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                Tantas personas no pueden estar equivocadas. Es sorprendente el concepto de “manada” en el ser humano. Si todos lo hacen, si todos lo ven, si todos lo siguen, si todos lo visten, si todos lo admiten… se normaliza y la normalización lleva a desvirtuar la frontera entre lo que está bien y lo que está mal. Muy adentro, en nuestra cabeza y nuestro corazón (tengo la firme convicción de que son uno solo) sabemos que cuando fallamos a nuestros valores, nos fallamos a nosotros mismos pero la atracción de la manada es muy poderosa y necesitamos agarrarnos a la cifra, al número de individuos para justificarnos.

– Yo sólo te doy lo que me pides, así que tienes de mí lo que deseas –dijo ella con su aplomo habitual.

– Me conformo con lo que me das, porque es lo único que me ofreces

– Siempre puedes marcharte, sabes que es muy sencillo. Nunca has sido una persona conformista, ¿por qué ahora optas por adormecerte? Está claro, te resulta cómodo, te permite descansar y no cuestionarte nada.

– Es cierto, pero como tú bien dices, puedo irme cuando quiera. Puedo abandonarte sin ningún tipo de remordimiento pero no tengo prisa. Hay cosas peores, relaciones que transcurren en una batalla continua o en un vacío angustioso. Yo no me siento así teniéndote en mi vida.

                La conversación no se producía realmente entre la televisión y él, sino entre él y su interior. Si dejaba de seguir el día a día de aquellas vidas enlatadas y ficticias, probablemente recuperaría poco a poco su sentido crítico, su personalidad pero… ¿de qué hablaría en el trabajo a la hora del café? Las conversaciones comenzaban siempre con un “expulsaron a fulanita o a menganita, con el juego que daba en la casa”. Bien pensado sonaba hasta grotesco. Si se le hubiera ocurrido a alguien hace años practicar un orificio en la pared de su casa para espiar cómo su vecino dormía, comía, discutía y cualquier otra actividad cotidiana que tuviera en la “intimidad”, probablemente lo hubieran mirado como a un bicho raro. Hay un término que lo define: un voyeur.

                Ahora las cosas habían cambiado porque el orificio estaba en cada casa, en aquella pantalla y aunque la intimidad que se espiaba fuera ficticia, no dejaba de ser un divertimento destinado únicamente a alimentar un morbo malsano.

                Es tan cómodo adormecerse y dejarse llevar. ¿Y si pruebo a no encenderla según entro en casa? ¿Y si intento que la banda sonora de la ducha o de mi almuerzo sea una buena música?

                Ella pareció adivinar sus pensamientos porque justo en ese momento anunció que la gran final estaba cerca y que las líneas telefónicas quedaban abiertas para que “¡usted, sí usted, que es el auténtico protagonista decida el ganador del Gran esclavo de esta edición!”.

 

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Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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Comentarios

  1. Curiosamente me cuesta mucho ver comedias en el cine. No me entran. Pero el Show de Truman es una de las pocas excepciones (aunque muchos dicen que es más bien un drama).
    Buena reflexión sobre creernos libres cuando elegimos ser esclavos.

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