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Nací en una tierra que ya no existe. En un mundo que el mar devoró cuando ya no quedó ningún habitante. Ahora todo el mundo me llama Don Manuel, vivo en un palacete que compré al Duque de Capahermosa, el más rico de toda la comarca, y siento a ministros y banqueros a mi mesa.  

Di los primeros pasos por un pequeño poblado acostado en la falda de un acantilado y golpeado por las olas como si fuera un saco de boxeo. Nuestros abuelos habían logrado construir un muelle donde apenas se podían amarrar a la vez tres barcos de motor. Las lanchas de remo teníamos que subirlas por una rampa y las dejábamos la noche entera huérfanas de mar. Desde que éramos niños, todos los hombres del pueblo nos dedicábamos a la pesca; los más viejos también, solo la parca los arrancaba de los aparejos y las redes cuando los cogía de la mano. Las mujeres limpiaban el pescado y  lo preparaban para salazón. Así era la vida allí. Un pueblo de gente pobre, esclavos de un océano que, a veces, se cobraba con nuestras vidas el tributo más alto que nunca nadie debería pagar. Las viviendas eran de un solo piso o de dos como mucho. Las fachadas las pintábamos de colores capaces de atravesar la bruma, de distinguirse desde el horizonte cuando este se convertía en el filo de una hoja de papel. Solo había una calle, ascendiendo pendiente arriba por el risco. Más allá de la última casa, la mía, un bosque de eucaliptos oscurecía el sol.

Desde que cumplí diez años vi amanecer sobre el agua. En el barco de mi abuelo, el mayor de aquel puerto, metía en cajas con hielo los bonitos y las sardinas que mi padre y mis tres tíos robaban al océano. Pronto perdí el miedo a que las olas pasaran por encima de mí. Tampoco temblaba si caían los rayos a un palmo de nuestra embarcación llenando de electricidad y de luz las colinas de espuma que surcábamos. A los dieciséis, mi padre me regaló una barca de remos. 

Tras regresar a puerto al mediodía, ayudaba a descargar las cajas. Nada más terminar, y mientras que los hombres bebían orujo en el bar y las mujeres se llenaban de grietas las manos por la sal, empujaba mi barca rampa abajo y remaba pegado al acantilado. Una hora tardaba en alcanzar la primera cueva en la que el mar, como un amante insaciable, penetraba en la tierra firme. Pulpos y centollos, tan apreciados en la capital, eran mi botín. Raro era el día que alguno de los dos no caía, y con ellos, las monedas y billetes que iba guardando en uno de los cajones de mi armario. Regresaba al atardecer, arrastrando los pies hasta la cama para poder dormir algo. A las tres y media, el vozarrón de mi padre me despertaba con un «Manolito, levántate» invariable aunque una barba hirsuta ya me cubriera las mejillas.

No me cabía más dinero en aquel cajón cuando tomé la decisión que cambió mi vida. Comprar un barco de motor. Uno no muy grande pero suficiente para independizarme. Como en el muelle ya no cabía otro, dejé mi aldea para fondearlo en el embarcadero de la lonja provincial. 

Necesitaba dos marineros y me rodeé de mi hermano pequeño y de uno de mis primos. Al principio, dormíamos en el barco, pero antes del amanecer, buscábamos a nuestros paisanos navegando hacia los caladeros donde siempre habíamos encontrado la generosidad del mar.  Sin embargo, algo ocurrió porque las capturas disminuyeron de golpe. No había pesca ni para llenar una caja. Yo era el último en llegar y nadie me tuvo que decir lo que hacer. 

Fueron jornadas terribles. Lo poco que subíamos a cubierta se iba en alimentarnos y en pagar el gasóleo con el que poder salir a faenar. Regresar a mi hogar, no era posible. La crisis de la pesca empezó a vaciar la aldea y la pobreza no dejaba un solo rincón por abrazar.

Un día de temporal, en el que estábamos amarrados a puerto, aparcó en el muelle un Mercedes negro, casi más largo que mi barco. Un hombre joven, de mi edad, trajeado y con gafas oscuras, se bajó del asiento del conductor y preguntó por mí. Don Celso, el cacique de toda esa comarca, quería conversar conmigo y me esperaba dentro del vehículo. Me ofreció un negocio. Era sencillo. Tenía que encontrarme en mitad del mar con otra embarcación, recoger cuantos fardos pudiera cargar, y llevarlos a un lugar en la costa que me dirían en su momento. Nada sabía de lo que contendrían aquellos paquetones; no hacía falta, mejor era no preguntar cuando te pagan tan bien. 

Hice ese transporte y todos los que Don Celso me ofreció. La rutina se apoderó de mí: hacerme a la mar por la tarde, recoger la mercancía, desembarcarla, llenar una bolsa de deporte con los billetes que me pagaban, ir al banco a ingresarlo nada más que abrían y regresar a dormir. Ya no lo hacía en el barco, había alquilado una pequeña casa cerca de  ese puerto. Pero no convenía alardear más. 

En cuanto tuve lo suficiente, adquirí otra embarcación más grande. Y tras esa, otra y otra. Cada vez eran más potentes y de mayor carga, también podían ir más lejos, lo que me permitió volver a pescar aunque tuviera que ser en zonas alejadas. Yo me quedaba en tierra y desde el despacho principal de la oficina que alquilé, dirigía la nueva empresa. Poco a poco, la mayoría de mis paisanos empezaron a trabajar para mí.

Seguí aceptando descargar para Don Celso, pero solo con uno o dos barcos, los más pequeños y siempre con mi hermano de patrón. Cuando vi que ya no lo necesitábamos, nos salimos de aquellas aguas turbulentas. Aquel cacique enfureció y me amenazó con boicotearme las descargas en la lonja local. Esa fue la segunda gran decisión en mi vida. 

No me amilané, moví la flota lejos de allí igual que lo haría un almirante. Además, invertí  las ganancias comprando una fábrica de conservas en la que empleé a casi todas las mujeres de la aldea. Esta, estaba casi vacía. Ya nadie pintaba las casas y alguna se había derrumbado. Toda mi familia trabajaba en la naviera, se habían acabado los madrugones para mi padre, que disfrutaba de su jubilación acompañando a los nietos al colegio y jugando a las cartas con sus hermanos. 

Con el mismo espíritu que al remar hacia aquella cueva en busca de pulpos o centollos,  fui aumentando mi patrimonio. Me reconocieron como el mejor emprendedor de la  región y, algo más tarde, ‘empresario del año’. Mi fortuna, igual que una bola de nieve ladera abajo, no dejaba de aumentar. Sin duda, con mucho menos esfuerzo que en mis comienzos. Romper el muro de la miseria es una tarea de titanes. Ser rico y que tu fortuna aumente casi sin quererlo, un juego de niños.

Mi aldea desapareció combatiendo contra una galerna con olas de siete metros. Ya estaba deshabitada desde hacía tiempo. Hoy ha vuelto a ser un acantilado de roca de difícil acceso. 

Don Celso está en prisión. Ser un anciano no le ha librado de una condena por tráfico de hachís. Mis almuerzos de trabajo con el gobernador civil y el jefe de la  policía facilitándolos algunos datos, tampoco. 

Hace un año que soy el presidente del círculo de empresarios nacional. Mi nombre suena con fuerza para la cartera de ministro de ‘Agricultura y pesca’ en la cercana remodelación ministerial. El presidente del gobierno, aquel primo que fue marinero mío en el primer barco a motor que tuve, me lo ha prometido.

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