Ser un elegido no siempre es positivo y menos cuando no se te ha consultado previamente. Los elegidos tienen su vida marcada casi desde que nacen porque hagan lo que hagan, su destino es el que es. ¿Quién o qué decide un camino ya trazado? ¿En qué momento del comienzo de la existencia se escribe que te vas a convertir en otra persona totalmente diferente a la que has sido hasta entonces?

El problema de Jack no consistía tanto en la función que le había tocado desempeñar sino en que no sabía exactamente cuándo y dónde tendría que llevarla a cabo. Sólo sentía que llevaba dentro esa sensación de “algo pasará”. Cuando empezó a ser consciente de ello tuvo una de esas épocas de zozobra interna en la que se angustiaba pensando de dónde venía aquello que se iba convirtiendo en certeza porque aunque el tiempo pasara, no desaparecía. Como todo en esta vida, con el tiempo aprendió a convivir con ese resplandor de dentro, de la misma manera que una persona que se queda sola acaba haciéndose “amiga” de su soledad aunque realmente esa amistad sólo implique tolerancia.

Desde que era un adolescente había ido teniendo pequeños “avisos”. Señales que se materializaban en decisiones que parecían tomadas sin pensar, de manera imprevista para los que lo rodeaban. Sin embargo, sólo él sabía el porqué de lo que decidía con esas acciones repentinas. Algo dentro le decía, por ejemplo, que tenía que acabar el contacto con un amigo que lo intuía o que tenía que renunciar a estudiar la carrera técnica que siempre había soñado porque no lo llevaría a donde tenía que ir … “a donde tenía que ir”. Pero… “¿dónde está ese lugar? ¿es un lugar o una meta?” Esos interrogantes resonaban en su cabeza cada vez que sufría una llamarada y cambiaba algo de su vida. Hacerse esas preguntas era el único acto de rebeldía que se podía permitir. Un autoengaño que le hacía pensar que era aún dueño de una parte de sí mismo. No tenía poder de decisión sobre algo que era tan superior a él porque sabía que sus acciones estaban ya escritas y eran dictadas al margen de su capacidad para razonarlas.

Escribir era su camino, la profesión que había elegido. Había aprendido a hacerlo con placer y entrega aunque sabía bien que incluso su facilidad para ello venía dictada de antemano. ¿Era vocacional? No, en absoluto pero le gustaba, le gustaba mucho. Era su camino, su sendero marcado de baldosas amarillas. Suponía aislamiento, justo lo que necesitaba. Cuando cerraba los ojos por la noche, se veía a sí mismo escribiendo en su Olivetti en un lugar que no era su casa, pasando horas y horas que se iban volviendo pura angustia con el repiqueteo frenético de las teclas de la máquina. En su sueño no podía parar, aunque lo intentaba, y de su pecho surgía una llamarada que sólo lo aliviaba cuando conseguía hacer sangrar sus dedos a fuerza de pulsaciones. La visión de aquella sangre lo calmaba, respiraba tranquilo y la llama volvía a esconderse dentro.

“Señor Jack Torrence, lo llamamos del departamento de personal del hotel Overlook. Estamos interesados en sus servicios como celador del hotel durante la temporada invernal. Póngase en contacto con nosotros.”

Justo cuando escuchó aquel mensaje en el contestador supo que el resplandor le avisaba de nuevo. Aquella era la señal definitiva. Los temblores incontrolables de su pequeño hijo sólo sirvieron para estar más seguro de que la inevitable y dulce marea roja los alcanzaría.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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