Cuando tocaba algo, cuando hundía sus manos en el saco de legumbres o acariciaba en secreto las piedras redondas y suaves que guardaba en el bolsillo, su sentido del tacto conectaba directamente con su cerebro produciéndole una sensación placentera y evocadora a la vez. Podía aspirar un perfume en su plenitud o escuchar una melodia que la obligara a cerrar los ojos pero el tacto era otra cosa. A través de su piel, de las yemas de sus dedos las sensaciones recorrían su cuerpo hasta explotar en su interior.
Casi nunca usaba guantes que la privaran de alguna sensación inesperada como, por ejemplo, la suavidad embriagadora de la rebeca de angora de Amandine, su madre. Su madre daba abrazos de trámite, ligeros y rápidos. Eran los mismos para la amiga de turno que se encontraba por la calle como para su pequeña hija. Amelie alargaba siempre un poco más el momento de soltarse sólo por sentirse envuelta en aquella calidez que sustituía el cariño materno. Amandine pensaba que los mimos y el cariño la volverían débil de carácter y dosificada aquellos abrazos de angora de la misma forma que hacía con el jarabe de la tos.
Su secreta afición a sentir intensamente a través de las manos nunca fue descubierta por nadie ya que la gente era demasiado poco observadora y utilizaban las suyas para cosas tan banales como sujetar el pomo de una puerta o contar las monedas del cambio. Amelie, mientras trabajaba en el café Deux Moulins calentaba a propósito sus manos con las tazas humeantes porque creía firmemente que lo que reconfortaba realmente del té con canela no era sólo su sabor sino el placer de abarcar completamente la taza. Devolvía el cambio a los clientes mirándolos de frente, intentando adivinar por el roce de sus manos al entregarles las monedas si estaban acostumbradas a “sentir” o sólo las usaban para “hacer”.
Georgette por ejemplo, tenía tacto de habitación cerrada, como si su piel estuviera compuesta por muchas más capas que las del resto de la gente. Ella misma era un mujer huraña y poco sociable y no era extraño que sus manos no dijeran nada ya que hacía tiempo que las barreras de las que se había rodeado eran sólidas e impenetrables. Era la única que miraba a Amelie como si se preguntara cada vez qué hacía una chica tan simplona manejando el dinero de la caja. Amelie le sonreía mirando a través de ella y preguntándose si Georgette habría caído ya en la cuenta de que hacía tiempo que ponía un sobre más de azúcar en su té en un intento vano de endulzarla un poco.
El mejor momento del día era cuando Nino pasaba a buscarla al cierre del café. Recorrían la ciudad en su motocicleta y ella, que no sentía ningún miedo cuando estaba con él, se aferraba con fuerza a su pecho disfrutando cada uno su propio placer: el viento en la cara para él y el latir desbocado del corazón de Nino, a través de su cuerpo, a través de su camisa… a través de los dedos… para ella. “No vas a caerte”, la tranquilizaba. “Ya lo sé”, decía ella sonriendo satisfecha porque aquel placer seguía siendo secreto, sólo suyo.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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