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         Se lo habían advertido, pero una vez más hizo gala de la práctica de su deporte favorito: los “oídos sordos” y ante la visión del cielo azul le pareció imposible que la nevada lo alcanzara en solo una hora de trayecto. No cogió las cadenas siquiera, no le apetecería volver a bajarse del coche cuando ya lo tenía arrancado y ponerse a revolver en el garaje.

         Durante el camino, iba pensando en cómo escaparía de la temporada que se acercaba, la más odiosa para él, la Navidad. Tan ensimismado estaba en la inercia de sus pensamientos y la monotonía de la autopista que se dio cuenta tarde de los pequeños trozos de hielo que comenzaban a caer sobre cristal del coche. Cuando activó el limpiaparabrisas se montoncitos de nieve-corcho se acumularon arrastrados hacia los lados.

         La carretera comenzó a no ser tan visible. Las líneas blancas desaparecieron sepultadas y el asfalto ya solo se intuía. Llegó un momento en que rodar se le hizo casi imposible pero para su sorpresa y alivio, ante sus ojos apareció una cabaña pequeña con una chimenea de la no salía humo. A un lado, perfectamente firmes y simétricos dos abetos sin adornos aún. Un rosario de pequeñas plantas repletas de bayas rojas rodeaba la casa.

          Bajó del coche preparado para sentir el gélido aliento del invierno golpeando su cara. Veinte grados era la temperatura en el interior del coche y no pareció variar en el exterior. Se quitó los guantes y la bufanda sorprendido ante la calidez inapropiada de lo que parecía una nevada reciente. Pero no… ni un poco de frío, ni siquiera una brisa fresca. Nada se movía. De hecho, el ambiente parecía estar petrificado como si se hubiera enlatado para un respiro posterior.

       Comenzó a caminar pensando que si todos los inviernos pudiera pasarlos en aquel lugar, seguramente sería feliz.

         La nieve enlatada se volvió loca y revoloteó como una ventisca en miniatura cuando la niña agitó la bola de cristal. Las bolitas de corcho se colaron por las ventanillas del coche en miniatura que conservaba las puertas abiertas. En la casa brillaba una diminuta luz en una de las ventanas.

– Es una lástima que papá no esté aquí para verlo…

 

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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