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Hay canciones pegadas a nuestra vida como si fueran una parte más de la piel. Producen un eco inagotable que nos hace escucharlas aun en el silencio, sentir su latido como si fueran los propios. Nos acompañan cuando reímos o lloramos, yo diría que incluso dentro de los sueños al dormir. No podemos separarnos de ellas, sería igual que arrancarnos una mano; no seríamos los mismos si nunca hubiera sido escrita, si jamás la hubiéramos escuchado.

La que está cosida a mi pecho es «Clair» ( http://youtu.be/sU9fClvdo5s ) una canción escrita e interpretada por Gilbert O’Sullivan, cantante irlandés que triunfó con ese tema y otros también muy conocidos en la década de los setenta.

El azar, o el guion que alguien nos escribe al nacer, convirtió esa Clair de Fa menor sostenido, Si bemol y Mi mayor en un ser real, en uno de carne hueso. Estábamos en primavera y yo, con quince años, escuchaba la canción en un programa de radio muy novedoso entonces ( ‘Los Cuarenta Principales’ ) sin poder quitármela de  la cabeza. Poco me importaba lo que dijera la letra. Desde las primeras notas del piano, me atrapaba como si de un imán se tratara. Ya no necesitaba nada más para saber que la melodía, incluyendo la risa infantil del final, solo podía contar una historia donde la ilusión triunfaba y el amor era el ideal en el que todos creemos de adolescentes. Aunque también me diera cuenta que la Clair de la canción era solo la excusa, las alas con las que el autor conseguía volar.

En aquellos meses ni por asomo imaginaba que pronto, aquel mismo verano, otra Clair, una mocosa que no levantaba tres palmos del suelo, aparecería en mi vida. Entonces ella tenía cinco años y una  melena rubia sin coletas, a diferencia de la que salía en la portada del disco. Al mirarla a los ojos siempre veías un cielo limpio de nubes al que acompañaba su sonrisa. Pero no te daba tiempo a embelesarte, un segundo más tarde ya te estaba preguntando algo aunque, en realidad, solo lo pareciera.  Era el tono cantarín con el que acababa cada frase lo que te confundía.

Good morning, José -— me saludó desde la cocina el primer día que la vi.

Solo hacía unas horas que había aterrizado en Londres pero, desde que el avión puso las ruedas en la pista, las peripecias se habían sucedido sin tregua; un aperitivo de lo que me aguardaba durante el tiempo que allí pasé estudiando.

Ante mi mirada de adolescente, todo era nuevo: primer viaje en solitario; atravesar esa ciudad con un taxista hindú con turbante; llegar de madrugada a una calle de casas silenciosas y sin luces en ventanas ni puertas; llamar una y otra vez al timbre sin respuesta hasta que desesperado encontré pegada a la pared una nota de Allison ( la madre de Clair ); dar con la llave de entrada bajo la alfombrilla siguiendo las instrucciones que acababa de leer; subir unas empinadas escaleras hasta la habitación que ella me había preparado y apenas dormir,  puesto que la comunicación acababa con un «Breakfast at 6:30 a.m

El olor a café y a pan tostado, junto al chisporroteo de la sartén donde Allison freía lonchas de beicon, era suficiente guía para saber hacia dónde dirigirme. Por si acaso, el saludo de Clair nada más bajar el último peldaño ejerció de faro y en solo dos pasos ya estaba pisando las losetas de la cocina junto a ellas dos.

Me presenté y, a partir de ese instante, Clair no dejó de hacerme preguntas. Contesté algunas, las que entendí, pero cada respuesta mía culminaba con un destello de sus ojos y una nueva pregunta. Así, hasta que su madre le dijo que me dejara en paz, algo a lo que no hizo mucho caso. De esta manera transcurrió aquella primera mañana y todas las  demás durante los dos meses siguientes.

Tenerla tan cerca era igual que rozar con la yema de los dedos los primeros rayos de sol al amanecer. Escuchar sus carcajadas desde tan temprano, suponía poner en órbita cada  jornada en aquel verano. La recuerdo sentada en una silla alta, una que la permitía llegar a la mesa donde ella tomaba la leche con cereales, y en la que yo hacía lo propio con los huevos revueltos. Tenerme al lado era algo nuevo y desconocido para ella, un muchacho español, delgaducho, alto y muy moreno, que a saber cómo le habría explicado su madre mi presencia en el hogar que formaban ellas dos solas. Me tomó por su osito de peluche, con la ventaja de que le respondía y podíamos jugar durante la hora que compartíamos. La cocina, con Clair esperando mi llegada, siempre brillaba aunque el día fuera gris y lluvioso.

