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La piel de Luisa ya no está lustrosa sino llena de estrías y pliegues. Así lo ve ella al apartarse la toalla frente al espejo. No será por la gran cantidad de cremas reductoras, hidratantes o rejuvenecedoras que lleva aplicándose desde que cumplió los treinta ¿o fue mucho antes? piensa ella por un momento. Da igual que la suma de todos esos años sea veinte o treinta; no quiere calcular la de horas, días o meses que ha dedicado a esparcir ungüentos por el cuerpo. Tampoco el dineral que lleva gastado. Total, se dice, estas lorzas y estas patas de gallo seguro que a Julián le parecerán muy sensuales.

—Te haré merluza en salsa para la cena, porque primero cenaremos ¿vale?… ¡Te encantará mi plato estrella! —le había dicho a Julián en cuanto entró por la puerta. 

La merluza quedó en el horno cuando Luisa fue a ducharse, pero el olor de la salsa inundaba toda la casa. El truco está en poner el perejil fresco y un buen albariño, le había confesado a Julián mientras lo dejaba sentado en la mesa del comedor.

Luisa aparta el bote de crema sin cerrar, se quita la toalla y, atravesada en la cama frente al espejo del tocador, se tumba. A él no le importará esperar, dice en voz alta a la vez que suelta una carcajada nerviosa y cierra los ojos. Busca apagar las llamas que empieza a  sentir por dentro cuando sus dedos, inquietos, intentan contener los pinchazos que circulan del vientre hacia la ingle. En ese instante, de entre todas las listas de reproducción que Luisa tiene almacenadas en el movil, se escucha un solo de bateria: ‘ The Third Eye’ (https://youtu.be/9wnW2KLWE-g ) : Max Roach golpeando caja, tambor, timbales y platillos en un ritmo frenético que nunca decae y que, aunque no vaya en aumento, a Luisa se lo parece.

Con la imagen de Julián en la retina, Luisa se acompaña del ritmo de la música hasta que consigue fundirse con ella. Entre jadeos, los temblores de sus piernas abiertas parecen no tener fin.
Aunque el tiempo parezca haberse detenido alrededor de Luisa, ella vuelve en sí poco a poco. Todavía tiene que acabar de vestirse antes de salir del  dormitorio.

Julián sigue en la silla. Está guapísimo, piensa Luisa, con el polo verde Ralph Lauren que le ha comprado; la única prenda con la que está vestido. Desde atrás, ella le acaricia despacio la nuca y vuelve a notar humedad en sus muslos pero se contiene. Enciende las velas que puso sobre la mesa y va hacia la cocina para servir la merluza. 

Vuelve con un solo plato, el suyo. ¿Para qué mancharlo dándole de comer ahora que está tan reluciente por la cera? Ha pensado Luisa ya que a  Julián la comida no le pasa de los labios. Tampoco la lengua que ella querrá introducirle cuando se le olvide que es un maniquí como los de las tiendas de ropa. 

Le ha costado acomodarlo; sin embargo, por fin ha conseguido sentar a Julián en el sofá al terminar de cenar. Todavía más difícil ha sido que mantuviera los brazos juntos apoyándolos sobre las piernas.
Luisa se seca el sudor y se sienta a horcajadas de Julián. Frente a él. Vuelve a pulsar la tecla de reproducción y las notas cálidas del saxo tenor de Gato Barbieri interpretando el bolero de Ravel ( https://youtu.be/9GRJKh6wqUA ) acompañan sus movimientos.

Lleva  un buen rato rozándose con  Julián en el instante que lo atrae hacia ella para, con la punta de la lengua, dedicarse a hacerle pequeños círculos sobre el rostro. Luisa, casi al final del tema, junta sus labios con los de Julián.
Pero le saben a plástico. Como los de los anteriores. El vinagre con bicarbonato, la solución que leyó en internet, no ha funcionado.

La canción termina y, a diferencia de lo que ocurrió antes en el dormitorio, se ha quedado a medias. Enojada, coge aire y lo exhala con fuerza. La lagartija que siente recorrer su vientre no se calma.
Nada más descabalgarse de Julián, dice:

—Me decepcionas. Tampoco tú me sirves. 

De nuevo con grandes esfuerzos, tarda varios minutos en enderezar a   Julián. Lo agarra por la cintura y lo arrastra hasta la habitación del fondo,  la que había sido de su padre hasta que este, ya muy enfermo, dejó de construir maniquíes y murió.

Dentro están Roberto, Damián, Lucas, Tobías, Jerónimo, Leopoldo y una decena más de figurines. Luisa ya no hace esfuerzos por recordar qué nombre les dio. Todos construidos en cartón piedra y fibra de vidrio al igual que Julián. Siempre suspira al pasar al lado de Jerónimo, con aquellos  labios tan gruesos y con  la capa de barniz chocolate que su padre le puso encima; estaba convencida que él sí le serviría. 

Ya en la cama, Luisa piensa qué le va a contar al Doctor Krahhenn, su psiquiatra. El médico se empeña en tratarla de agalmatofilia. Ella solo quiere encontrar al hombre de su vida: joven, guapo, sumiso y sin sabor a plástico. Todavía en el almacén del sótano le quedan una veintena de candidatos por explorar.