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De pequeño crucé dos océanos,

agarrado a un arpón, como Acab,

persiguiendo olas y tempestades.

De pequeño me subí al Apolo XI,

fui polizón al lado de Armstrong,

pero sin botas para pisar la luna

ni oxígeno con el que respirar.

De pequeño estuve en Escocia,

un castillo, cinco amigos y huevos,

muchos huevos de frailecillos,

que salvábamos de los acantilados.

De pequeño me convertí en Graham Hill,

a más de ciento cincuenta por hora

pasando la curva Ascari del Jarama;

era una mañana de otoño,

pero otras tardes también fui:

Bahamontes, Gento y Urtain.

Cochise y Custer lo fui a la vez,

ya que tenía un fuerte de madera

en el parque pegado a casa,

lo había inaugurado el alcalde,

sí, quien más tarde lloró por la tele.

De pequeño tuve el sarampión,

varicela y unas cuantas cosas más,

mi madre todavía me lo recuerda;

tras la cena, la hora de la  inyección,

inyecciones que me ponía papá.

De pequeño los días no se acumulaban,

solo en el calendario taco de la cocina,

porque tardaba mucho en llegar Reyes…

y la playa, las olas y no tener que estudiar.

De pequeño mi almohada era en tecnicolor

el pan olía a pan y los domingos a churros,

las estrellas se dejaban tocar al mirar al cielo,

que era azul trasparente en las primaveras

o con niebla, frío y lluvioso los inviernos.

Llegó el día en el que dejé de ser pequeño,

entonces cogí un cuaderno y escribí,

escribí mi primer poema.


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