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Hace frío. En la calle, los charcos crujen si se los pisa. En el reducido habitáculo del cajero automático, el vaho se le queda pegado en los labios a Razvan. 

Varios cartones son su lecho; dos plumíferos roídos y con manchas de grasa le cubren. En un carrito de la compra se encuentra el resto de su patrimonio. Lo sujeta con ganchos de gomas; lo más valioso está guardado en una caja de galletas metálicas: tres botellitas de whisky que le dio un recepcionista de hotel, su pasaporte caducado y una hoja dónde otro colega le ha escrito tres renglones con «alluda comer /sin familia / enfermo igado». Por uno de los laterales asoma la boquilla de una trompeta. Si consiguiera sacar el aire que escasea en sus pulmones, las notas apenas se escucharían.

La noche de los viernes ni de madrugada la gente para de sacar dinero y  Razvan se esfuerza en ser una parte más del mobiliario de aquella entrada. Tendido, no duerme. El cartón de Cumbres de Gredos lo tiene pegado a la pared, en su cabecera, que no lo vean desde afuera. Lo apura y las últimas gotas le humedecen el gaznate sin que baje hacia el estomago, sin obtener el fuego que lo caliente. 

Oye risas y golpear con los pies la puerta de cristal. Razvan quisiera fundirse con las losetas de granito del suelo. De momento, parece un bulto. 

Cuando entran, los siente jóvenes. También con ganas de divertirse ya que escucha: «¡Eh, tú ! … escoria… ¡levántate!» seguido de «Pedazo de mierda, ¿no nos entiendes?»  mientras que un tercero le escupe y, a continuación, dice: «venís a llenar nuestros hospitales, a chuparnos la sangre… borracho ¡vete a tu país»

Los golpes de un bate de beisbol sobre el suelo le hacen encogerse, la primera patada sobre los riñones soltar un «Ay… » que se entendería en cualquier idioma y un «no me hagáis nada» que el dolor le lleva a vocalizar sin acento alguno. Se ve partido en dos con el siguiente golpe; por eso, se gira. Los mira pero aquellas carcajadas sincopadas, el aullido de aquellos lobos a los que ya no entiende, golpean sus sienes con más furia que lo hizo cualquiera de los anteriores puñetazos.

Razvan quiere levantarse pero una bota militar lo devuelve al suelo. Siente como un liquido frío le empapa la ropa. Tirita cuando entra en contacto con su piel. Pero es al olerlo cuando ese temblor se acelera como si fueran las hélices de un avión al despegar. De nada le sirve el chorro de orín con el que terminan regándole; las  lágrimas que le nublan la visión, tampoco. Abre la boca para decir algo aunque enmudezca tras el ‘zas’ del fósforo sobre la lija.  

Del frío, ya no le queda ni el recuerdo.

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