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Desde la medianoche llovizna con gotas como puntas de alfiler. Ahora son las cuatro y el viento lima cada esquina, parece querer partir en dos las calles desiertas. Luisa ha salido hace unos minutos del bingo. Si pudiera volar, lo haría. Para no oír el eco de sus pisadas; para que sus latidos no fueran aún más deprisa que ella. 

Se encoge hasta arrebujarse entre las solapas de pelo sintético del abrigo con las manos enguantadas metidas en él. Usa el gorro de lana casi como si fuera un  burka y solo sus ojos se enfrentan a la humedad. Las farolas, que parecen cuentas doradas de cristal, salpican las sombras cuando pasa debajo de ellas

Escucha lo que le parece un goteo lejano. Poco a poco  el ‘’toc-toc-toc’ se transforma en pasos apresurados. No sabe de donde vienen, si por su espalda o delante. Dos manzanas más y llegará al portal. Aprieta los pasos… Y los alarga. Y corre. Y cuanto más deprisa lo hace, más rápido son los otros. 

En el siguiente cruce ve una sombra; sin pararse del todo, busca en su bolso: las llaves, el móvil, la cajita de maquillaje; algo para defenderse. 

Levanta la vista cuando lo tiene solo a unos metros y se para de golpe. Sin aliento, doblándose por la cintura, Luisa suelta una carcajada. Es Juan, su compañero de trabajo, que salió algo antes. El eco de las pisadas lo debió asustar como las suyas a él.

—Juan, soy Luisa. Tranquilo, ya no corras, no hay nadie más.

A pesar de la mano que le alarga, Juan, con la mirada en el infinito, con una procesión de saliva colgándole de la boca, ni se detiene ni habla. Sigue corriendo alejándose con zancadas cada vez más largas. 

—¿Juan? — dice girando la cabeza mientras que el fuelle de su pecho vuelve a  acelerarse. 

Luisa reemprende la marcha, pero con la cabeza vuelta hacía el cogote del compañero, cuanto nota como una barra de hielo penetra en su vientre al mismo tiempo que escucha un silbido seco. Gira el cuello, lo baja y contempla el surtidor de sangre que le moja muslos y botas. Las piernas se le convierten en papel y cae al suelo. Solo con tiempo para ver a unos ojos derrochando placer un metro más arriba.

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