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Lo sorprendió en su despacho probándose el sombrero, jugaba como todo niño con imaginación a ser un explorador que se enfrentaba a mil y un peligros de los que escapaba siempre en el último momento. El viejo arqueólogo sonrió henchido de orgullo porque andaba comprobando en su nieto que sí que es cierto eso de que el espíritu de aventura se transmite con los genes. La madre del pequeño había hecho todo lo posible por desviar su natural instinto de investigar, preguntar y no parar de escudriñar hasta descubrir el por qué de las cosas. El abuelo sabía que ese grito interno que te hace explorar el mundo es una fuerza con la que no puede ni el celo materno más estricto.
– Ese sombrero no le queda bien a todo el mundo Henry- dijo el abuelo entrando de repente
– ¡upss! perdona abuelo, lo volveré a dejar en su sitio. De todas formas me queda grande.
– Por poco tiempo jovencito, por poco tiempo…-sonrió misteriosamente el anciano
– Mamá se enfadará si se entera de que he estado en tu despacho, me lo tiene prohibido. No lo entiendo abuelo. Tú eres un explorador famoso, has descubierto tesoros que nadie más ha podido, ¿por qué mamá no quiere que me cuentes tus viajes? –preguntó el pequeño al que no le cuadraba que la curiosidad fuera algo que su madre temiera
– Tu madre sólo quiere que no te pase nada

Henry se quedó mirándolo sin comprender. ¿Que no me pase nada? Pero… si nunca le pasaba nada, la vida podía ser muy aburrida. Los mejores días de colegio para él eran los que comenzaban con algo inesperado: cuando su amigo Tom traía a clase aquellas piedras redondas de colores y le decía que formaban parte de un tesoro escondido. Después de aquella revelación, ya poco importaba lo que sucediera el resto del día en clase de matemáticas, ciencias… Su cabeza no dejaba de imaginar en qué podía consistir el tesoro escondido de las piedras de colores y dónde podría encontrarse.

“Su hijo está siempre en las nubes”, le había dicho su profesor cuando citó a sus padres en el colegio para hablarles de lo despistado que siempre andaba. “En las nubes…”, algún día sería piloto y una avioneta lo llevaría a esas selvas que su abuelo había pisado y de las que contaba aquellas historias de animales nunca vistos que eran devorados por plantas gigantes. No tenía ningún tipo de interés en convertirse en un formal y tranquilo niño que jugaba con sus construcciones y puzles una vez terminados los deberes. Para él las ruinas de pueblos y civilizaciones escondidas que veía en las ilustraciones de los libros de su abuelo eran como una promesa de futuras emociones y aventuras que jamás viviría sentado en una silla.

Los ojos de su madre se abrieron como platos con una mezcla de enfado y resignación el día en que apareció en medio del salón con toda la familia reunida y dijo:

– El abuelo me ha regalado su sombrero, dice que está hecho para mí.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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