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            La residencia era enorme y estaba decorada con un gusto exquisito aunque un tanto excesivo. Se había convertido en una suerte de laberinto con puertas falsas que simulaban paredes y paredes que en realidad eran puertas.

Aprendí en poco tiempo a calcular el tiempo que tardaba en desplazarme de una punta a otra de la casa pasando por distintas habitaciones y pasadizos. De mi habilidad para elegir el camino correcto en el momento preciso, dependía que no me descubrieran y se acabaran así mis furtivos placeres nocturnos.

No me costó mucho guardar en un cajón la estricta educación recibida en el monasterio. Mi cuerpo se rebeló sólo al principio, sólo la primera vez… pero Valmont había entrado sin llamar (“te dejo la llave de mi habitación en las flores de la escalera”) y dentro de mí se desató un instinto y un deseo que no sabía siquiera que existían (“cuando mamá se duerma”). No era consciente por entonces de que estaba siendo utilizada para urdir una venganza contra mi madre ni que formara parte de una tela de araña tejida con infinitos hilos donde no me era posible mantenerme indiferente. Mi joven caballero, tan melancólico y embargado por un amor distante hacia mí, pasó a un segundo plano aniquilado por la experiencia arrolladora de mi amante quien no parecía jamás dar un paso en falso.

Las enseñanzas que estaba recibiendo día tras día, noche tras noche de escapadas nocturnas a la habitación de Valmont, no se limitaban a las habilidades con las que complacer a un hombre… por fuera. Tenía plena conciencia de que estaba siendo entrenada en el manejo de un arma mucho más poderosa y eficaz con la que los hombres habían siempre conseguido cuanto se proponían: la manipulación. Ese camino era el único posible si pretendía hacer con mi vida y mi cuerpo lo que me viniera en gana fingiendo obedecer primero a una madre y luego a un marido.
Los golpes en la puerta sonaron rítmicos aquella noche siguiendo el patrón de la contraseña convenida. Nunca había sido necesario utilizarla porque nunca falté a mi cita pero esta vez era él quien había tenido que ir a buscarme. Escuché en silencio y deslicé por debajo de la puerta una nota que llevaba guardando para la ocasión desde hacía dos noches.

“Gracias por todo cuanto me habéis enseñado Vizconde de Valmont, he aprendido a elegir”.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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