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            Cuando en uno de los platillos de la balanza se sitúa la muerte, sopesar lo se gana o se pierde jugándose la vida siempre es un deporte de riesgo. Esto es lo que pensaría cualquiera que la sintiera como tal porque hubiera logrado transitar por ella y no llevarla a cuestas.

            Atlas lo sabía bien ya que cargaba sobre sus espaldas el peso del mundo y una vida contrariada puede realmente pesar un mundo. Colocar una bala en la recámara y hacerla girar no suponía para Atlas realmente un riesgo, y menos el de perder.

            Perdiendo, ganaba la posibilidad de descargar sus hombros y que la vida, su mundo, rodara a sus pies.  Ganando, perdía la opción de ser libre, de poder erguirse al fin y mirar de frente aunque fuera a la nada, aunque fuera a la muerte.

            El problema realmente consistía en que el límite del control de su cuerpo no se encontraba en la cintura sino en el cuello. Sus manos tampoco le respondían por lo que no era libre ni siquiera de hacer rodar la ruleta. Sabía en carne propia que la muerte no tiene que ver con el latido del corazón o del cerebro sino con la cárcel en la que a veces se convierte la mente.

            Estaba rodeado de gente que lo quería tanto, tanto que no eran capaces de dejar de sentir piedad por él y eso, que básicamente es algo bueno, también puede ser un lastre que anula la capacidad de ayudar. Es cierto que la silla de ruedas ya iría ligada inevitablemente a él como un apéndice más de su cuerpo el resto de su vida pero… ¿qué pasaba con su mente, con sus emociones, con su vista, su oído, su gusto, su imaginación…?. Todo eso no estaba paralizado, al contrario eran centro y protagonistas de su existencia. Hasta la excitación y el deseo sexual estaban ahí, sobre los hombros, como todo el mundo sabe.

            El día de las entrevistas no esperaba más que lo de siempre: perfectos profesionales en el cuidado físico (sólo físico) de alguien como él. Máquinas entrenadas para que el dormido siguiera estándolo. Al fin y al cabo todo el mundo parecía creer que activarle, proporcionarle ilusiones, alicientes era algo así como una crueldad dadas las circunstancias. Como si no fuera suficiente con estar atrapado allí dentro.

            Mientras esperaba que su asistente organizara a los candidatos le vino a la mente la imagen del elefante de circo sujeto por una pata desde que es una cría. Crece creyendo que la incapacidad para moverse es algo genético y esa idea arraiga tanto en él que cuando se convierte en un gigante imponente ni siquiera intenta soltarse aún pudiendo hacerlo físicamente mediante un tirón de la pata. Es fácil hacer prisioneros cuando se les rompe por dentro porque son ellos mismos los que asumen que lo son. Su cadena aparentemente eran los demás… aparentemente.

            Cuando le llegó su turno a aquel poco “preparado” e insolente hombre, con las primeras respuestas del cuestionario supo que la piedad al fin había terminado dando paso a una sonora carcajada que liberó un poco su alma. Esa nunca había estado atada a la silla realmente y la cadena anclada al suelo comenzó a ceder.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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Comentarios

  1. “Una vida contrariada puede realmente pesar un mundo”..Me gusta esa frase por cierta. Ahora que ya vi la película me gusta mas tu relato. Vivir en una cárcel es complicado, no es raro que una ruleta rusa se vea como una posible liberación.En ese caso, cada vez que ganas, pierdes.

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