Dijo que lo quería todo. Así, literalmente: “lo quiero todo”. Ella, con su incapacidad para interpretar las frases tal cual, amplió el sentido de la última palabra. Creyó que “todo” significaba todo con ella, a su lado, para ella… Para empezar con la entrega le dio sus ojos, sus manos, su boca y su tiempo.

– No necesitamos que vayas, con mi sueldo tiramos bien

– Ya Juan, pero me gusta. Me siento bien atendiendo a la gente y un dinero extra nunca viene mal

– Bueno, mientras el niño está en el colegio, si es solo medio día…

Lo miró sin verlo realmente o quizá redescubriendo al hombre que tenía delante. La sensación de situación ya vivida le llegó como una bocanada de aire caliente y asfixiante. Esa conversación la había mantenido siendo una adolescente con su padre, cuando se empeñó en trabajar los fines de semana. A él le preocupaba que le perjudicara en los estudios porque quería lo mejor para ella. ¿Qué le inquietaba a Juan? Probablemente que pudiera encontrar alegría fuera del pequeño hueco de sus brazos. Hubiera podido sentirse halagada si no identificara esa protección como algo grotesco. Él no era su padre y ella había dejado de ser una adolescente hace tiempo.

El trabajo le duró apenas un mes. Lo abandonó por pura supervivencia, convencida de que aquel breve aleteo hacia la libertad de cada mañana no compensaba el infierno que se desataba en cuanto giraba la llave en la puerta de su casa y descubría horrorizada que él había llegado primero.

Valía la pena invertir en una buena marca en lo que a maquillaje se refiere. Uno más barato no cubriría todo lo que necesitaba tapar. Día tras día ocultaba los anocheceres amoratados de sus ojeras. Se dibujaba unos nuevos ojos con los que veía los amaneceres de aquellas cuatro paredes. Los suyos, aquellos de antaño, se los había regalado. Las manos temblorosas, que tampoco le pertenecían ya, delineaban una sonrisa fingida como la que te piden para las fotos. Su boca incluida en aquel “todo” de entrega ciega encerraba su voz muda e invisible.

Perfectamente rehecha para la ocasión, dejó sobre la mesa de la cocina ojos, sonrisa, boca, manos y tiempo muerto. Se guardó en el abrigo lo único suyo que aún conservaba y así, con la mano apretando su alma dentro del bolsillo se dirigió al hospital.

– Soy Ana. No me he caído por la escalera.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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Comments

  1. El texto me parece espléndido, como nos tienes acostumbrados. Lástima en cuanto a mí, que cuando escribes sobre una película que no he visto, siento que me estoy perdiendo algo. Creo que tomaré tus escritos como una recomendación cinéfila…

     
    1. Muchas gracias Juan. Pensaba avisarte del dolor al ver esa película pero, como sabemos, la realidad siempre lo supera. Es una película impactante con unas interpretaciones magistrales en mi opinión.

       

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