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Las flores volvían a estar lozanas y frescas. A su abuela le agradó el detalle ese de que su hija hubiera sustituido las marchitas margaritas por estas nuevas, aunque fueran del mismo tipo. Normalmente ponían en el centro de la mesa flores silvestres que eran mucho más de “andar por casa” y no tenían la altanería de las rosas y tampoco se defendían como éstas al ser manipuladas. Algunas personas eran así, aparentemente hermosas al ser contempladas pero dañinas si no se cuidaba bien por dónde tratarlas.
El pequeño Jhon entró en la casa después de pasarse buena parte de la mañana escondiéndose del resto de los niños. Los empeños de su madre y su abuela para que se relacionara con ellos no habían dado los resultados que esperaban. Él lo había intentado muchas veces pero al final había llegado a la conclusión de que prefería lidiar con la soledad que someterse a la voluntad caprichosa de aquellos pequeños tiranos.
Todo hubiera sido más fácil para él si no se hubiera descuidado escondiendo su secreto. Una vez que lo descubrieron, el resto de los niños convirtieron su vida en un infierno y a su alrededor se creó una nube de muerte premeditada que servía únicamente para obligarle a poner en práctica su don una y otra vez. Aquella tarde de la última semana de vacaciones, Jhon había encontrado un pájaro agonizando a los pies de un laurel. Lo tomó entre sus pequeñas manos para comprobar si aún estaba vivo y comprobó que era prácticamente imposible ya que había recibido una certera pedrada. El cuerpo del animal aún estaba caliente y Jhon miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo veía. Cerró los ojos y de su interior sacó la bondad pura que sólo tienen algunas almas. Aquel aliento vital se fue transformando en una energía que se transmitió del centro de su pecho a los brazos, a las manos y al pajarito ya sentenciado a no volar nunca más.
Cuando Jhon abrió los ojos de nuevo, notó entre sus dedos el latido del pequeño corazón y el revoloteo de la libertad contenida y de la vida recobrada. Abrió la cárcel de sus manos y el pájaro salió volando un poco aturdido pero tan rápido que nadie hubiera averiguado que regresaba de la muerte.
– Estás endemoniado, eres un brujo –escuchó a sus espaldas

Cuando se giró vio al niño rubio, hijo del ayudante de policía que lo miraba con unos ojos inmensos inundados de una mezcla de miedo, odio y sorpresa. Lo que acababa de contemplar era difícilmente explicable y el descuido de Jhon Coffee haría que su vida cambiara para siempre.

– Sólo he deshecho el mal – dijo justo antes de caer de rodillas agotado por el esfuerzo de derrotar a la muerte en su propio terreno.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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