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Tenía cinco años la primera vez que vi el mar. Entonces, aún no me parecía importante hacer algo por primera vez.

—Nos vamos una semana de vacaciones a la playa, a Alicante, allí nos encontraremos con Manolo —dijo mi padre al llegar a casa. 

Tras sus palabras, y mientras mi madre se acercaba para besarle, yo empecé a gritar a la vez que daba pequeños saltos y aplaudía: 

—¡Qué bien, estaremos con el padrino! ¿Cuándo nos vamos? ¿Hoy?

A mi padrino, que también era mi tío, yo no lo veía como un adulto. Aunque lo fuera, para mí era un amigo más. Alguien capaz de tirarse al suelo conmigo a jugar con las figuritas de indios y vaqueros desde su uno noventa de estatura. También quien me llevaba al Rastro para buscar los cromos de Puskas que me faltaban, o quien me defendía ante mi madre cuando, desayunando cola-cao con porras, me manchaba la camisa de los domingos, la de ir a misa de doce.

 

Un mes después el tren nos llevó hasta Alicante. Nada más dejar las maletas en el hotel fuimos al puerto para ver el mar. Sería por el viaje o por estar atardeciendo, pero aquella llanura azul en la que mi padre se empeñaba en señalarme cada barco no me sorprendió. Todos me hablaban de la playa, a la que iríamos al día siguiente, y de lo bien que lo íbamos a pasar. Estaba intrigado. 

El principio no me pareció nada alentador. Mis padres y mi tío se cargaron de bolsas, y a mí me colgaron un flotador deshinchado del hombro mientras que en la otra mano tenía que sujetar un cubito y una pala. 

Antes de dejar el hotel, en el desayuno, mi padrino había hablado a solas conmigo.

—Tu madre se ha empeñado en ese flotador, pero hazme caso y te enseñaré a nadar sin él. La sal del mar y las olas te ayudarán a flotar sin hacer nada.

Yo confiaba en mi padrino más que en ninguna otra persona.

 

El viento me despeinó al pisar la arena y aquel olor, olor a mar, me hizo arrugar la nariz. Me quedé embobado mirando las olas, parecían jinetes blancos que nunca dejaban de cabalgar. Mi madre me quitó la camiseta y un escalofrío me hizo tiritar. No solo por sentir el aire húmedo, también por aquel baile de las olas, que a la vez me atraía y me daba pavor.

Mientras mi padre alquilaba una sombrilla, mi padrino, tras haberme frotado el pecho con su mano -la mano más grande de cuantas yo había visto- me cogió del hombro con la intención de llevarme a la orilla. Pero él no contaba con la voz de mi madre.

—Manolo, ponle el flotador que no quiero desgracias.

En cuanto puse los pies en el agua, la tiritona volvió. Mi padrino me hablaba y hablaba, pero yo no le oía, cada vez estaba más aterido. De frío, por la impresión del agua, y de miedo, al ver de cerca cómo los otros bañistas eran zarandeados por las olas. A regañadientes fui entrando hasta que el mar me llegó al pecho y dejé de pisar el fondo. La espuma empezó a salpicarme la cara. 

Mi padrino me miró a los ojos y me dijo:

—Te voy a soltar. Estaré a solo una zancada de ti. En cuanto pase la ola, mueve brazos y piernas para llegar hasta donde estoy. 

Al verme solo tardé en empezar a meter un brazo en el agua y en mover los pies como un perrillo. Tal demora hizo que otra ola se aproximara. Y con esta, lo que pensé era mi fin. 

La ola pasó por encima de mi cabeza, el flotador impedía que me fuera al fondo, pero, en ese momento, del susto abrí la boca atragantándome. Enseguida sentí que me escocía la garganta y me faltaba el aire. 

Únicamente fueron unos segundos porque los brazos de mi padrino me levantaron de inmediato hacia al cielo y fuera del mar. 

—No ha sido nada… pero con la cabeza dentro del agua, mantén los labios pegados —me decía confundiéndose mis toses con sus carcajadas. 

Estaba vivo, aunque nadie sería capaz de parar mis lágrimas llenas de rabia.

 

Salimos del agua y, en la misma orilla, mi padrino se sentó en la arena para que nuestras miradas, la suya siempre intensa, estuvieran al mismo nivel. Estaba defraudado. No era la idea que tenía de pasármelo bien.

—Mira, si te rindes, nunca disfrutarás. Aprender, a todos nos cuesta. No lo olvides.

Ningún argumento me iba a convencer. Dejé de lagrimear entre suspiros, pero sin parar ni un instante de girar la cabeza de un lado a otro y diciendo: «no, no».

—Como quieras. Te dejaré con papá y mamá, porque yo sí voy a nadar hasta allí —dijo señalándome el horizonte—. ¡Recuerda, el miedo nunca te debe vencer! 

Conmigo cabizbajo regresamos hasta la sombrilla. Mi madre se levantó de la silla y nos miró de los pies a la cabeza.  Mientras tanto, mi padre, sentado a la sombra, apenas dejó de leer el Marca más interesado en los nuevos fichajes del Atleti que en mi enfurruñamiento. 

