Sentada en la salita esperando su turno, Adele pensaba en la tremenda suerte de quienes tenían capacidad de reinicio. Reinicio sí, así, como los ordenadores… Algo no funciona, o se ralentiza y esa opción es como un “aquí no ha pasado nada”. Admiraba a ese tipo de personas porque a sus ojos eran infinitamente más felices que ella. Había discutido hacía poco con alguien sobre si la felicidad tenía gradación, ¿se puede ser más o menos feliz? ¿si somos menos felices no significa eso que no lo somos?.

Ella misma era consciente de que se ponía irremediablemente filosófica en la sala de espera del médico. Le aburrían soberanamente las conversaciones intrascendentes sobre el tiempo, la política, la economía, etc. No quería ni mencionar el agobio de quien, sentado en la silla contigua, se empeñaba en contarle todo su historial médico, como si ella estuviera allí de paso porque no tuviera nada mejor que hacer. Lo que si le divertía era esa especia de absurda competencia por demostrar tener la mayor enfermedad, estar pasándolo peor que nadie o tener más medicación.

Su “enfermedad” estaba muy por encima de todo lo que escuchaba a su alrededor porque en realidad consistía en no tener ningún síntoma de nada nunca, jamás… Hacía ya dieciocho años que sus analíticas eran perfectas y que a pesar de haber entrado en la edad del comienzo del declive, su cuerpo se negaba extrañamente a darse por enterado. Se acercaba la fecha tope que se había fijado para desaparecer. Como había previsto, las sospechas habían empezado a aparecer en conocidos, familiares y médicos. No podía convertirse en sujeto de experimentación. Ser reconocida como el único ser humano que había vencido al tiempo sí que podía destruirla de la peor manera que se le ocurría: por dentro.

Su estado en principio podía ser envidiado pero había un fallo de cálculo en la disposición divina que hacía que ella no le viera ninguna ventaja. Su memoria acumulaba constantemente personas, lugares y momentos. Cada año y cada década se veía obligada a romper y recomenzar en otro lugar. El dolor de su alma estaba conectado directamente con cada huída porque le era imposible, aún sabiendo el futuro, no establecer apegos. Andrew, aquel amor tierno y dulce de los años 60 que se quedó esperando una tarde en un banco del parque con un anillo en el bolsillo. John, a quien recordaba por la batalla interior que libró en 1975 para no enamorarse mientras le sonreía cada día en el trabajo. 1982, el año de los largos paseos de la mano con Steven bajo las cúpulas que formaban los árboles.

Década tras década su cuerpo, detenido en el tiempo a los 27 años, se convirtió en una cárcel para algo mucho más importante que lo que se veía a simple vista. Su alma y su corazón, prisioneros de su memoria, tenían exactamente la edad contabilizada desde el día de su nacimiento.  Exactamente 73 años.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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