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Por aquel entonces, Eva funcionaba muy bien a base de metáforas. Repetía incansable que las palabras siempre son lo que son aunque funcionen de diferente manera según los contextos. Ella misma era, como todo el mundo, unas cuantas mujeres. Madre, hija, hermana, amiga, novia, médico, paciente… Era todas y cada una pero nunca dejaba de ser Eva, o eso creía. ¿Y quién era Eva? Alguien amable, solicita, sensible, inteligente… No, no era esa la respuesta. Todos esos adjetivos respondían a cómo, no a quién. Era probablemente la que habitaba el espejo en el que se miraba al salir de la ducha, cuando se quedaba sola y no había nadie alrededor para el que tuviera que cumplir una función. Era complicado para ella definirse porque todos sus intentos de hacerlo siempre terminaban clasificándola en uno de sus roles con respecto a alguien.

Según iba pasando el tiempo, y con él su vida, la duda sobre su propia esencia la fue corroyendo por dentro como un susurro que poco a poco se convierte en un grito constante cada vez más cerca. A la necesidad de descubrirse a sí misma, se unió el miedo a no ser otra cosa que todas esas Evas que funcionaban perfectamente cada día. Comenzó a pensar entonces que ella misma no existía sino que eran los demás los que le daban sentido a su existencia ya que una madre no lo es sin sus hijos, ni unos hijos sin su madre.

Aterrada ante la posibilidad de quedarse algún día sola y no saber qué hacer con la mujer del espejo, decidió tomar las riendas y actuar con algún nuevo papel que no le fuera impuesto. Tendría el privilegio de elegir interpretación, como hacen las grandes actrices cuando son los directores de cine quienes las persiguen para sus películas y no al contrario.

Eva Black tomó posesión con un grácil golpe de cadera del taburete situado en la esquina de la barra del Moonlight. La posición elegida era perfecta para controlar, a golpe de rastreo visual, todas las posibilidades que tendría esa noche. Pidió un gintonic y el tiempo que tardó en dar el primer sorbo y soltar el vaso en la barra, fue el que necesitó el primer cazador para situarse a su lado. El incauto interpretó las señales y, absolutamente convencido de ser quien llevaba las riendas, cogió el vaso de Eva y acercó sus labios donde estaba el carmín de los de ella. “Me gusta esta función”, pensó la señorita Black mientras besaba a modo de despedida al cazador cazado de esa noche, cuyo nombre ni siquiera sabía.

Eva White recogió su pelo en una coleta baja, gastó medio paquete de algodón en desmaquillarse y sustituyó la falda estrecha y corta por un pantalón vaquero. Entró en casa taconeando, porque la señorita Black se resistió en el último momento a desaparecer hasta la siguiente función de teatro. Al fin y al cabo, era la única en haber cobrado vida por decisión de Eva.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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