Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Puerta cerrada. Quema, quema, quema, quema… manos perfectas. No tocar, no tocar, no tocar… manténgase alejada. Otro día más había logrado sobrevivir en aquella ciudad empeñada en poner en peligro mi salud y mi vida. Jabones de varios usos, cubiertos comunitarios en los restaurantes, invasión del espacio físico personal… ¿Se habían vuelto todos locos? ¿Tan complicado era ponerse a salvo? Me resultaba agotador luchar contra el riesgo a diario.

La ciudad no estaba pensada para alguien como yo. La desconsideración podía llegar hasta límites insospechados como por ejemplo, que mi vecino aporreara mi puerta en cualquier momento para reclamarme cualquier estupidez que no me importaba en absoluto.

Ella no se estaba quieta ni un momento, iba y venía entre las mesas dejando y soltando platos pero era la única que no me rehuía. Realmente que lo hicieran los demás me daba igual pero si lo hubiera hecho ella, sí que hubiera sentido que algo no funcionaba. Hubiera sido como esos rompecabezas de paisajes con un cielo monocromático. Todas las piezas parecen iguales pero sabes que sólo una encaja en un único lugar y eso es lo que la hace original y perfecta. Manejaba la ironía y el sarcasmo con una maestría que la hacían más atractiva aún porque realmente siempre parecía tener respuesta para todo y yo estaba acostumbrado a dejar al resto callados con mi apabullante mal genio.

Yo podía sin esfuerzo escribir sobre sensaciones y sentimientos varios: odio, ternura, tristeza, alegría, dolor, amor… Ni uno sólo de ellos lo sentía por nada ni por nadie y aunque pudiera pensarse que odiaba a los demás, no era del todo cierto. Simplemente me inspiraban fastidio, como esas líneas que unían adoquines y tenía que ir esquivando continuamente. Adoquines o personas eran lo mismo para mí. Echando la vista atrás comprendo lo paradójica que resulta la mente humana. Totalmente incapacitado para amar como estaba en aquel momento, podía escribir sobre la pasión y el amor de una manera fluida y natural. ¿Se puede transmitir un sentimiento cuando sólo lo conoces de oídas? ¿Incluso si te parece algo ridículo y superfluo? Sí, yo podía. Pero podía solamente porque no lo analizaba, sólo lo describía y contar lo que ves a tu alrededor es como dibujar utilizando papel para calcar.

Hace casi dos años que mi editor ha tenido que asumir que las escenas de amor e intimidad de mis novelas sean menos numerosas porque ahora me cuesta terriblemente no hacerlas mías. Y no encuentro manera de poner en la piel de un personaje lo que bulle dentro de mí cuando cada mañana se gira en la cama, abre los ojos y me sonríe. A mí… a mí.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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