Me ardían las mejillas, pero nada contamos de la aventura pasada. Solo unos segundos más tarde, mi padrino, mirándome con cara de reproche, dijo que se iría a dar un chapuzón y yo, con pocas ganas, cogí el cubito y la pala que mi madre me acercó. De espaldas al mar, intenté jugar con la arena, algo que tampoco me pareció divertido. Definitivamente, la playa era un lugar horrible.

 

Debía haber transcurrido un buen rato cuando mi padre se levantó de golpe. La gente se arremolinaba en la orilla y señalaban hacia el horizonte. Había carreras y se escuchaban los gritos contenidos de alguna mujer.  Mi padre le dijo algo a mi madre y se acercó a ver qué pasaba. 

—Por lo visto, es alguien que se está ahogando y pide ayuda. Le ven agitar los brazos, está muy lejos, como en el horizonte —nos dijo en cuanto volvió.

Mi anterior tiritona, aún estando al sol, apareció de nuevo. Cogí a mi padre de la mano y le pedí que fuéramos a verlo, pero no comenté nada de las últimas palabras de mi padrino. Estaba convencido de que ahora era él quien estaba en peligro por quererme demostrar lo lejos que podía nadar. Yo era el culpable.

En ese momento tres muchachos pasaron cerca de nosotros levantando arena mientras que corrían hacía donde estaba la gente formando un corrillo. Llevaban un par de flotadores de corcho y una maroma muy gorda. 

Me solté de la mano de mi padre y corrí hacia la orilla tras ellos. Nada más llegar, uno de esos chicos se rodeó con la cuerda a la vez que otro cogía uno de los salvavidas. Las lágrimas corrían por mi cara cuando sentí que mi padre me agarraba por el brazo y tiraba de mí hacia atrás. No me había dado cuenta, pero el agua me llegaba hasta la cintura. 

—Papá, volvamos a la sombrilla, cogemos mi flotador y se lo dejamos para que le salven.

La carcajada de mi padre hizo girar la cabeza a la mayoría de las personas que teníamos alrededor. 

—Anda, regresemos con tu madre que estará preocupada. Mira que salir corriendo tras los chicos… —dijo tirando de mí.

Entre el bosque de piernas de la gente que acudía a ver qué pasaba, yo giraba todo el rato la cabeza hacia el mar sin conseguir ver nada. Poco antes de llegar a la sombrilla, empecé a llorar y, entre lágrimas, le solté de sopetón a mi padre:

—Es el padrino, él es quien se está ahogando. Me dijo que se iría nadando hasta allí —mientras con el brazo extendido le señalaba nervioso hacia el mar.

Lo tuve que repetir dos veces. A la tercera me respondió:

—No creo, tu tío es muy buen nadador.

Sin embargo, mi padre se giró hacia la orilla, como yo había hecho antes, y, poniendo una mano sobre su frente, intentó ver a lo lejos protegiéndose del sol. 

Al llegar a la sombrilla me hicieron sentar. Mi madre, que estaba de pie, me dijo que ni se me ocurriera moverme. Pasaron unos minutos y yo no dejaba de llorar ni de apretar los puños. Sabía que mi tío se estaba ahogando y no podía hacer nada. Levanté la cabeza y vi que mi madre, que ni pestañeaba, ponía una mano en la boca para aguantar un grito. Los muchachos aquellos ya traían al ahogado. Mis padres no me habían hecho caso, pero sin dejar de llorar dije de nuevo: 

—El ahogado es el padrino. 

Mi madre no aguantó esta vez el grito y mi padre se agachó a mi altura, supongo que para pedirme que le repitiera por qué estaba tan seguro. 

No me dio tiempo a responder. El griterío de la gente hizo que mi padre se incorporará y se olvidara de mí por un instante. Uno de los muchachos del rescate, el que no había entrado al agua, llegó hasta nuestra altura. Sin parar de reír iba diciendo: 

—Ahora verán al ahogado, ahora lo verán…

De un salto me incorporé y esquivando a mi padre, serpenteando cuerpos, volví a correr hacia la orilla:

Uno de los chicos, el que se había atado la cuerda a la cintura, estaba a punto de llegar. Se incorporó y, con las olas golpeándole las pantorrillas, fue tirando de la soga. Un largo tronco, en forma de ‘Y’, estaba al final. Ese era el ahogado. Lo pusieron de pie en la orilla. Las risas y el jolgorio de la gente parecían ser contagiosas en el instante que una voz grave, la de mi padrino, se escuchó a mi espalda:

—¿Qué ha pasado aquí?

 

Comimos en un restaurante que estaba pegado a la playa y, aunque por la última carrera mi madre me amenazó con un castigo que más tarde olvidó, nadie volvió a preguntarme porqué había dicho que el ahogado era mi tío. Tras haber guardado las dos horas de digestión sin mojarnos, mi padrino me preguntó si me iba a nadar con él. Le contesté que sí. A partir de entonces, le hice caso en todo lo que me dijo. 

El último día de las vacaciones fui capaz de flotar sin necesitar ayuda. Las olas me parecían la cosa más divertida del mar. El miedo, un amigo necesario que siempre marcha a nuestro lado.

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Photo by Biblioteca Facultad de Empresa y Gestión Pública