Con su vocecita angelical y sin dejar de sonreír, me corregía para que, si quería huevos, después del «Yes» dijera «please», pero que si no quería riñones, después del «No» debía decir «Thank you» cuando, de manera brusca, yo me empeñaba en contestar justo al revés a su madre. Además, de ella aprendí a cantar alguna canción infantil, a reír juntos viendo en la televisión las aventuras de un viejo gato que habitaba en la sección de objetos perdidos de correos pero, por encima de todo, viéndola mover sus manitas arriba y abajo queriéndome explicar cualquier cosa, imaginé que estas se le llenarían de aventuras y que cada segundo lo viviría con pasión.

Clair, llena de frescura e inocencia, no había subido ni al primer peldaño de la vida. Yo, aunque solo fuera por inercia, me encontraba en alguno por arriba. Los escalones  que nos quedaban a los dos por subir se presumían bastantes más  y, casi seguro, cada uno de mayor intensidad que el anterior.

Unicamente la vi distinta el día de mi partida. Sus labios estaban pegados, el ceño arrugado y a la madre le costó preguntarle tres veces qué le ocurría hasta obtener un «nothing» en el que alargó la ‘o’ unos cuantos segundos. Cuando el taxista que me llevaría al aeropuerto llamó a la puerta, esta vez un jamaicano con rastas, ella salió corriendo a su cuarto. Allison le pidió que bajara pero no lo hizo. Desde abajo solo oí un «Goodbye, José» lloroso y lejano cuando abandoné su hogar y su vida.

De vuelta a mi país, cuando por el altavoz de la radio a transistores que tenía sonaba la música de «Clair», la película del pasado verano se proyectaba en mi imaginación y, por supuesto, en cada acorde aparecía la Clair con la que había jugado y en cada frase escuchaba nuestras risas y conversaciones matutinas.

Pasaron otros veranos, subí unos cuantos escalones, y en cada ocasión que escuchaba los compases de esa canción, del fondo de mi memoria, como si fuera una burbuja, emergía aquel verano, nuestros desayunos y su mirada.

Hasta hace bien poco. En pleno otoño mi trabajo me llevó a tener que pasar dos días en Málaga. No era la primera vez que estaba y, como en las anteriores ocasiones, preferí un hotel frente a la playa en el que viera el mar antes que la incómoda capital. Además, muy cerca, a tiro de paseo de diez minutos, el barrio de  ‘La  Carihuela’ era un atractivo irresistible porque podría cenar ‘pescaito frito’, ‘gambas a la plancha’ y ‘ortiguilas’ .

Tras interminables reuniones de trabajo, mi plan, antes de acudir al restaurante donde había quedado con unos amigos, era ponerme una camiseta de manga corta y sentarme en cualquier chiringuito de la playa  para mojar mis labios con la espuma de una cerveza fresquita.

Nada más traerme el camarero la bebida, percibí como unos ojos azules no dejaban de mirarme. Era una mujer gorda, exageradamente gruesa, que estaba sentada en una mesa cercana junto a otros hombres y mujeres. Por las voces que daban, por la piel enrojecida, achicharrada de un exceso de sol, por alguna sandalia con calcetines y por los bermudas de colores fluorescentes, rápidamente supuse que serían británicos. Mis sospechas se confirmaron al reparar en las muchas jarras vacías de cerveza que tenían sobre la mesa, también por  el griterío con el que interrumpían la tranquilidad del resto de clientes.

Pasaban los minutos y aquella mujer, de pelo raído y del que era imposible conocer el color original, no dejaba de mirarme aunque yo evitara cruzar mis ojos con ella. Empezaba a sentirme molesto, incluso dispuesto a irme sin acabar la cerveza cuando escuché un eructo que hizo temblar mi silla. Cómo no, el ‘tenor’ que había dado el ‘do de pecho’ pertenecía al mismo grupo de turistas que la mujer gruesa y nunca hubiera sido portada en ‘The Times’: sin camiseta, barrigudo, calvo o con la cabeza rapada, los brazos llenos de tatuajes y, como guinda de ese pastel, un piercing en la ceja. Tras la ventosidad, se incorporó con dificultad del asiento y, entre las risas y aplausos del resto del grupo, fue a zarandear por los hombros a la mujer que me había estado mirando. No entendí el exabrupto con el que ella le respondió. De un manotazo, se zafó de la tenaza de aquellos dedos, se incorporó  y se fue caminando por la ronda paralela a la playa que transcurría entre otros chiringuitos y puestos de hamacas con sombrillas.

