleta de colores maravillosos y dando paso a un color monocromático. Azules intensos que se tornaron oscuros hasta dar paso a la penumbra. Esa que permitía ver como el cielo se llenaba de un sinfín de lucecitas, que con luz tenue intentaban mitigar aquella negrura. Pero a Juan no le importaba, estaba convencido que con la presencia de su amada, llegaría un halo de luz que lo cambiaría todo.
Allí estaba él, tumbado con una copa de aquel vino que guardaba tan celosamente para una ocasión especial, para algo importante. Aquella lo era sin duda, era una cita de amor. ¿Qué puede haber más importante para alguien tan profundamente enamorado como aquel hombre? Sólo con saber que la iba a ver en unos minutos, se estremecía al tiempo que su corazón aceleraba su ritmo.
Tomó el primer sorbo, alzó la mirada y la vio a lo lejos. Se asomaba tímidamente, con ese vestido blanco con transparencias, que permitía ver un poco más allá de sus vestiduras. A medida que se acercaba, más hermosa lucía, esa noche estaba realmente preciosa, mostraba todo su esplendor. Los ojos de Juan apenas podían pestañear, su corazón palpitaba cada vez más aprisa, pues nunca la había visto tan hermosa.
Aquella dama había robado su corazón, lo había vuelto loco de amor, no sabía como ni por que razón había sucedido, lo único cierto es que estaba profundamente enamorado de ella. Ella se sentía alagada, le gustaba percibir y saber que alguien la amaba tan profundamente. Por eso y sabedora de ese amor, cada vez que acudía a la cita con él, aparecía más radiante y bella, pues sabía que eso lo hacía feliz.
Y cuando hubo tomado todo el cielo, en ese momento en el que su esplendor lo ilumina todo y transforma la noche en un escenario romántico, donde el amor da rienda suelta a las pasiones, Juan alzó la copa hacia ella agradeciéndole que una noche más de luna llena, estuviera allí, fiel a su cita. El amor y la pasión que sentía por ella inundaban todo su ser, cuando la contemplaba. Sólo el privilegio de poder compartir con ella unas horas le hacían tan inmensamente feliz, que sabía y sentía que no necesitaba nada más.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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