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En algún lugar había leído que la ciudad es un lugar perverso con gente perversa pero le costaba creer que un sitio tuviera ese poder. La maldad se genera siempre en las personas y se propaga a través de ellas. Esa convicción la llevó a pensar que realmente daría igual donde estuviera porque lo que hacía que el dolor la alcanzara tenía que ver con compartir un espacio con otros seres humanos.

“Podría vivir aquí sola para siempre, en medio del bosque”, pensó mientras sus brazos rodearon el árbol sin dejar ni un milímetro entre su cuerpo y el tronco. Cerró los ojos como era su costumbre porque aunque no le hiciera falta para no ver, ese gesto la conectaba con párpados y pestañas. Ella no tenía ojos que miraran sin ver como el resto de la gente, simplemente la naturaleza había querido que mirara de otra forma. En la eterna oscuridad en la que vivía, a veces aparecía una neblina que cambiaba de color y era así como sabía que alguien se aproximaba. Con el tiempo había aprendido a asociar el color de esa especie de gasa flotante con la voz que sonaba justo después y eso provocaba miedo en los habitantes del pueblo. Todo lo que no comprendían les atemorizaba en lugar de de provocarles curiosidad, por eso ella sabía que no pertenecía a aquel lugar.

Alguien se acercaba y antes siquiera de escuchar sus pisadas, lo saludaba llamándolo por su nombre.

– Hola Joan, ¿buscando nidos otra vez?

– A veces pienso que nos engañas a todos y no eres ciega Laura, ¿cómo puedes saber que soy yo? –respondía su amiga de la infancia casi conteniendo la respiración

– Te lo he dicho un millón de veces, es tu color el que me avisa… -contestaba ella con el hastío de quien sabe que no será la última vez que tenga que explicar lo mismo

– Tu madre te anda buscando, parece que tu padre no se encuentra bien hoy y está preocupada

Su corazón dio un vuelco porque sabía que su madre siempre prefería callar y cargar sola con todo antes que preocupar a nadie. Si había mandado a Joan a buscarla, a su padre le pasaba algo más que un malestar pasajero. Echó a correr aparentemente sin control pero guiada por la experiencia que da la memoria. El terreno que pisaba era más familiar para ella que cualquier calle o plaza.

Llegó a su casa y entró a toda prisa apartando de un empujón a su madre. La habitación inundada de la neblina azul de su padre permanecía en silencio y ella con los ojos cerrados, miraba a todas partes mientras el dolor la alcanzaba.

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Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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