Estaba muy incómodo por lo que acababa de presenciar y me daba la impresión que ahora todos esos ‘guiris’ dirigían sus ojos hacía mí. Di un trago más, dejando el vaso medio lleno, pagué y me fui.

La noche era estupenda y andar un ejercicio muy saludable.

Tenía a mi izquierda la arena y, un poco mas allá, el mar cuando al doblar lo que algún día debió de ser un acantilado, hoy un nido de edificios de hormigón colgados de una escarpada pared, vi como la mujer del anterior incidente venía en dirección opuesta a la mía. Con cada paso se bamboleaba, oscilando entre los inabarcables pilares que debían ser sus muslos. Las chanclas de goma en sus pies golpeaban el cemento como si fuera un bombo y jadeaba dando la impresión de no llegarle el aire.  Una túnica corta de mil colores le marcaba la barriga y el final puntiagudo de sus pechos sobre esa parte del cuerpo. Cuando me distinguió, de nuevo no apartó sus ojos de mí. Al contrario que antes, no los rechacé. Crucé mi mirada con la suya y aquel azul limpio de nubes que veía me transportó cuarenta años atrás.

Igual que dicen que ocurre antes de morir, en una fracción de segundo pasó ante mis ojos la película de su vida, que no la mía.  Vi un río de lágrimas cuando Allison falleció de cáncer siendo ella solo una jovencita de catorce años, las noches perdidas entre alcohol y sexo con tantas parejas que ya ni podía recordar a todas, el arrepentimiento por acabar casándose con el bebedor hasta reventar durante los fines de semana y vacaciones que hacía un rato la había puesto sus manazas encima, el peregrinaje de médico en médico hasta encontrar el porqué no se quedaba embarazada,  el huir de espejos y dejar de mirarse en ellos cuando por culpa de aquel desarreglo hormonal empezó a engordar y engordar, quedando como  recuerdo doloroso su firme pecho y el liso vientre que tuvo de joven.

Enseguida comprendí que, igual que hacían sus pies, en los últimos veinticinco años arrastraba con esfuerzo muchas otras cosas además de la tristeza o la soledad. Sin embargo,  imaginario o real, durante aquellos instantes me pareció que en el horizonte de sus ojos azules todavía quedaban reflejos de aquella mirada infantil.

Nos aproximábamos caminando en trayectorias contrarias y la brisa del mar, suave y cálida a esa hora, no conseguía refrescar ninguno de  mis pensamientos. La mirada de ambos había traspasado el rostro ajeno y ahora vagaba por un pasado muy lejano.

A punto de cruzarnos, de sus labios pareció escaparse un saludo.

Hi, José, how you do?

Como si el tiempo hubiera rebobinado de golpe cuarenta años, hasta creí escuchar a mi espalda los compases de la canción que cantábamos juntos al ver su serie favorita. Incluso, en algún recoveco de la memoria, encontré la letra y debí comenzar a cantarla. En aquel instante, justo cuando pasábamos uno al lado del otro, nuestros recuerdos de aquel verano fueron un universo distante lleno de estrellas al que mirábamos emocionados.

Ninguno de los dos se detuvo, ninguno abrió la boca. No hubo saludo, no hubo canción. Sus ojos acabaron por evitar a los míos y en su cara, como al despedirnos en aquella cocina, volví a ver como se arrugaban los labios y la frente, como la rabia y la impotencia ganaban la partida a los sueños infantiles.

Desde aquel día, en cada ocasión que escuchó a Gilbert O’Sullivan recordando el instante en el que conoció a Clair, me estremezco mientras que unos guerreros con arco y flechas intentan arrasar mis recuerdos hasta que solo sean humo y cenizas. Peleo sin cuartel contra esos seres de ojos inyectados en sangre porque pretenden convertir la risa del final de la canción en lágrimas, porque delante de mí despliegan las escaleras que conducen a los infiernos en vez de las que nos suben al cielo, porque se alegran de colapsar cualquiera de nuestras ilusiones.

No nos vencerán. Clair siempre será el despertar, la luz que se filtra entre las nubes para dejarnos ver el cielo. Y yo, aquel desgarbado adolescente, seré la mano a la que se agarrará para volver a subir  peldaños. ¡Oh, Clair!