Gabriela revolvía con una sensación de desazón el contenido de la gaveta. Ella, que era meticulosa y ordenada, no podía entender cómo era posible que aquella media estuviera enrollada sobre sí  misma en soledad, sin su lógica gemela. Era imposible que durante el lavado se hubiera separado porque siempre las lavaba a mano. Le parecía un contrasentido someter al centrifugado de la lavadora algo tan delicado.

En un intento de resolver el misterio y a pesar de que le hubiera resultado más sencillo elegir otras, desenrolló una a una todas las parejas y las dispuso estiradas sobre la cama. Entre ellas dejó la separación necesaria para no aumentar aún más la confusión. No necesitaba preocuparse por modelos o colores porque hacía más de diez años que su gusto al respecto se había definido: negras, semitransparentes, con una única costura trasera que recorría serpenteante toda la pierna. Una vez colocadas se incorporó y contó mentalmente: dos, cuatro, seis, ocho, diez, doce… trece. Arrugó fastidiada el entrecejo y repitió el cálculo esta vez en voz alta: dos, cuatro, seis, ocho, diez, doce…

– catorce mi amor, son catorce

Con el cuerpo arqueado y sin posibilidad de girarse se sujetó instintivamente el cuello con las manos y palpó la que faltaba. Pataleó y boqueó en busca del aire que no llegaba como los peces cuando se convierten en pescados en sus agónicos últimos minutos. En un segundo de lucidez pensó que no había película de su vida que pasara veloz ante sus ojos y que era mejor así porque ni ella misma hubiera pagado por esa entrada de cine. Medias negras, medias historias, medias relaciones, media vida… ¿para qué más?

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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