Los últimos cinco años habían sido como aprenderlo todo de nuevo, desde la cuna, pero con la desventaja de la memoria latente de cuando vivía en la luz. La distancia desde el borde de la cama hasta el interruptor medía exactamente cinco pasos. Se había ejercitado incluso en la medida de la zancada de cada uno porque si los hacía demasiado cortos, no serían sólo cinco y su aprendizaje no serviría, pero si eran demasiado largos corría el riesgo de chocar con la punta de los dedos contra la pared antes de lo previsto. Necesitaba no perder esa costumbre del interruptor cuando entraba y salía de una habitación. Era algo que la conectaba un poco con lo que había sido.

Su casa se había convertido en una especie de laberinto lleno de obstáculos conocidos dispuestos caprichosamente en cualquier lugar. Siempre había sido una persona simplemente ordenada, no obsesionada. Cuando la claridad se apagó para siempre se dio cuenta de que en realidad no era rutinaria en la ubicación de las cosas. Las sillas alrededor de la mesa sobresalían de su sitio sin seguir ningún patrón y eso, para alguien que esperaba aprender a recorrer el espacio hasta la ventana del tirón, era fastidioso.

Con el tiempo aprendió a controlar y dominar el espacio. Adquirir la parte mecánica del movimiento por su selva doméstica particular, era sencillo para alguien dotada de la voluntad y el tesón de ella. Descubrió un día que la oscuridad le había traído una gran ventaja. No era simplemente la obvia de que su oído se agudizó sino la neblina difusa que se fue instalando en su mente acerca de los gestos de los demás. Ya no tenía que enfrentarse visualmente a la vecina del quinto, agria como su semblante. Su “buenos días”, seguía sonando igual de seco y protocolario que siempre, pero privado de imagen fue perdiendo con el tiempo la capacidad de incomodarla que tenía antes. Podía incluso fantasear e imaginársela sonriendo mientras la saludaba. Al fin y al cabo, en su cabeza no se habían apagado las luces de su imaginación.

Aislada de toda connotación negativa con respecto a la imagen, los silencios cobraron una dimensión totalmente desconocida hasta entonces. Los ronroneos de su gato que dormitaba en un rincón, se le antojaban los rugidos del rey de la selva. Los pasos en el piso de arriba ya no se ocultaban a sus oídos gracias al acolchado de las zapatillas de andar por casa. Podía percibir incluso el tintineo de las llaves de su marido cuando aún estaba en el tramo de escaleras del piso de abajo.

Abrió los ojos en medio de la oscuridad y esta continuó como cabía esperar. Paró un segundo su respiración al percibir aquel ruido metálico cerca de la puerta. No eran las mismas. No eran sus llaves. Fue la única vez en que deseó que un sol radiante iluminara el espacio entre ella y el desconocido…

 

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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